Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Había llamado varias veces a Foucault. Siempre saltaba el contestador. Lo imaginé pasando una agradable noche de domingo con su mujer y su hijo, delante de la televisión. En contraste, el frío y la hostilidad de la noche me parecían más violentos aún. Pensaba en mis tres votos: obediencia, pobreza y castidad. Estaba de buen humor. Sin olvidar el voto adicional, el que siempre me pisaba los talones: la soledad.
Doce y media de la noche. Foucault me llamó. Le pedí que a primera hora de la mañana ampliara la investigación sobre los asesinatos con insectos, que peinara a escala europea, contactara a la Interpol, a los servicios de policía de las capitales. Foucault prometió hacer todo lo posible a pesar de que la investigación todavía no tenía carácter oficial y Dumayet iba a pedirle cuentas de los casos pendientes en la Brigada.
Le prometí que llamaría a la comisaria (se suponía que debía fichar en el despacho en unas horas) y colgué. Después de la ciudad de Aigle, las luces desaparecieron. En el horizonte solo se distinguían las masas sombrías de los Alpes. El camino, envuelto en tinieblas, estaba desierto. Excepto por dos faros muy blancos que centelleaban desde hacía un momento en el retrovisor.
Una de la mañana. Martigny, Sion. La muralla montañosa se acercaba. Entré en el túnel de Sierre. Conduciendo a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, dejé atrás varios coches; vi cómo sus faros se alejaban y luego temblaban en mi retrovisor antes de ir a reunirse con los filamentos del alumbrado. En cambio, los dos faros blancuzcos no me soltaban. Ciento sesenta, ciento setenta… Los ojos seguían ahí. Los faros de xenón, que perforaban la noche como dos agujas.
Los túneles se sucedían. Bocazas en arco de círculo cavadas en la montaña, galerías perforadas, pegadas a la ladera, tubos de vidrio suspendidos del flanco de la montaña. Por fin, los faros desaparecieron. Experimenté un oscuro alivio. Tal vez era una paranoia pero la inscripción del confesionario no me abandonaba: te esperaba. Ni tampoco la de la corteza: yo protejo a los sin luz. La posibilidad de que hubiera un asesino obsesivo siguiendo mis pasos no era absurda.
Una nacional con dos carriles. En cada ciudad, hacía el esfuerzo de disminuir la velocidad. Visp. Brig. El centro de Valais. El paisaje se modificó otra vez. La carretera se estrechó, la oscuridad se hizo más profunda. No había ni farolas, ni un solo panel de señalización. Reduje la velocidad. Penetré en el puerto de montaña del Simplon.
La carretera se elevó brutalmente. La nieve apareció. Los acantilados, de un blanco fosforescente, como si alguien hubiera esparcido Luminol, se revelaron a ambos lados de la calzada. Una nube de espinas secas revoloteaba bajo las ruedas; los pinos se espaciaban. Nadie a la vista.
El Audi se bamboleaba con el viento. El frío ya se insinuaba en el interior del coche. Tenía prisa por pasar el puerto e iniciar la bajada. Los túneles se multiplicaban, desnudos, salvajes. Anillos de piedra hundidos en la pared, rampa de hormigón injertada en la ladera, columnatas deslizándose bajo un torrente furioso…
Empecé a tener visiones. Los copos de nieve se convertían en pájaros, arabescos, símbolos chinos, diseminándose delante del parabrisas. Renuncié a poner las largas; la nieve formaba una pantalla reflejante.
La fatiga se atenuaba, anestesiaba mis reflejos, volvía pesados mis párpados. ¿Cuánto hacía que no había dormido bien? El cambio de altura me oprimía los tímpanos, entorpeciéndome aún más.
Decidí parar una vez pasado el puerto, en la frontera italiana, para dormir algunas horas. A fin de cuentas, tenía tiempo de sobra. Podía retomar el camino hacia las siete para llegar a Milán a las diez.
De repente, el cristal posterior del coche se iluminó.
Los faros de xenón.
Aceleré y eché una mirada al retrovisor. No vi nada excepto el halo blanco. Mi perseguidor había graduado la luz de sus faros al máximo. Volví a la carretera; tampoco veía nada, la nevada se recrudecía. Y la luz estallaba en mi retrovisor. Lo bajé y me concentré en los ventisqueros que el viento formaba en el borde de la carretera, únicas referencias para seguir la cinta de asfalto.
