Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
La calefacción se puso en marcha. De un codazo, la puse al máximo. Acurrucado cerca de las rejillas, con las manos estiradas, esperé que llegara el calor y activara la sangre bajo mi piel. Poco a poco, tomaba conciencia del silencio a mi alrededor. El bosque abandonado. Y, sin duda, la frontera a pocos kilómetros.
Cuando por fin pude mover los dedos de las manos y de los pies, puse la marcha atrás y logré salir del montón de maderas. Las otras patrullas no tardarían en aparecer. Di media vuelta, puse primera y me largué de la zona de obras.
Unos minutos más tarde, conducía hacia Italia. El motor no tenía mucha fuerza, pero funcionaba. ¡Y estaba vivo, indemne!
Aunque en un callejón sin salida.
No tenía ninguna posibilidad de cruzar la frontera con un coche en semejante estado.
Atravesé un pueblo llamado Gondo y vi un sendero que descendía en diagonal; sin duda hacia un río o un sotobosque. Seguí bajo los pinos y sentí que el viento se calmaba: había encontrado un abrigo.
Me detuve, dejé el motor funcionando con la calefacción al máximo. Salí con pasos torpes y cogí del maletero mi bolsa de viaje. Me quité la parka, me puse dos jerséis, y encima el chubasquero. Un gorro, guantes -de verdad- y varios pares de calcetines. Me senté en el asiento delantero, lo más cerca posible de las rejillas de ventilación, que soltaban un aire caliente que apestaba a aceite de motor.
Cuando entré en calor, cogí mi móvil del fondo del bolsillo y marqué el número de Giovanni Callacciura. En italiano, murmuré a su contestador:
– Llámame en cuanto escuches este mensaje. ¡Es urgente!
Luego me acurruqué en el asiento, frente al débil chorro de aire caliente. No pensaba. Solo experimentaba una sensación: la vida. Con eso tenía más que suficiente. Me quedé dormido, abrazando el móvil como si fuera una almohada minúscula.
54
La luz del día me despertó. Me enderecé con los ojos medio abiertos. La vista era deslumbrante. Entre las montañas, el disco solar despuntaba como una herida sangrante. En lo alto, las nubes cortaban las crestas. A mi alrededor la nieve había desaparecido, reemplazada por pendientes de hierba alfombradas de hojas muertas.
Miré el reloj: las siete y media de la mañana. Había dormido cuatro horas. Callacciura no me había devuelto la llamada. Marqué otra vez su número. De ahí en adelante el teléfono funcionaba con una red italiana.
– Pronto?
– Soy Mathieu. Te dejé un mensaje anoche.
– Acabo de despertarme. ¿Ya estás en Milán?
Le relaté mi aventura e hice un resumen de la situación: mi coche acribillado a balazos, mi aspecto de vagabundo, la imposibilidad de cruzar la frontera.
– ¿Dónde estás, exactamente?
– A la salida de un pueblo, Gondo. Hay un sendero a la derecha. Estoy al final.
– Te llamo dentro de unos minutos. Capito?
En el fondo del bolsillo encontré mi paquete de Camel. Encendí uno con delectación. Recuperé la lucidez y con ella, las preguntas que me acosaban. ¿Quiénes eran mis agresores? ¿Por qué me atacaban? Solo tenía una certeza: mis perseguidores no tenían nada que ver con el asesino de Sylvie Simonis. Por un lado, dos profesionales. Por el otro, un homicida en serie, prisionero de su locura.
Mi móvil vibró.
– Sigue mis indicaciones al pie de la letra -dijo Callacciura-. Vuelve a la carretera principal, la E62, y conduce durante un kilómetro. Allí verás un aljibe sobre el que está escrito contozzo. Aparca detrás y espera. Dos maderos de civil irán a buscarte dentro de una hora.
– ¿Por qué unos maderos?
– Te escoltarán hasta Milán. Sigue en pie nuestra cita a las once.
– ¿Y mi coche?
– Se ocuparán de él. Coge tus bártulos sin mirar hacia atrás.
– Gracias, Giovanni.
– De nada. Esta noche he recibido otros datos relativos a tu caso. Tengo que hablar contigo.
