Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
—El señor eligió eximirme del castigo.
Sadrac no acepta la piedad de Buckmaster.
—Querrás decir que tus amigos salvaron tu pellejo —dice Sadrac. No termina de hacer el comentario que se arrepiente de su agresividad: no es muy prudente de su parte hablarle de esa manera a una persona cuyos servicios necesita. Sin embargo, Buckmaster no parece ofendido.
—Mis amigos son Sus agentes: Al igual que todos los hombres de la tierra, doctor Mordecai.
—Has estado aquí todo el tiempo.
—Sí. Desde el día siguiente al interrogatorio.
—¿Y la policía no ha venido a husmear?
—La información oficial, doctor Mordecai, es que yo estoy muerto, que mi cuerno ha sido descuartizado al servicio de los miembros del gobierno que necesiten de mis órganos: eso es lo que le dirá la computadora. La policía no busca hombres muertos. Para ellos no soy más que un conjunto de piezas sueltas, un páncreas aquí, un hígado allá, un riñón, un pulmón. Roger Buckmaster ha usado al olvido —por un momento, un destello de malicia le ilumina el rostro curiosamente solemne—. Si les dijera que estoy aquí, lo negarían.
—¿Y qué has estado haciendo? —pregunta Sadrac.
—Los transtemporalistas me consideran un ser sagrado. Todos los días bebo de la copa del tiempo. Todos los días retrocedo en los siglos hasta llegar a los años de la vida de nuestro Señor. Muchas veces he presenciado la Pasión del Salvador en el Calvario, doctor. Caminé entre los apóstoles. He tocado las vestiduras de la Virgen María. He visto los milagros: Caná, Cafarnaum, Lázaro de Betania. He visto cómo lo traicionaron en Getsemaní. He visto cuándo lo llevaban frente a Pilatos. Lo vi todo, doctor Mordecai, todo lo que dicen los Evangelios. Todo es verdad. Es la verdad. Mis ojos son testigos.
Sadrac permanece en silencio un momento, sorprendido ante la inesperada intensidad de la convicción de Buckmaster, ante el sonido de su voz, que parece venir de otro mundo. Es imposible dejar de creer que este pobre hombre haya vagado por Galilea junto con Jesús y Pedro y Santiago, y que haya escuchado los sermones de Juan el Bautista y os lamentos de la Magdalena. No importa que se esté engañando a sí mismo, que sean delirios, ilusiones o alucinaciones. La realidad es que Buckmaster rebosa de alegría, que se ha transformado.
Con aspereza intencionada, Sadrac pregunta:
—¿Puedes seguir haciendo trabajos de microingeniería?
Esta pregunta tan fuera de lugar toma a Buckmaster desprevenido. Está perdido en fantasías sagradas, oculto en una mística serenidad y alegría trascendental. Entre asombrado y confundido, emite un suspiro entrecortado como si le hubiera golpeado la espalda. Está desconcertado. Tose y, frunciendo el ceño, dice:
—Pienso que podría. Nunca se me había cruzado por la mente.
Tengo un trabajo para ti.
—No sea absurdo, doctor.
—Estoy hablando muy en serio. He venido a verte porque hay un trabajo que tú y sólo tú puedes hacerlo bien. Eres el único en quien confío para esta tarea.
—El mundo se ha alejado de mí, doctor. Y yo me he alejado del mundo. Aquí es donde vivo. Los intereses del mundo ya no son mis intereses.
—Antes te interesabas por las injusticias que cometían Genghis Mao y el CRP.
—Mi vida actual está más allá de la justicia y la injusticia.
—No digas eso. Tú crees que impresionas con lo que dices, Roger, pero es una tontería peligrosa. El pecado del orgullo, ¿no es así? Tus compañeros te salvaron. Les debes la vida. Se arriesgaron por ti, y tú estás en deuda con ellos.
—Rezo por ellos todos los días.
—Hay algo mucho más útil que puedes hacer.
—La oración es lo mejor que conozco —dice Buckmaster—. Considero que es más importante que la microingeniería. No logro entender cómo un trabajo de microingeniería puede ayudar a mis compañeros.
—Yo sé de un trabajo que puede ayudarlos.
—No logro entender como…
—Genghis Mao será sometido a otra operación dentro de muy poco tiempo.
—¿Qué es Genghis Mao para mí? El me ha olvidado. Yo lo he olvidado a él.
