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Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]

Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:

Megan y Duncan Richards son gente normal. Él es banquero; ella, agente inmobiliaria. Tienen dos hijas adolescentes y un hijo. Viven en una casa preciosa. Todo indica que sus días de activistas políticos, allá por 1968, han quedado muy atrás. Después de todo, cualquiera que fuera joven en 1968 tiene un pasado activista.
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
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Corrió a toda velocidad por el estacionamiento y vio al empleado abrir la puerta de la cabina y descolgar el teléfono con expresión perpleja.

– ¡No! -gritó Duncan-. ¡No cuelgue!

Veía al hombre mirar el teléfono con cara de asombro.

– ¡Estoy aquí, maldita sea! Estoy aquí -gritó mientras seguía corriendo y agitando los brazos con desesperación.

El hombre se giró y miró a Duncan.

– ¡Eh! -dijo-. ¿Es usted Duncan?

– Sí.

– Pues tiene una llamada.

Duncan agarró el auricular.

– ¡Sí! ¡Sí! Estoy aquí -cerró la puerta de la cabina ante la mirada aún perpleja del empleado que, tras encogerse de hombros, se alejó.

– ¡Bien hecho, Duncan! No pensaba que esta vez lo conseguirías -hablaba con entusiasmo fingido-. En serio.

– ¡Dijiste el Seven Eleven!

– Tienes que ser un poco más flexible.

– ¡Dijiste allí y allí es donde fui!

– Duncan, Duncan, tranquilízate. Sólo quería saber si estabas dispuesto a jugar este juego -soltó una carcajada-. Llamé al otro teléfono durante un par de minutos, para comprobar si descubrías el juego.

Duncan respiró hondo tratando de serenarse, pero se dio cuenta de que era inútil. Tan sólo logró evitar que la voz le temblara.

– ¿Qué toca ahora? -preguntó.

– Más instrucciones. Sólo te las daré una vez, ¿de acuerdo?

– No… sí. Adelante.

– ¿Preparado?

Duncan volvió a respirar hondo.

– Sí.

Toma tu brújula y conduce cinco kilómetros en dirección norte y nueve al este. En la bifurcación, dos kilómetros al noreste, después detén el coche. Al oeste verás un prado: camina hasta que veas una marca. Después espera para las siguientes instrucciones. ¿Lo tienes?

– Repítemelas, por favor, Olivia.

– Duncan, Duncan, estoy tratando de ser justa pero me da la impresión de que no aprecias mis esfuerzos. -Rio cruelmente.- De acuerdo, te las repetiré: cinco kilómetros al norte, nueve al este y dos al noreste. Vamos, Duncan, ponte en marcha.

Colgó el teléfono y se volvió hacia Bill y Ramón:

– Igualito que un pulpo en un garaje; está perdido, desorientado, aterrorizado y sumiso, casi diría que hasta maduro. -Sonrió.- Misión cumplida, vámonos.

Los dos hombres estaban demasiado nerviosos como para hacer otra cosa que sonreír. Son débiles, pensó Olivia, y por un momento sintió asco. En cuanto huelen dinero se les sube a la cabeza, y eso es malo. Pero todavía los necesito, pensó. No mucho más, pero sí un poco. Salió a paso rápido del centro comercial seguida por los dos, que tenían que esforzarse por alcanzarla.

***

Duncan volvió a colocarse al volante y puso el cuentakilómetros en cero. Luego se pasó las manos por la cabeza, como para ahuyentar el mareo que sentía, la sensación de estar atrapado en un torbellino. El corazón le latía desbocado. Trató de calmarse y se repitió interiormente las instrucciones de Olivia como si fueran un mantra diabólico y sacó la brújula. La aguja bailó unos segundos y después se detuvo, y Duncan vio que podía ir hacia el norte por una carretera secundaria. Arrancó el motor, tomó aire con los dientes apretados por el frío y la tensión, y se puso en camino.

Enseguida estuvo de nuevo rodeado de campo. Condujo despacio mirando las casas de estilo colonial a ambos lados de la carretera. Todas eran de madera blanca erosionada por el tiempo y el clima, y los graneros daban la impresión de estar encorvados por el paso del tiempo y el peso de las labores. La tierra era de color marrón y los árboles parecían ennegrecidos, con sus ramas desnudas recortándose contra la última luz del atardecer. De pronto el mundo entero parecía un lugar primitivo y hostil. La carretera se hizo de grava y el coche empezó a derrapar en la superficie resbaladiza. Atravesaba prados y colinas desolados en los que sólo había alguna granja aislada.

