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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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– ¿ Tonia?

– ¿Sí?

Se habían detenido y ambas contemplaban las olas que rompían.

– ¿Tienes que seguir insistiendo en ofender a Kate para hacerla caer en la red? ¿Acaso el asunto tiene tanta importancia?

Tonia se mordió un labio reflexivamente, después miró a Susannah de soslayo.

– ¿Quieres decir que debo olvidar el pasado y pensar sólo en este momento, en el futuro? -le preguntó. Había entrecerrado un poco los ojos, concentrada en la respuesta, con expresión absolutamente hermética.

– No me refería a nada tan general -respondió Susannah, e instantáneamente supo que era mentira, y no una mentira muy buena. Eso había sido exactamente lo que ella había querido decirle. Intentó reparar la situación-. No sólo lo de la ola, también… lo de las zarzas. Sonó como…

No supo cómo terminar.

Tonia sonreía, no con afecto sino burlonamente, como si previera exactamente adonde irían a parar, y le pareciera bien.

– ¿Sí?

– Como si hubieras tratado de provocarla deliberadamente -dijo Susannah, terminando la idea sin ninguna convicción.

– ¿Y por qué se te ocurre que yo querría hacer algo así? -le preguntó Tonia.

Su expresión era absolutamente inocente, pero en ese instante supo con helada certeza que Tonia conocía perfectamente la aventura amorosa de Ralph y Kate, y que estaba decidida a vengarse, lentamente, gota a gota si era necesario. Era algo que se podía leer en sus ojos, un filo duro y brillante, y en su sonrisa.

Susannah contuvo el aliento. ¿Se atrevería a decirlo, abiertamente? En Tonia había algo que la hacía vacilar, un poder, un recuerdo de la época en la que ella había sido su hermana mayor, admirada, obedecida, la que podía dispensarle los elogios más importantes.

– Porque estás dolida por lo de Ralph, y quieres lastimarla -dijo en voz alta. Era una concesión, una verdad a medias.

– ¿Y mi dolor por lo de Ralph hace que yo quiera herir a Kate? -preguntó Tonia-. ¿O estás insinuando que su muerte me ha hecho perder el juicio?

– No, claro que no -protestó Susannah.

– Podría haber sido así -respondió Tonia, con los ojos entrecerrados para protegerse del intenso sol de la tarde que se reflejaba sobre el agua blanca-. Después de todo, que tu esposo sea condenado a cinco años de prisión, sometido a la inmunda vida de ese lugar, forzado a convivir con la lacra más grande de nuestro estado, y finalmente arrinconado por ellos y asesinado como un animal… ¿No crees que eso bastaría para sacar de sus cabales a cualquiera?

¡Ella lo sabía! Fue como una horrible certeza que se retorcía como un cuchillo en la boca del estómago de Susannah. Tonia sabía que había sido ella quien le contó a la policía lo que estaba haciendo Ralph. ¿También sabría que Ralph había intentado seducirla, no porque ella le importara un bledo, ni siquiera porque le resultara atractiva, sino tan sólo para usarla en sus corruptas maniobras? No, probablemente no. Abrió la boca para defenderse, y se dio cuenta de que no había defensa posible. A Tonia no le importaban las razones; todo lo que le importaba eran los hechos. No quería razones, sino que quería dolor a cambio del que ella había sufrido.

Susannah tragó saliva, con la boca seca y las piernas trémulas. Tenía miedo, y estaba furiosa consigo misma por tener miedo. Si se hubiera tratado de otra persona, no de Tonia, podría hacerle frente. No había actuado mal. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? ¿Acostarse con Ralph, engañar al banco para que él pudiera usar el dinero para conseguir una banca en el Senado? ¿Eso era lo que Tonia hubiera querido?

Sí, probablemente. Pero Ralph no había amado a Susannah. Era tan arrogante como para creer que una sonrisa suya, un poquito de pasión que pasara por amor, conseguirían que ella hiciera lo que él quería. Después la dejaría de lado y ella quedaría mortificada y herida, demasiado avergonzada para contárselo a alguien.

– Sí -dijo en voz alta, devolviéndole la mirada a Tonia-. Supongo que eso puede bastar para enloquecer a alguna gente… pero tú no eres “alguna gente”. Tú no perderías de vista la realidad. Fue una tragedia que Ralph fuera asesinado. No fue culpa suya, ni tampoco culpa de Kate. Atraparon al asesino, y lo condenaron a muerte.