Logré distanciarme de los faros. Un viraje y el coche desapareció. Con el miedo en el cuerpo me pregunté: ¿quién es ese? ¿El asesino de Sartuis? ¿Cualquier otro implicado en la investigación? ¿O un simple conductor agresivo?
Me respondió un silbido.
Una bala acababa de rozar el techo de mi coche.
53
Aceleré. El pánico aumentaba, bloqueando mis sentidos, mis pensamientos, mis reflejos. Al peligro de las balas se añadía el de la carretera helada, con sus curvas demasiado cerradas.
Muy a mi pesar, reduje la velocidad. La luz saturó nuevamente la ventanilla posterior. Durante un segundo, me dije que había soñado; el silbido no era el de una bala. Un conductor con la atención puesta en esa carretera no podía dispararme al mismo tiempo. A guisa de respuesta, otra bala impactó en el coche, haciendo vibrar toda la carrocería. De modo que eran dos. Un conductor y un tirador. Un tándem perfecto para ir a la caza del hombre.
Volví a acelerar. Solo podía pensar en que no tenía ninguna posibilidad. Su coche parecía más potente que el mío. Y yo estaba solo. Absolutamente solo. Mi futuro se parecía a la carretera, una huida a ciegas hacia delante, en la que yo corría hacia mi final.
Conducía agachado con la cabeza entre los hombros y los dedos aferrados al volante. Buscaba en mí, en lo más recóndito de mi angustia, algún asomo de esperanza. Me repetía: «No hay nada roto… No estoy herido… No…».
La luna de la ventanilla posterior se hizo añicos.
El frío y la luz surgieron en el habitáculo. En el mismo segundo, las ruedas patinaron. El motor rugió. La parte posterior dio un bandazo a la izquierda; luego volví a tomar contacto con el asfalto por la derecha. Otra bala se perdió en la tempestad. Un volantazo; luego otro, hasta que recuperé el control del vehículo.
Un túnel vino en mi ayuda. El alumbrado y la carretera en línea recta cambiaban la situación. Regulé el retrovisor y observé a mis enemigos. Un BMW. Una berlina con los cristales tintados, con la carrocería negra que brillaba como la de un tanque esmaltado. Los deslumbrantes faros me impedían descifrar la matrícula. Tampoco podía ver al conductor, pero el pasajero, con pasamontañas, tenía medio cuerpo fuera y sujetaba un fusil de precisión equipado con visor y silenciador.
La clara imagen de mi muerte. Durante una fracción de segundo me quedé subyugado por la belleza de aquella visión: las luces que pasaban volando sobre la chapa refulgente, los faros irisándose en líneas rosas sobre el arco de la bóveda, el asesino apoyado sobre su arma… Una perfecta máquina de guerra, lisa, precisa, implacable.
Esta vez, aceleré a fondo.
Audi contra BMW: el duelo estaba servido.
Me aferré al asfalto, al hormigón, a las luces. El desfile de lámparas adquiría una rapidez hipnótica. Sin embargo, en mi retrovisor el BMW seguía acercándose. Era ahora o nunca. Debía responder. Arranqué el velero de la funda y saqué el arma.
Me volví y apunté con mi 9 mm Parabellum. Reduje la velocidad. La parrilla del radiador se aproximó. Lancé un alarido y apreté el gatillo. Por la fuerza del retroceso, el arma casi se me escapó, pero en un parpadeo vi que el BMW frenaba repentinamente y patinaba desviándose hacia atrás con un chirrido envuelto en el humo de los neumáticos. Casi una victoria.
El cielo, la nieve; luego un nuevo túnel a la vista.
El modelo con columnas construido sobre la pendiente de la roca.
Intuitivamente, esperé justo hasta el momento de entrar y luego hice un giro a la derecha, para tomar el camino lateral de las obras viales que subía por el flanco del acantilado. El coche rebotó en el pedregal e inmediatamente me encontré sobre el techo del túnel. La berlina había penetrado en la boca de sombras detrás de mí. Un nuevo respiro. Duraría poco. El BMW estaría esperándome a la salida.