—Una operación en el cerebro —continúa Sadrac— Se ha producido una acumulación de líquido en el cráneo de Genghis Mao. Es necesario drenar ese líquido, de lo contrario morirá. La operación consistirá en instalar un sistema de drenaje con una válvula a través de la cual se eliminará el líquido. Al mismo tiempo, instalarán un nuevo nódulo de telemedición en mi cuerpo. Y ésa es la pieza que quiero que tú construyas, Roger.
—¿Qué función tendrá?
—Me permitirá controlar la acción de la válvula —responde Sadrac.
Dos horas más tarde, Sadrac se encuentra entre formones y mazos y serruchos, en la Gran capilla de carpintería en el complejo recreativo de Karakorum. Trata de alcanzar el estado de meditación inicial, pero no logra hacerlo bien. Por momentos siente que comienza a concentrarse, y cuando cree que por fin ha logrado el grado de concentración adecuado, vuelve a perderlo de nuevo. Buckmaster tiene la culpó. Buckmaster no desaparece del primer plano de la conciencia de Sadrac.
Si le hubiera hecho caso a Buckmaster, Sadrac no estaría aquí en este momento, sino entre los transtemporalistas, dormido bajo el efecto de la droga, y su alma estaría viajando a través de los milenios para presenciar el rito del Calvario.
—Venga conmigo —le insistió Buckmaster—. Visitaremos juntos la Pasión del Señor —pero Sadrac se negó. Algún otro día, fue la respuesta, cortés por cierto, que le dio a Buckmaster. Los viajes transtemporales consumen demasiada energía, y Sadrac necesita todas sus fuerzas para la difícil empresa que lleva a cabo en los próximos días. Buckmaster entendió, o por lo menos, parecía estar dispuesto a perdonar que Sadrac no tuviera deseos de beber la droga transtemporalista en ese momento. Y Sadrac se fue de la carpa, con la promesa de Buckmaster de que terminaría el diseño del nuevo nódulo en un día o dos.
Sadrac, sin embargo, ha quedado obsesionado con la conducta de Buckmaster. ¡Qué extraña y sorprendente fue su reacción al comprender todo lo que el pedido de Sadrac implicaba: se le iluminó el rostro, sus ojos recuperaron aquel brillo frenético que los caracterizaba! Comenzó a respirar agitado, despojado ya de esa apacible imagen monástica. De sus labios, se desprendió un torrente de preguntas acerca de las especificaciones, de los umbrales de rendimiento, de los parámetros de tamaño, del lugar del cuerpo en que sería instalado el nuevo aparato. Como poseído por la furia, tomaba apuntes, trazaba esquemas y al cabo de sólo media hora el borrador del diseño estuvo terminado. Necesitaría la ayuda de una computadora para el diseño definitivo. dijo, pero eso no era problema: Ficifolia podría instalarle un relevados que lo conectaría directamente con la computadora maestra de Genghis Mao. Buckmaster reía con carcajadas estridentes. De pronto, se transfiguró, volvió a recuperar la serenidad, olvidándose de la microingeniería, transformándose nuevamente en el monje calmo, remoto y glacial. Luego dijo:
—Venga conmigo. Visitaremos juntos la pasión del Señor.
—Pobre Buckmaster. Pobre loco.
Sadrac, tratando de recobrar su propia serenidad, toma una lezna, vuelve a dejarla en su lugar, toma un taladro, desliza los dedos por la hoja curva de un formón, toma una lima bastarda, se la lleva a la frente y la oprime con todas sus fuerzas. Mejor. Un poco mejor. El frío del metal en la piel le aplaca los nervios. Pobre Buckmaster. Pobre loco. Seguramente ya habrá bebido la copa del tiempo, y estará viajando entre sueños para ver a Jesús coronado de espinas, ver cómo lo clavan en la cruz y lo hieren con la lanza. ¿Loco? Buckmaster es un hombre feliz. Ha superado la barrera del dolor. Fue mucho más astuto que todos los serviles colaboradores del Khan. Logró evadirse de su tormento y vivir en la santidad, caminando entre los apóstoles y el Salvador. Para Buckmaster, la Palestina de Jesús es más real que la Mongolia de Genghis Mao, ¿Y quién puede discutírselo? Sadrac haría lo mismo si pudiera. Desde luego, tarde o temprano, la realidad invadirá la fantasía de Buckmaster, porque muy pronto, la última dosis de antídoto que recibió Buckmaster quedará sin efecto, y lo más probable es que no vuelvan a inyectarle un refuerzo. Pero evidentemente eso no le preocupa.