Le fue fácil encontrar el primer sitio donde debía girar y prosiguió su camino, pendiente del cuentakilómetros. Encontró la bifurcación, comprobó la brújula y giró en dirección noreste. De pronto se sentía excitado y por un instante pensó que estaba a punto de ver a su hijo. Entonces decidió que era mejor no hacerse ilusiones y miró de nuevo el cuentakilómetros. Ya estaba llegando.

Detuvo el coche.

Apenas quedaba luz diurna y el suelo se cernía amenazador y cada vez más negro. Salió del coche e inspeccionó el prado que se extendía ante él. Había un seto y un pequeño y viejo muro de piedra que le llegaba hasta la cadera. Detrás, a menos de un kilómetro de distancia, empezaba el bosque. El prado se extendía como un manto de agua hasta la primera línea de árboles. Duncan se subió al murete de piedra e intentó divisar alguna marca.

Se esforzaba por mantener la mente despejada y concentrarse sólo en el maletín con el dinero y en su hijo. Caminó por el prado hundiéndose en el barro hasta los tobillos, pero sacó una pierna y continuó chapoteando en aquel terreno resbaladizo, notando como se le empapaban lentamente las zapatillas, después las medias y por último los pies. Había hielo en el prado y Duncan lo oía crujir a cada pisada.

Tropezó y se le cayó el maletín, pero se levantó y continuó avanzando.

¿Qué estoy buscando?, se preguntaba con los ojos abiertos de par en par y tratando de encontrar algún tipo de señal. Casi no había luz y con la oscuridad crecía también su desesperación.

Se volvió y miró hacia la carretera; se dio cuenta de que había recorrido ya la mitad del prado. Tiene que estar aquí, pensó mientras notaba que el frío de la noche lo inundaba por completo.

– ¿Dónde está? -preguntó en voz alta-. ¿Dónde?

Avanzó veinte metros más y entonces distinguió una estaca de madera con una raya naranja fluorescente pintada clavada en el suelo. Eso es, pensó, y echó a correr hacia ella.

Poco después se detuvo en seco. Miró la estaca y vio que no tenía ninguna señal, ningún mensaje escrito, nada que indicara que no era más que una estaca plantada en mitad de un prado. Se sintió confuso y consternado. Después respiró hondo. Los pies empapados le producían escalofríos y mientras temblaba sentía que el escaso calor de los rayos del sol desaparecía por completo en el cielo nublado.

Se decía a sí mismo: Me dijo que esperara aquí sus instrucciones. De acuerdo, Olivia, instrúyeme.

Lo rodeaba un gran silencio. Se inclinó hacia la estaca respirando despacio. ¿Qué me pasa?, se preguntó, pero era incapaz de controlar la oleada de malestar que lo invadía. Soy fuerte y estoy preparado, se decía, pero las palabras no lo consolaban. Las tinieblas que poco a poco lo envolvían lo hacían sentirse aun más aterrado y sus esperanzas se esfumaban. Apretó el maletín contra su pecho en un gesto infantil y se meció atrás y adelante tratando de entrar en calor y de imaginar qué podría haber pasado, qué pasaba y qué se suponía que tenía que hacer él. La cabeza se le llenó de imágenes de su hijo y el dolor se le hizo insoportable. Entonces rompió en sollozos, pero permaneció junto a la estaca al darse cuenta de que no tenía un plan alternativo, de que no sabía qué otra cosa podía hacer.

***

A poco más de cien metros de allí, oculta entre los árboles, Olivia observaba por sus prismáticos, llena de satisfacción y se estremecía, pero no de frío.

Bien, bien, Duncan. ¿Cuánto tiempo piensas esperar ahí parado, en mitad de ninguna parte? ¿Sólo unos minutos? ¿Cuánta paciencia te queda todavía? ¿Podrás aguantar el frío y el dolor tú solito? ¿Cuánto tiempo, Duncan? ¿Dieciocho años?, susurraba. Dieciocho años.

Siguió mirando y esperando.

Pasada una hora, Duncan se dio cuenta de que Olivia no iba a venir, pero se sentía incapaz de moverse. Esperó otra hora más hasta que tuvo los pies completamente entumecidos y sintió miedo de no ser capaz de encontrar el camino de vuelta al coche en aquella oscuridad espesa como la tinta.

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