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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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En ese momento, estuve tentado de abandonarlo todo y huir a pie. Pero ¿para ir adónde? ¿A perderme en plena montaña? Mis perseguidores debían de estar equipados con detectores térmicos. La caza del hombre se parecería aún más a una batida.

Puse primera y conduje lentamente, con los faros apagados. Me bamboleé sobre un sendero de piedras, buscando una idea, una salida. La nieve arreciaba y los bordes de la calzada se perdían en las tinieblas.

Por fin, el camino volvió a bajar para alcanzar la carretera. No había encontrado ninguna solución. Pero la calma que me rodeaba renovó mis esperanzas. Al borde de la calzada, me detuve, al acecho; no había ni el menor ruido de motor, ni señal de ningún faro. Una vez más puse primera, y lentamente, muy lentamente, volví a la carretera. Ningún coche. ¿Habían abandonado la persecución? ¿Habían continuado su camino porque renunciaban a eliminarme?

Empujé la palanca de cambios y de pronto todo se tornó blanco. Los faros. El xenón. No delante de mí ni detrás de mí. ¡Encima! Me acurruqué en el asiento y giré el retrovisor buscando las luces. Los hombres estaban apostados sobre el techo del túnel.

Supuse lo que había sucedido. En el interior de la galería, habían encontrado otro acceso al camino lateral de las obras viales. Ellos también habían subido siguiéndome, con los faros apagados, hasta el final del sendero. Luego se habían situado en el promontorio en posición de tiro.

Empezaron a llover las balas. Mi parabrisas estalló, las lunas explotaron mientras derrapaba tratando de arrancar. Las ruedas mordieron el asfalto. En mi retrovisor sucedió lo imposible: los dos faros volaron como dos bolas de fuego luminiscentes en medio de la noche. Los asesinos habían caído al vacío. Su chasis se estrelló en medio de un estallido de nieve y de chispas; luego, saltó hacia delante. El estrépito parecía provenir del suelo. Pisé a fondo y volví a encender los faros. La persecución se reanudaba.

Pinos descarnados, pared rocosa, cúmulos de nieve. La tempestad se calmaba. Recuperé la visibilidad. Traté de poner en orden mis ideas. No tenía ninguna. Nada, aparte de huir hacia la frontera y los aduaneros. ¿Cuántos kilómetros tendría que resistir? ¿Treinta? ¿Cincuenta? ¿Setenta?

Otra ojeada al retrovisor. Los dos ojos blancos estaban siempre ahí, surgiendo intermitentemente, al ritmo de los virajes. De pronto, apareció una curva muy cerrada. Frené. Demasiado tarde. Las ruedas se bloquearon pero el Audi siguió adelante por su propio impulso. Giré el volante otra vez, pero el coche siguió, inmanejable.

El talud que crece, la nieve que se desliza. La colisión, brutal, en seco y el motor que se para. Luego el silencio. Sin aliento, con el volante clavado en las costillas. Aturdido, encontré la llave de contacto. El motor resopló y luego arrancó. Marcha atrás, salí a duras penas del montón de nieve y maniobré sobre la calzada.

A pesar del contratiempo, mis perseguidores no me habían alcanzado. Un destello de optimismo, traicionado inmediatamente por un fallo debajo del pie. El acelerador no funcionaba. Ojeada al cuadro de mando. El indicador de la temperatura del agua había entrado en la zona roja. ¿Qué coño pasaba ahora?

Mirada hacia atrás; los faros de xenón ya estaban solo a una curva de distancia. Rabioso, pisé el pedal a fondo. Nada, ninguna reacción. Golpeé el volante, aullé. En el momento del choque, la nieve debía de haberse acumulado debajo del radiador, obturando el circuito de ventilación. El motor se había calentado. Y el humo ya escapaba por el capó. Esta vez, estaba jodido.

En ese instante, apareció un panel de señalización: simplon dorf. Sin reflexionar, apagué los faros y tomé ese enlace en el preciso momento en el que el BMW aparecía por detrás. Los asesinos me vieron demasiado tarde; seguían por la carretera principal. A mi espalda, escuché un frenazo. Aunque apenas controlaba el coche, acababa de ganar algunos segundos.

