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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– Según usted, ¿quién ha vengado a Manon? -preguntó por fin.

– El que la quería como a una hermana. Thomas Longhini.

– ¿Lo ha encontrado?

– No. Pero es mi prioridad.

– ¿Por qué habría actuado catorce años más tarde?

– Porque en la época de la muerte de Manon, el crío tenía solo catorce años. Su plan había madurado, su decisión se había fortalecido. Había prometido volver y volvió.

– Por tanto, ¿él también es un loco de atar?

No contesté. Con un acto reflejo, hice un gesto hacia mi paquete de Camel. Encender un pitillo allí era una profanación. El silencio volvió a reinar.

– Ahora le toca a usted. ¿Por dónde anda en su investigación?

– Más o menos en el mismo punto que usted.

– ¿Está de acuerdo con mis conclusiones?

– Sí, en cuanto a la culpabilidad de la madre. Pero no tengo más pruebas que usted. Y nunca he podido consultar el expediente judicial. Se trata de un asesinato muy antiguo, por lo que ha prescrito. A mi modo de ver, el juez De Witt destruyó el expediente.

– ¿Por qué?

– Es demasiado tarde para averiguarlo. Murió hace dos años.

– ¿Está usted de acuerdo en cuanto al autor del asesinato de Sylvie?

– No. No puede ser Thomas Longhini. Es imposible.

La inflexión de su voz transmitía una absoluta certeza.

– ¿Cómo lo sabe? ¿Lo ha encontrado?

– Nunca lo perdí de vista.

– ¿Dónde está? -grité.

– Delante de usted.

Una sensación pegajosa llenó mi boca.

– Soy Thomas Longhini. Prometí volver y aquí estoy. Prometí terminar la investigación y me convertí en gendarme. Incluso en capitán, en Besançon. Cuando Sylvie fue asesinada conseguí que me adjudicaran el caso.

– Las gentes de aquí, ¿saben quién es usted?

– Nadie lo sabe.

– No le creo. Su historia no es verosímil.

– La muerte de Manon no es creíble. Nunca pude aceptarla.

– ¿Siempre supo que Sylvie era la infanticida?

– Cuando era adolescente estaba seguro. Manon tenía miedo; temía a su madre. Más tarde dudé. Ahora, estoy nuevamente convencido.

– Según usted, ¿quién mató a Sylvie?

No dudó un instante.

– El diablo.

Sonreí. No era cuestión de volver a caer en otra historia de superstición. Pero Longhini-Sarrazin se inclinó sobre mí.

– Hay algo que usted no sabe. Un elemento primordial para comprender los hechos. Manon estaba poseída verdaderamente. El diablo la había elegido.

Era una conspiración. ¡Una conspiración de zumbados! Enfundé la pistola y giré la manilla.

– Ya he oído bastante.

Sarrazin bloqueó la puerta.

– Es el núcleo de la historia. ¡Tenga los huevos de seguir hasta el final!

El gusto a pegamento me secaba el gaznate. Tenía la lengua hinchada, la garganta pastosa.

– Estaba con ella cuando pasó todo -prosiguió-. Siempre estábamos juntos. Ella se había convertido en alguien distinto. Un demonio.

– Y ahora el diablo ha regresado para vengarse, ¿no es así?

– No le hablo de un fauno con cabeza de macho cabrío. Hablo de un poder oscuro que ha actuado utilizando la mano de un tercero.

– ¿De quién?

– Todavía no lo sé. Pero lo averiguaré.

– ¿Qué pruebas tiene?

– Es simple. El diablo se venga siempre de la misma manera. Ha habido otros casos de asesinatos con insectos, líquenes y todo eso.

– No. Lo he investigado. A escala nacional. Nunca nadie ha sufrido las torturas de Sylvie Simonis. Nunca un asesino ha descompuesto un cuerpo sirviéndose de ácidos e insectos.

– En Francia, no. Pero en otros sitios, sí.

– ¿Dónde?

– En Italia. La Bestia golpeó allí. En Catania, Sicilia. La Bestia no conoce fronteras.

