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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– Ella ha venido a verme.

– ¿Quién?

– La enfermera… La que testificó en el caso.

Los engranajes de mi mente se activaron. Jean-Pierre Lamberton hablaba de la coartada de Sylvie Simonis. Ella había quedado fuera de toda sospecha porque, en el momento del asesinato, estaba siendo atendida allí mismo, en el hospital. El horrible ventrílocuo repetía:

– Ha venido a verme. Me lo ha confesado todo. Sigue trabajando aquí.

Supuse la historia. Por alguna razón, en aquella época una enfermera había mentido. Al enterarse de que Lamberton estaba ingresado allí, condenado, se había confesado a él.

– Katsafian. Nathalie Katsafian. Ve a verla.

– Thomas Longhini -murmuré-. ¿Bajo qué nombre se esconde?

Ningún sonido resonó en mi casco. Maquinalmente, di golpecitos a los auriculares. La entrevista había terminado. Lamberton se había vuelto hacia la ventana. Iba a irme cuando la voz volvió a carraspear.

– Espera.

Me quedé petrificado. Sus ojos volvían a mirarme fijamente. Dos canicas negras con contorno amarillento que habían sobrevivido a todas las radiaciones, a todas las destrucciones.

– ¿Fumas?

Palpé mis bolsillos y saqué un paquete de Camel. El cuello de mi camisa estaba empapado de sudor. El moribundo murmuró:

– Fúmate uno… Para mí…

Encendí uno y exhalé el humo sobre el rostro calcinado. Pensé en un fragmento de meteorito, una concreción de cenizas. De alguna manera, yo volvía a alumbrar su memoria del fuego.

Lamberton cerró los ojos. La palabra «expresión» ya no podía aplicarse a semejante rostro, pero el entrelazado de sus músculos expresaba una especie de goce. Las volutas azuladas planeaban sobre el cuerpo y mi mente latía lentamente. Bam, bam, bam… Tomé conciencia de que la mirada amarilla se fijaba otra vez en mí.

– No es el cigarrillo del condenado. ¡Es el condenado del cigarrillo!

Una risa aterradora resonó en mis auriculares.

– Gracias, chaval.

Me arranqué el casco, aplasté el Camel en el suelo y le apreté el brazo con afecto. La misa había terminado.

47

Salí de la habitación con los nervios cargados a mil voltios. El médico me esperaba. Le pregunté dónde podía encontrar a Nathalie Katsafian. Golpe de suerte; ese domingo trabajaba en la planta inferior.

Bajé corriendo la escalera y en el pasillo me encontré cara a cara con una mujer con delantal tipo casulla y pantalón blanco de algodón. Cuarentena mal llevada, sin encanto, con una expresión de firmeza bajo la sombra de una mecha rubio ceniza.

– ¿Nathalie Katsafian?

– Soy yo.

La tomé por el brazo.

– ¿Qué hace?

Vi una puerta que decía: reservada al personal. La abrí y empujé a la enfermera dentro.

– ¿Está loco?

Volví a cerrar la puerta con el codo, accionando al mismo tiempo el interruptor. Los fluorescentes se encendieron. Paredes cubiertas de sábanas dobladas, batas ordenadas: la lavandería.

– Usted y yo deberíamos calmarnos.

– ¡Déjeme salir!

– Solo una breve conversación.

La mujer trató de esquivarme. La empujé y le planté mi identificación en la cara.

– Brigada Criminal. Sabe por qué estoy aquí, ¿verdad?

La enfermera no respondió. Los ojos se le salían de las órbitas.

– Manon Simonis. Noviembre de 1988. ¿Por qué mintió?

Nathalie Katsafian se derrumbó. Su rostro se quedó exangüe, más blanco que las telas que nos rodeaban. Puse una rodilla en el suelo y la levanté, apoyándola contra la pila de sábanas.

– Le repetiré la pregunta: ¿por qué mintió en 1988?

– ¿Usted… usted investiga el asesinato de Manon?

– Conteste a mi pregunta.

Se pasó la mano por los cabellos. Una expresión de pavor la desfiguraba.

– Tuve… tuve miedo. Tenía veinticinco años. Cuando los gendarmes vinieron al hospital, me preguntaron si Sylvie Simonis estaba en su habitación el día anterior, a las cinco de la tarde. Respondí que sí.