Colgué. Otro cigarrillo. A pesar de las borrascas, que penetraban en el habitáculo, el motor seguía funcionando; y con él, la calefacción. Salí del coche para orinar. Mi cuerpo estaba paralizado por las agujetas pero la vida seguía su curso.
Tomé por un camino y noté que la sangre y los músculos se calentaban. Sentí vértigo. El hambre. Vi un río, más abajo. Bebí largos tragos helados, disfrutando del desayuno más puro del mundo.
Arranqué el coche nuevamente y salí hacia el lugar de la cita. Me aposté al pie del aljibe y dejé que el motor roncara, una vez más. Una hora y tres cigarrillos se consumieron. Ni aduaneros ni granjeros curiosos a la vista. Pero reflexiones, a espuertas.
Todo se agolpaba en mi cabeza. La culpabilidad de Sylvie Simonis. La doble identidad de Sarrazin-Longhini. El asesinato de Sylvie. La aparición de un crimen idéntico en suelo italiano, firmado por una culpable que había confesado. Y ahora esos asesinos… Un auténtico caos donde cada respuesta planteaba una nueva pregunta.
Un detalle me llamó la atención. En un impulso repentino, marqué el número de Marilyne Rosarías, directora de la fundación Bienfaisance. Ocho menos cuarto. La filipina debía de salir de sus oraciones matinales.
– ¿Quién habla?
Desconfianza y hostilidad, un manojo de nervios.
– Mathieu Durey -dije aclarándome la voz-. El madero. El especialista.
– Menuda voz. ¿Sigue todavía por aquí?
– Tuve que marcharme. Usted no me lo contó todo la última vez.
– ¿Me acusa de mentirle?
– Por omisión. No me dijo que Sylvie Simonis había ido a buscar consuelo en Bienfaisance después de la muerte de su hija en 1988.
– Tenemos la obligación de respetar la intimidad.
– ¿Cuánto tiempo permaneció en la fundación?
– Tres meses. Venía por la noche. Por la mañana se iba a su trabajo.
– ¿En Suiza?
– ¿Qué es lo que busca aún?
De pronto, una convicción: Marilyne estaba al corriente del infanticidio. Fuera porque había escuchado las confidencias de Sylvie o porque había adivinado la verdad. Tanteé el terreno.
– Quizá Sylvie trataba de olvidar sus faltas.
Silencio. Cuando Marilyne volvió a tomar la palabra, su voz era más grave.
– Sylvie fue perdonada.
– ¿A qué se refiere?
– Hiciera lo que hiciese, imploró perdón al Señor y fue escuchada.
– ¿Trabaja usted en las oficinas del purgatorio?
– No se ría. Sylvie fue perdonada. Tengo la prueba de lo que afirmo, ¿comprende?
Vi aparecer a quinientos metros un coche patrulla gris, marca Fiat, sin mampara divisoria; estaba en un estado solo algo mejor que mi coche. Mi escolta.
– Volveré a visitarla -la previne.
– No tengo nada más que decirle. Pero rezaré por usted. Tiene demasiada ira en su interior para poder comprender esta historia. Debe estar totalmente purificado para enfrentarse al enemigo que lo espera.
– ¿Qué enemigo?
– Lo sabe perfectamente.
Colgó. El Fiat había llegado. La conversación con los maderos italianos se redujo al mínimo. Los dos hombres debían de haber recibido instrucciones. Ni una palabra sobre el estado de mi coche. Ni sobre mi situación de francés errante, perdido a unos kilómetros de la frontera. Cogí mi bolsa y dije adiós a mi cacharro, acompañado de un emotivo sentimiento de pesar hacia mi aseguradora. Declararía que me lo habían robado, sin entrar en detalles.
Cruzamos el puesto fronterizo italiano sin problemas. Repanchigado en el asiento de atrás, contemplaba el paisaje. El mismo que en el lado suizo, pero tenía la impresión de haber atravesado un espejo, de hundirme en el reflejo italiano de las montañas que había admirado al alba. Los torrentes me saludaban y los puentes, cada vez más numerosos, reemplazaban a los túneles. Elevadas estructuras suspendidas por cables. Colosos de hormigón hundidos en el agua, arcos de fibra de formas afiladas. Ya no pensaba. Solo sentía los latidos sordos de mi cuerpo magullado. No tardé en quedarme dormido.