Sarrazin hablaba con seguridad. La suficiente como para despertar en mí una nueva duda. Vi pasar la máscara de Pazuzu y luego volví a la razón. Siempre existía la posibilidad de que un asesino se creyera el diablo y actuara en cualquier parte de Europa. Sarrazin añadió:

– En todo caso, su colega estaba de acuerdo conmigo.

– ¿Quién?

– Luc Soubeyras.

– ¿Lo ha visto? ¿Lo conoce?

– Trabajábamos juntos. Pero él no era como usted. Él creía en el diablo. A usted había que ponerlo a prueba. Es por eso por lo que he dejado que se las arreglara solo.

– ¿Y en qué punto de su investigación estaba Luc?

– Como yo. Como usted. Después, se fue a Italia. Y no ha dado más señales de vida.

Un destello, hielo y fuego mezclados. Una información de Foucault: Luc había viajado a Catania, en Sicilia, el pasado 17 de agosto.

– Le propongo lo siguiente -dijo Sarrazin-.Vaya a Italia. Yo seguiré buscando aquí. Fue usted quien propuso que trabajáramos en equipo.

Yo no perdía nada por tener un aliado allí. Además, si existía realmente una pista en Sicilia debía seguirla. Cogí la manilla.

– Primero comprobaré su información acerca del caso italiano. Si es correcta, acepto.

Abrí la puerta. Sarrazin me cogió el brazo.

– Antes de irse, vuelva a Bienfaisance. Al lugar donde el cuerpo fue descubierto.

– ¿Por qué?

– El diablo firmó su crimen.

Por un breve instante pensé en el crucifijo, pero el gendarme hablaba de otra cosa.

– ¿Dónde tengo que buscar?

– Encuéntrelo solo. Todo esto es una iniciación, ¿comprende?

– Comprendo. ¿Tiene pilas?

51

– Pronto?

Acababa de marcar el número del móvil de Giovanni Callacciura, ayudante del fiscal de Milán. Hacía un año había trabajado con él en un caso de asesinato de un médico romano en París. Un simple crimen para mí, un crimen de venganza y corrupción para él. Y una sólida amistad entre ambos.

– Pronto?

Me puse el teléfono bajo el mentón; la carretera serpenteaba cada vez más. El viento hacía que el coche diera bandazos, mientras que las copas de los pinos se inclinaban sobre el haz luminoso de los faros. Aceleré a fondo hacia Notre-Dame-de-Bienfaisance.

– Sono Mathieu Durey.

– ¿Mathieu? Come stai?

La voz risueña. La frescura en la entonación. A mil leguas de mi pesadilla. Le expliqué el motivo de mi llamada. La naturaleza del asesinato. La posibilidad de un crimen idéntico en Sicilia. Mi italiano salía con fluidez. El magistrado se partió de risa.

– Nunca podría trabajar en casos de ese tipo. Demasiado sórdidos. ¿Qué quieres que haga?

– Que busques información sobre ese crimen de Catania.

– De acuerdo. ¿Sabes en qué año?

– No. Creo que es bastante reciente.

– ¿Y es urgente?

– Es candente.

– Investigaré desde mi casa. Ahora mismo.

Le di las gracias. Ni una palabra sobre que eran las nueve de la noche de un domingo. Ni un comentario acerca de que no había llamado desde hacía seis meses. Mi concepto de la amistad: ninguna obligación, solo la de responder «presente» en el momento preciso. Mantuve pisado el pedal del acelerador mientras ganaba altura.

Los recuerdos de mi primera visita a Bienfaisance volvían; la fuerza de la montaña, el triunfo de las aguas… Ahora, todo estaba oscuro. Maraña de amenazas y de espesores atormentados por el viento. Las palabras de Sarrazin en mi cabeza, derramándose en cada curva, como golpes de mar sobre el puente de un buque a la deriva.

El cartel de la fundación Notre-Dame-de-Bienfaisance apareció. Aceleré. Ni hablar de llamar a la puerta de las misioneras, ni de caminar media hora. Arriba debía de haber otro camino que llevara directamente al mirador. Al cabo de dos kilómetros, di con un sendero que señalaba la dirección de la Roche Rêche; el nombre mencionado por Marilyne Rosarías.

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