Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
– Huele mal -dijo-. Y es pegajosa.
– Repito que no será necesario, esperaremos aquí en silencio.
Olivia sonrió.
– ¿Seguro? ¿Palabra de juez?
Éste asintió.
– ¿Y tú, Tommy? ¿Palabra de scout?
Tommy también asintió, pero se acercó más a su abuelo.
– De acuerdo -dijo Olivia-. ¿Ven cómo no soy tan mala después de todo?
– No me gustaría que alguno de los dos se atragantara y se asfixiara y encontrármelo muerto al volver. Y más cuando estamos tan cerca del final; sería una pena haber llegado hasta aquí y estropearlo, ¿no, juez?
Éste soltó un gruñido de asentimiento.
– Sobre todo tú, Tommy, no creas que me he olvidado de esos pequeños ataques que te dan. En la cárcel conocí a unas cuantas con complejo de conejo. Bonita expresión, ¿no? Expresa muy bien ese deseo irrefrenable de escapar.
Miró a Tommy.
– Nada de complejo de conejo, ¿eh?
– No -contestó éste-. Lo prometo.
Olivia sonrió.
– No te creo.
Siguió sonriendo.
– En cualquier caso, les aconsejo que no lo estropeen ahora. Piénsenlo, están a punto de salir de aquí.
– ¿Quiere decir que por fin le van a dar su maldito dinero y podremos irnos a casa?
– Más o menos, juez. Todavía me falta dar a Duncan unos cuantos sustos más y después echaremos el cierre. ¿Te alegra saberlo? ¿Y a ti, Tommy?
– Quiero irme a casa -contestó el niño.
La sonrisa falsa de Olivia se desvaneció.
– Pequeño cabrón, eso ya nos lo has dejado claro.
Tommy se estremeció, pero Olivia volvió a adoptar el tono de broma, consultando su reloj mientras decía:
– Bien, hora de irse. Ahora, chicos, quédense aquí quietos y tranquilos, nosotros volveremos dentro de un ratito para despedirnos. ¿De acuerdo?
El juez no contestó y Tommy se limitó a mirar a Olivia. No piensa hacer nada de lo que dice, pensó, y la fuerza de este convencimiento lo asombró. Abrió los ojos de par en par y miró a Olivia, quien le devolvió la mirada y por un momento pareció desconcertada por la intensidad de la expresión de los ojos del niño. Se dio la vuelta, bajó los escalones del ático y cerró de un portazo. Después echó el cerrojo y lo comprobó dos veces. Por un breve instante la invadió una furia desconocida al recordar la mirada esperanzada del juez. Lo he tenido dominado casi desde el principio, pensó, siempre anticipando lo que iba a decir o hacer. Pero no consigo engañar al niño. Esa inocencia que tiene es peligrosa.
Tomó una pequeña bolsa de lona del suelo y la abrió para comprobar su contenido: un revólver, unos prismáticos con visión nocturna y una brújula. Metió también el rollo de cinta adhesiva.
Luego miró a los dos hombres.
– ¿Armados y peligrosos? -preguntó.
Éstos sonrieron y la siguieron al frío del atardecer.
– Que empiece el espectáculo -dijo Olivia.
Cuando sonó el teléfono los dos sintieron una especie de descarga eléctrica y alargaron la mano hacia el aparato al mismo tiempo; después Megan retiró la suya y dejó que Duncan contestara. Éste se llevó el auricular a la oreja.
– ¿Sí?
– Hola, ¿Duncan? -dijo Olivia.
– Hola, Olivia.
– ¿Tienes el dinero?
– Sí.
– ¿Lo sabe alguien?
– No.
– No has sido tan tonto como para llamar a la policía, ¿no?
– Conoces la respuesta a esa pregunta.
– Bien, así me gusta, Duncan. Estamos preparados para el siguiente paso, para subir un nivel, por así decirlo. -Rio brevemente.
– Maldita sea, Olivia. Tengo el dinero, mucho, así que quiero que me devuelvas a mi hijo y al juez. Cuando sepa que están sanos y salvos te daré el dinero.
Olivia no dijo nada. Estaba de pie en un Burger King, junto al centro comercial que Duncan había visitado el día anterior. Ramón y Bill estaban sentados a una mesa cercana tomando café. Frente a Bill había restos de una hamburguesa.