– Oh, sí -concedió Tonia-. Está muerto. -Por su rostro cruzó una momentánea expresión de intensa satisfacción, casi de júbilo.- ¿Insinué que era culpa de Kate? No quise hacerlo. No, Kate jamás le hubiera hecho daño a Ralph, lo sé muy bien. Y tampoco hubiera querido mandarlo a la cárcel. -Su voz estaba cargada de sentido, su rostro se había endurecido, y el viento hacía volar sus cabellos oscuros.

Estaban a unos veinte metros de la línea adonde llegaba el oleaje, y mientras se encontraban allí otra ola sorpresa se deslizó a toda velocidad sobre la arena hasta detenerse apenas a medio metro de los zapatos de Tonia. Ella la ignoró, como si fuera impermeable a esas cosas. Había algo aterrador en su calma, una sensación de completo control en sus ojos, en su rostro, incluso en la manera en que su cuerpo se inclinaba para resistir el viento.

Susannah estaba tan segura como lo estaba del anochecer de que Tonia se proponía vengarse, según su propio concepto de justicia, de la traición de Kate, y de la de Susannah. Lo podía hacer ahí, lejos de Astoria, donde nadie la vería, y lo haría lenta, cuidadosa y completamente. Lo que Susannah no sabía era cómo.

Tonia le estaba sonriendo, dedicándole una sonrisa cruel, a medias llena de excitación, que finalmente no ocultaba nada. Todo su dolor y su furia estaban concentrados en ella, todo su conocimiento de la historia de Kate con Ralph, y la manera en que se habían reído y se habían amado a sus espaldas, y de que Ralph había cometido el error fatal de intentar la misma treta, aunque sin la emoción, también con Susannah… no por deseo sino para sacar provecho de ella. Sin embargo, ni la seducción ni los halagos habían bastado para que Susannah aceptara la corrupción. Ella lo había entregado, en un gesto que a Ralph finalmente le había costado la vida, y así se lo había robado a Tonia, y también a Kate.

¿Cómo lo haría Tonia? ¿Pondría veneno en la comida, en el agua? ¿La asfixiaría con una almohada mientras dormía, y luego le echaría la culpa a Kate? ¿Alguna clase de accidente, un resbalón en la bañera, tal vez, y moriría ahogada en el agua caliente y espumosa? Una caída en alguna parte, incluso desde el acantilado. Con una caída de tres o cuatro metros sobre las rocas sería suficiente.

¿O en el mar? Algo referido a esas magníficas olas que rompían con aterradora y jubilosa belleza, y con el poder de los miles de kilómetros de océano detrás de ellas, que volvían a succionarlas hacia las profundidades, trayendo con la resaca esas hambrientas e impredecibles olas sorpresa que llegaban mucho más lejos sobre la arena, llevándose con ellas a los desprevenidos, incluso arrancándolos de la tierra firme y seca.

– Tienes el aspecto de alguien que ha sido atrapado con la mano metida en el bote de galletas, Susannah -dijo Tonia con un levísimo matiz irónico-. ¿Tienes miedo de que te manden a la cama sin cenar?

Susannah alzó los brazos y le mostró las manos.

– No he tomado ninguna galleta.

– ¡Oh, sí que lo hiciste, querida mía! Simplemente no pudiste comértelas -respondió Tonia-. Y ahora ya no hay galletas para nadie. Pero regresemos a cenar. Te prometo que tendrás una porción de todo.

Emprendió el regreso por la arena, a buena velocidad, los brazos laxos a los costados y con gracioso andar.

Susannah avanzó a los tropezones detrás de ella, hundiendo los pies en la arena, entorpecida por el miedo, tropezando por la furia que le causaba toda esa injusticia, y llena de una impotencia que le quitaba el aliento, la fuerza, incluso la capacidad de ver claramente y elegir un camino entre las piedras.

La cena fue una pesadilla para Susannah. Tonia estaba encantadora. No paraba de sonreírles a sus dos hermanas, contándoles historias divertidas de los acontecimientos de la sociedad de Astoria a los que ella había asistido y las otras dos no. La comida, que había insistido en preparar ella sola, estaba deliciosa: pescado fresco en una salsa delicada, y vegetales cortados y cocinados hasta el punto justo. También sirvió ella sola, y les alcanzó los platos.

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