– ¿Y no era cierto?

– En realidad, no estaba segura.

– ¿Por qué no lo dijo?

Se tomó tiempo para tragar saliva. El miedo se había transformado en una expresión de sorda resignación. Como si hubiera esperado durante catorce años ese momento de la verdad.

– Yo estaba aquí de prácticas. La enfermera jefe era muy estricta en cuanto al reglamento. Las cinco era la hora en la que se tomaban las temperaturas. Se supone que se toma personalmente y luego se apunta en el registro.

– ¿Y en la práctica se hace así?

– No. Se pasa más tarde; los pacientes ya se la han tomado. Basta con mirar el termómetro de la mesilla de noche y anotar la cifra.

– Entonces, ¿el enfermo puede haberse ausentado de la habitación?

– Sí.

– ¿Y eso fue lo que sucedió con Sylvie Simonis?

– Creo que sí.

– ¿Sí o no? -grité.

– Sí. Cuando pasé, ella no estaba. Apunté la cifra y salí.

– ¿Sabe cuánto tiempo duró su ausencia?

– No. Ella tenía libertad de movimiento. Estaba sola en su habitación. Podía desaparecer varias horas. Nadie se habría dado cuenta.

Me callé. La coartada de Sylvie Simonis ya no existía. La enfermera trató de justificarse.

– Mentí, pero en aquel momento no era grave. Nadie sospechaba de ella. Acababa de pasar algo horrible. Ella era la víctima, ¿comprende?

– Usted sabe algo más.

– Yo… -Se palpó el rostro con la punta de los dedos, como si hubiera recibido unos golpes-. De hecho, fue más tarde. Dos meses más tarde. Cuando se hizo la reconstrucción.

– ¿Con Patrick Cazeviel?

Asintió con la cabeza.

– Los periódicos hablaban de un pozo en la planta depuradora. Y también de una reja oxidada que no estaba en su sitio. Eso me recordó un detalle. La tarde del asesinato, cuando los gendarmes se lo dijeron a Sylvie, ella hizo la maleta. Los médicos la habían autorizado a salir. La ayudé. Su gabardina… tenía huellas de herrumbre.

– ¿Ese detalle le sorprendió?

– Las manchas eran extrañas. Como una trama, ¿sabe? Y parecían… recientes. Cuando leí el artículo, me acordé de la reja y comprendí.

– ¿Por qué no dijo nada en ese momento?

– Ya era tarde. Y yo… no podía creer algo tan horrible.

Seguí en silencio. Nathalie Katsafian continuó:

– También había otra cosa. En la misma época, había oído a los médicos conversando entre ellos, sobre el quiste que tenía Sylvie. Un quiste en el ovario. Hablaban de una película estadounidense en la que una chica se provocaba voluntariamente el quiste tomando estrógenos. Yo… En fin, me dije que Sylvie podía haber hecho lo mismo. Y maquinarlo todo.

– ¿Tiene algún indicio?

– Sí. En el cuarto de baño me llamó la atención un detalle. Había medicamentos.

– ¿Estrógenos?

– No lo sé.

– ¿Adónde quiere llegar?

– El envase… No contenía el medicamento indicado en la caja.

– ¿Eran hormonas o no?

– ¡No lo sé!

Nathalie Katsafian se desmoronó entre sollozos. El testimonio de esta mujer habría bastado para meter a Sylvie Simonis veinte años entre rejas, o en un psiquiátrico, sección psicóticos graves. Sentí que me volvía gris, literalmente. Mis órganos se transformaban en tierra, mi boca se llenaba de ceniza.

Sylvie Simonis se perfilaba como una madre infanticida. Era el mismo mosaico, constituido por las mismas piezas pero que trazaba otro retrato. Una Medea más verdadera que la original.

Coloqué mis manos sobre los hombros de la mujer y murmuré una oración. Con toda mi alma, supliqué a Nuestro Señor que le otorgara el reposo, una vida sin remordimientos. Me puse de pie y cogí el pomo de la puerta; de repente, una idea vino a mi mente.

Busqué en mi chaqueta y saqué la fotografía de Luc. La enfermera la miró. Sus sollozos aumentaron.

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