Un claro, lleno de excavadoras, bulldozers y materiales de construcción. De un volantazo, tomé esa dirección gracias a la inercia del coche.

Me vi frente a un montón de tablones llenos de nieve. Cerré los ojos y dejé que el coche siguiera. Otra vez, un golpe. De nuevo, el eco de la colisión en mi cuerpo. Abrí la puerta empujándola con el hombro, tosí y me propulsé hacia fuera.

El frío del suelo fue la primera sensación que noté. Me levanté apoyándome sobre una rodilla y me metí detrás de una cantidad de piedras sillares. Libertad condicional. Tomé conciencia de la noche, del silencio. Ya no nevaba; la temperatura había bajado considerablemente bajo cero.

Las puertas de un coche se cerraron de golpe.

Arriesgué una mirada; nadie. ¿Huir a través de los bosques? ¿Alcanzar el pueblo? ¿Qué posibilidades tenía de despertar a alguien antes de que me encontraran? El miedo volvió a apoderarse de mí. Empecé a tiritar. En mis cejas y en mis cabellos se formaban cristales blancos. Me estaba helando, inmovilizado. Tanteé mis bolsillos y encontré un par de guantes de látex que me puse torpemente.

Los conocimientos acerca del proceso de muerte por congelación acudían a mi memoria. Los misioneros del Gran Norte, unos oblatos que conocí en el seminario de Roma, me lo habían descrito varias veces. Primero, tiritabas: era una buena señal, el cuerpo respondía, trataba de calentarse. Luego eras incapaz de luchar contra el frío. A partir de entonces perdías un grado cada tres minutos. Ya no tiritabas. El corazón latía más lentamente y no irrigaba la superficie de la piel ni las extremidades. La muerte blanca rondaba. Una vez que perdías once grados de temperatura, el corazón cesaba de latir pero ya estabas en coma.

¿Cuánto tiempo me quedaba?

Otra ojeada. Esta vez los vi. Caminaban con precaución, fusil en mano. Llevaban largos abrigos de piel negra. Una nube cristalina se escapaba de sus labios. Uno de ellos se golpeó contra el ángulo de un bulldozer. Pareció no reaccionar, anestesiado por el frío. También ellos se estaban helando. Los tres habíamos caído en la misma trampa. Prisioneros de la noche y pronto petrificados como estatuas.

Debía moverme. Hacer cualquier cosa para entrar en calor. Incliné el torso de atrás hacia delante y, repitiendo ese movimiento varias veces, me dejé caer con los codos en la nieve, en silencio. Reptar hasta los pinos para, al menos, protegerme del viento. Unos pasos muy cercanos. Rodé sobre mí mismo y traté de coger la automática. Tuve que agarrar la culata con las dos manos; mis dedos ya no respondían.

De pronto, el surco granate de una mira telescópica. Levanté la cabeza; el asesino estaba ahí, fusil en mano. De su pasamontañas salía un vaho, formando una aureola azulada.

Cerré los ojos e hice lo que cualquier hombre hace en tales circunstancias, ya sea o no cristiano: recé. Llamé con todas mis fuerzas al Señor en mi ayuda.

Una voz se elevó.

– Wer da?

Volví la cabeza. Percibí, con lágrimas en los ojos, las linternas, los galones plateados. ¡Una patrulla de aduaneros suizos! Miré otra vez hacia delante; el asesino había desaparecido.

Oí pasos rápidos ahogados. Palabras en alemán. Ruidos de motor. La persecución seguía, pero esta vez, con los cazadores en el papel de la presa. Los aduaneros no habían visto mi coche bajo los tablones.

Conseguí deslizar mi automática en el bolsillo y luego colocarme boca abajo. Apoyando los codos en la nieve, con las piernas muertas, repté hasta el coche. Ya no sentía ni mi cuerpo ni el frío. Por fin, la portezuela. De espaldas al chasis, subí al coche como un paralítico que ya no puede valerse de sus miembros inferiores. Instalado en el asiento, palpé el espacio debajo del volante buscando la llave de contacto. Con las dos manos la hice girar y ocurrió otro milagro: el ruido del motor. El impacto de la colisión debía de haber hecho saltar el hielo del radiador.

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