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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Annoura comenzó a dirigir a su yegua castaña hacia Berelain, pero se frenó cuando Masuri la llamó. La hermana Marrón había llegado junto a su yegua pinta, pero seguía de pie en la nieve, rodeada por las Sabias, que eran lo bastante altas para que no pareciera una mujer adulta en comparación. Annoura vaciló hasta que Masuri la llamó de nuevo, más apremiante en esta ocasión, y a Perrin le pareció oírla suspirar hondo antes de acercarse a ellas y desmontar. Lo que quiera que las Aiel tuvieran que decir —en un tono tan quedo que Perrin no alcanzó a escucharlas y agrupadas delante de Annoura con las cabezas inclinadas cerca de la de ésta— no le gustó a la hermana tarabonesa. Su semblante seguía oculto bajo la capucha, pero las trencillas se mecieron cuando sacudió la cabeza, y al cabo se dio media vuelta bruscamente y puso el pie en el estribo. Masuri no había hablado, dejando que las Sabias dieran su opinión, pero entonces puso la mano en el brazo de Annoura y musitó algo que hizo que la tarabonesa hundiera los hombros y las Sabias asintieran con la cabeza. Entonces Annoura se retiró la capucha y esperó a que Masuri montara en su yegua antes de hacer lo propio, tras lo cual las dos hermanas se dirigieron por detrás de la línea de lanceros y se situaron junto a Berelain, en tanto que las Sabias se colocaban entre ellas, al otro lado de Perrin. Annoura tenía la ancha boca curvada hacia abajo en un gesto malhumorado y se frotaba los pulgares con nerviosismo.

—¿Qué estáis planeando? —inquirió Perrin procurando no disimular su recelo. Tal vez las Sabias habían dejado que Masuri se reuniera con Masema, pero aun así seguían afirmando que en su opinión lo mejor sería que ese hombre muriera. Las Aes Sedai no podían usar el Poder como arma a menos que se encontraran en peligro, pero las Sabias no tenían tal prohibición. Se preguntó si estarían coligadas. Sabía más del Poder Único de lo que querría, y lo suficiente sobre las Sabias para estar seguro de que Nevarin tendría el control si habían formado un círculo.

Annoura abrió la boca, pero la cerró de golpe ante el roce admonitorio de Carelle y asestó una mirada iracunda a Masuri. La hermana Marrón frunció los labios y sacudió levemente la cabeza, lo que no pareció aplacar a Annoura. Sus manos enguantadas asían las riendas con tanta fuerza que le temblaban. Nevarin alzó la vista hacia Perrin, desde su posición al otro lado de Berelain, como si le hubiese leído el pensamiento.

—Planeamos llevaros de vuelta al campamento sanos y salvos, Perrin Aybara —manifestó secamente—. A ti y a Berelain Paeron. Planeamos que sobrevivan tantos como sea posible el día de hoy y los venideros. ¿Tienes algo que objetar?

—Sólo que no hagáis nada a menos que os lo diga yo. —La respuesta de la Sabia podía significar un montón de cosas—. Nada de nada.

Nevarin sacudió la cabeza, contrariada, y Carelle rió como si Perrin hubiese hecho un gran chiste. Ninguna de las Sabias pareció creer necesario dar otro tipo de respuesta. Se les había ordenado que lo obedecieran, pero su idea sobre la obediencia no cuadraba con ninguno de los conceptos que tenía él. Ya podía esperar sentado a que le diesen una respuesta mejor; antes les crecerían alas a los cerdos.

En sus manos estaba poner fin a esta situación. Sabía que podría hacerlo. Planearan lo que planearan las Sabias, encontrarse con Masema tan lejos de los demás del campamento, cuando ese hombre tenía que saber quién había robado el documento seanchan, era como confiar en ser capaz de apartar la mano del yunque antes de que el martillo se descargara. A Berelain le costaba obedecer órdenes casi tanto como a las Sabias, aunque Perrin pensaba que haría caso si ordenaba retirarse al campamento. Bueno, creía que sí, a pesar de que su efluvio revelaba que se había cerrado en banda. Quedarse era correr un riesgo absurdo. De eso estaba seguro que la convencería. No obstante, tampoco él quería huir de ese hombre. Una parte de su ser le decía que era un necio, pero casi todo él hervía de ira y se dio cuenta de que le resultaba difícil controlarla. Aram se acercó a su lado, ceñudo, pero al menos no había desenvainado la espada. Enarbolar un arma podría ser como echar una brasa en un pajar, y el momento de enfrentarse a Masema no había llegado aún. Perrin apoyó una mano en su hacha. Todavía no.