– No me des órdenes, Duncan. Si haces lo que te digo los recuperarás, suponiendo que hayas conseguido reunir dinero suficiente.
– Escucha, es más de…
– Dejemos que sea una sorpresa -lo interrumpió Olivia.
– Estoy cansado de tus jueguitos, Olivia.
– ¿En serio? Pues yo no, y mi voto es el único que cuenta.
– Te lo advierto, Olivia, ¡has llevado las cosas demasiado lejos! -tan pronto como dijo estas palabras se dio cuenta de lo trilladas que sonaban y se sintió estúpido y desorientado. Olivia le respondió con una breve carcajada.
– ¡Qué duro! Pero me parece que no, y además, en este juego, Duncan, yo tengo los ases.
Ambos permanecieron callados unos segundos. Finalmente Duncan habló con una voz llena de la exasperación que le nublaba el entendimiento.
– De acuerdo. ¿Y ahora qué? -preguntó.
– Bien. Así está mejor. Mira tu reloj, Duncan.
– Son casi las cuatro.
– Afina más.
– Son las cuatro menos tres minutos.
– Bien -dijo-. Ahora llega la parte emocionante. ¿Conoces las cabinas de teléfono que hay fuera de la farmacia de Smith's en la calle East Pleasant? Deberías, allí es donde compras tus medicinas.
Duncan pensó un momento y después contestó:
– Sí, supongo.
– Genial, esto es igual que en la televisión. La tercera cabina desde la pared. Tienes que estar allí a las cuatro y cinco, y solito, recuerda. Adiós.
– ¿Qué?
– Más vale que te des prisa, hijo de puta, y que hagas lo que te he dicho. Exactamente lo que te he dicho, Duncan, o si no todo habrá terminado. Y antes de tiempo. ¿Te queda claro o necesitas que sea más explícita?
– No.
– Estupendo, Duncan. Ya malgastaste treinta segundos.
Olivia colgó el teléfono y se volvió hacia los dos hombres, que seguían en la mesa.
– Ya estamos -dijo-. Ya sale.
Duncan tiró el auricular y agarró el maletín con el dinero. Megan parecía asustada.
– ¿Qué?
– Tengo cinco minutos para llegar a una cabina de la ciudad.
Karen y Lauren habían entrado en la cocina justo cuando sonaba el teléfono.
– Iremos contigo -dijo Karen.
Sin darse cuenta estaban bloqueando la entrada de la cocina y Duncan las apartó para salir.
– No, no -insistía. Tomó el abrigo del perchero del vestíbulo de la entrada.
– Alguien debería ir contigo -empezó a decir Megan, pero él la interrumpió luchando por meter los brazos por las mangas del abrigo.
– No, no. Iré yo solo.
– Entonces te seguiremos -dijo Karen-. En el coche.
– ¡No! -gritó Duncan-. ¡Yo solo! Me ha dicho que vaya solo.
– Pero ¿y qué hacemos nosotras? -gimió Megan.
– ¡No lo sé! Esperen aquí. Por Dios, déjenme paso -dijo mientras salía a toda prisa.
Las tres se quedaron mirándolo mientras se metía en el coche y salía disparado hacia la carretera.
– ¿Dios! -dijo Megan mientras veía derrapar las ruedas-. ¡Dios! ¿Qué hemos hecho?
– ¿Qué pasa, mamá? -preguntó Karen.
– No lo sé, no lo sé.
Se volvió hacia las gemelas y esbozó una sonrisa de ánimo que sabía no les haría ningún efecto. Entraron en la casa y se prepararon para esperar. Megan sentía ganas de decir muchas cosas, pero calló al darse cuenta de que no serían más que tonterías. Por un horrible instante se preguntó si volvería a ver a alguno de los tres, después se obligó a dejar de lado ese pensamiento, que la enfermaba. Aceptó agradecida la taza de té que le tendía Lauren tratando de que el calor que desprendía combatiera el frío interior que empezaba a atenazarla.
Duncan no miró su reloj, pero sabía que probablemente llegaba tarde. Estacionó junto a la parada de autobús rogando que ningún policía lo viera mientras corría por la acera. Cuando se acercaba a la cabina oyó el timbre del teléfono y se lanzó hacia él descolgando el auricular.