A despecho de los oblicuos haces de luz que penetraban entre las gruesas ramas, el bosque en conjunto permanecía envuelto en las sombras de la madrugada. Incluso a mediodía habría penumbra. Los sonidos llegaron a sus oídos primero —el sordo golpeteo de cascos en la nieve, la fuerte respiración de los caballos azuzados a marchar deprisa— y entonces apareció una aglomeración de jinetes, una turba desordenada que avanzaba hacia el norte entre los inmensos árboles casi a galope tendido a pesar de la nieve y lo escabroso del terreno. No era un centenar, sino más bien dos o tres veces ese número. Un caballo cayó con un relincho y se quedó tirado sobre su jinete, sacudiéndose violentamente, pero ninguno de los otros aminoró la marcha siquiera hasta que, a unos setenta u ochenta pasos, el hombre que iba a la cabeza levantó una mano y todos frenaron de repente levantando surtidores de nieve, los caballos cubiertos de espuma y echando vaho y resoplando sonoramente. Aquí y allí sobresalían lanzas entre los jinetes. La mayoría iba sin armadura y muchos sólo llevaban un peto o un yelmo, pero de las sillas colgaban espadas, hachas y mazas. Los haces de sol resaltaban unas cuantas caras, hombres de expresión adusta y ojos fríos que daban la impresión de que nunca habían sonreído y que jamás sonreirían.

A Perrin se le pasó por la cabeza que quizá se había equivocado al no invalidar la resolución de Berelain. A esto llevaban las decisiones precipitadas, dejar que la ira pensara por él. Todo el mundo sabía que Berelain salía a galopar por las mañanas, y Masema quizás estaba desesperado por recuperar el documento seanchan. Aun con las Aes Sedai y las Sabias, un combate en el bosque acabaría siendo sangriento, una auténtica batalla campal donde los hombres —y las mujeres— podrían morir sin ver siquiera quién los había matado. Si no quedaban testigos siempre se podía culpar a los bandidos o incluso a los Shaido. Ya había ocurrido antes. Y, si quedaban testigos, Masema no tendría reparo en colgar a unas cuantas docenas de los suyos manifestando que se había castigado a los culpables. No obstante, era probable que quisiera mantener vivo a Perrin Aybara durante algún tiempo todavía, y no debía de haber contado con la presencia de las Sabias y de otra Aes Sedai. Puntos insignificantes para que dependieran de ellos las vidas de cincuenta y tantas personas. Demasiado insignificantes para que dependiera de ellos la vida de Faile. Perrin soltó la trabilla que sujetaba el hacha al cinturón. A su lado, Berelain olía a fría calma y férrea determinación. Curiosamente, nada de miedo. Ni el menor atisbo. Aram olía a… excitación.

Los dos grupos se observaron el uno al otro en silencio, hasta que al fin Masema se adelantó seguido de dos hombres solamente; los tres se retiraron las capuchas. Ninguno llevaba yelmo ni cualquier otra pieza de armadura. Como Masema, Nengar y Bartu eran shienarianos, pero al igual que él se habían afeitado el mechón de la parte alta de la cabeza dejándose el cráneo pelado, con aspecto de calavera. La llegada del Dragón Renacido había roto todos los vínculos, incluidos los que habían comprometido a esos hombres a combatir la Sombra a lo largo de la Llaga. Nengar y Bartu llevaban una espada sujeta a la espalda y otra colgada en el arzón de la silla, y Bartu, que era el más bajo de los tres, tenía el estuche de un arco de caballería y una aljaba atados también a la silla. Que se viera al menos, Masema iba desarmado. El Profeta del lord Dragón Renacido no necesitaba ninguna arma. Perrin se alegró al comprobar que Gallenne vigilaba a los hombres que Masema había dejado atrás, ya que había algo en Masema que atraía la mirada. Quizá sólo se debiera a saber quién era, pero eso bastaba y sobraba.

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