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Ender el Xenocida [Xenocide - es]

Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:

Lusitania es único en la galaxia. Un planeta donde coexisten tres especies inteligentes: los cerdis, que evolucionaron en el mismo planeta; los humanos que llegaron como colonizadores; y la reina colmena y sus insectores, llevados por el joven Ender unos años atrás. El planeta ha sido condenado por el Consejo Estelar a causa de la descolada, el virus letal para los humanos e imprescindible para la biología de los cerdis. Jane, la inteligencia artificial aliada de Ender y nacida del nexo de ansibles que comunican la galaxia, ha salvado Lusitania interfiriendo con la Flota Estelar y creando un insondable misterio a escala galáctica. En el planeta Sendero, con una cultura derivada de la antigua China, la niña Qing-jao tiene el encargo de descubrir la causa de la desaparición de la flota estelar. Su prodigiosa inteligencia le ha de permitir lograrlo, y ello pone en peligro la existencia de Jane y la supervivencia de las tres especies inteligentes conocidas. La intervención de Ender se hace de nuevo imprescindible.

Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
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—¡Han Fei-tzu! —susurró su padre—. ¡Mi antepasado del corazón!

Entonces Qing-jao recordó: el rostro que aparecía sobre la pan-talla era el mismo que aparecía en las descripciones artísticas del antiguo Han Fei-tzu.

—Hijo de mi nombre —llamó la cara del ordenador—, déjame que te cuente la historia del jade del Maestro Ho.

—Conozco la historia.

—Si la comprendieras, no tendría que contártela.

Qing-jao intentó encontrar sentido a lo que veía. Mostrar un programa visual con detalles tan perfectos como el de la cabeza que flotaba sobre el terminal requeriría la mayor parte de la capacidad del ordenador de la casa… y no había ningún programa de estas características en la biblioteca. Se le ocurrieron otras dos fuentes. Una era milagrosa: los dioses habían encontrado un medio para hablarles, haciendo que el antepasado-del-corazón de su padre se le apareciera. La otra era menos asombrosa: el programa secreto de Demóstenes debía de ser tan poderoso que había observado su conversación ante el terminal y, tras haberlos oído llegar a una peligrosa conclusión, se apoderó del ordenador doméstico y produjo esta aparición. No obstante, en cualquier caso, Qing-jao sabía que debía escuchar con una pregunta en mente:

¿Qué pretenden los dioses con esto?

—Una vez, un hombre de Qu llamado Maestro Ho encontró un trozo de matriz de jade en las montañas de Qu y lo llevó a la corte para presentarlo al rey Li.

La cabeza del antiguo Han Fei-tzu miraba de su padre a Qing-jao, y de Qing-jao a Wang-mu. ¿Tan capaz era este programa que sabía cómo entablar contacto visual con cada uno de ellos para asegurar su poder? Qing-jao vio que Wang-mu bajaba la mirada cuando tenía encima los ojos de la aparición. ¿Pero lo hacía también su padre? Estaba de espaldas a ella: no podía decirlo.

—El rey Li ordenó al joyero que lo examinara, y el joyero informó: «Es sólo una piedra». El rey, al suponer que Ho intentaba engañarlo, ordenó que en castigo le cortaran el pie izquierdo.

»Con el tiempo, el rey Li murió y subió al trono el rey Wu, y Ho cogió una vez más su matriz y la presentó al rey Wu. El rey ordenó que su joyero la examinara, y de nuevo el joyero informó: "Es sólo una piedra". El rey, al suponer que Ho intentaba engañarlo, ordenó que en castigo le cortaran el pie derecho.

»Ho, agarrando la matriz contra su pecho, fue al pie de las montañas de Qu, donde lloró durante tres días y tres noches, y cuando se quedó sin lágrimas, lloró sangre. El rey, al oírlo, envió a uno de sus hombres a interrogarlo: "Mucha gente tiene amputados los pies, ¿por qué lloras tan amargamente por eso?", preguntó el hombre.

En este punto, su padre se enderezó y dijo:

—Conozco su respuesta, la conozco de memoria. El Maestro Ho dijo: «No lloro porque me hayan cortado los pies. Lloro porque consideran una simple piedra a una joya preciosa, y un hombre íntegro es tratado como un estafador. Por eso lloro».

—Ésas son las palabras que dijo —continuó la aparición—. Entonces el rey ordenó al joyero que cortara y puliera la matriz, y cuando terminó de hacerlo emergió una joya preciosa. Y fue llamada «El Jade del Maestro Ho». Han Fei-tzu, has sido un buen hijo-del-corazón, así que sé que harás lo que el rey hizo al finaclass="underline" harás que se corte y se pula la matriz, y también tú encontrarás una joya preciosa en el interior.

El hombre sacudió la cabeza.

—Cuando el verdadero Han Fei-tzu contó esta historia por primera vez, la interpretó para que significara lo siguiente: el jade era la regla de la ley, y el gobernante debe hacer y seguir una política establecida para que sus ministros y su pueblo no se odien entre sí ni se aprovechen unos de otros.

—Es así como interpreté la historia entonces, cuando hablaba de quienes hacen la ley. Es tonto quien piensa que una historia verdadera puede significar sólo una cosa.

—¡Mi señor no es tonto! —Para sorpresa de Qing-jao, Wang-mu avanzaba hacia la aparición—. ¡Ni lo es mi señora, ni lo soy yo! ¿Crees que no te reconocemos? Eres el programa secreto de Demóstenes. ¡Eres el que escondió a la Flota Lusitania! ¡Una vez pensé que porque tus escritos parecían tan justos y sinceros y buenos y ciertos tú debías de ser bueno, pero ahora veo que eres un mentiroso y un estafador! ¡Tú eres quien dio esos documentos al padre de Keikoa! ¡Y ahora llevas el rostro del antepasado de mi amo para poder mentirle mejor!

—Llevo este rostro —replicó la aparición tranquilamente—, para que su corazón se abra para escuchar la verdad. No lo he engañado; no intentaría hacerlo. Él supo quién era desde el principio.

—Tranquilízate, Wang-mu —dijo Qing-jao.

¿Cómo podía una criada olvidar su posición y hablar cuando un agraciado no le había dado la palabra?

Avergonzada, Wang-mu inclinó la cabeza hasta el suelo ante Qing-jao, y esta vez Qing-jao la dejó quedarse en esa postura, para que no volviera a olvidarlo.

La aparición cambió de forma y se convirtió en la cara hermosa de una mujer polinesia. También la voz cambió: suave, llena de vocales, las consonantes tan ligeras que casi parecían perdidas.

—Han Fei-tzu, mi dulce hombre vacío, hay una época, cuando el gobernante está solo y sin amigos, en que únicamente él puede actuar. Entonces debe ser sincero y darse a conocer. Sabes lo que es cierto y lo que no lo es. Sabes que el mensaje de Keikoa era verdaderamente suyo. Sabes que quienes gobiernan en nombre del Congreso Estelar son lo bastante crueles para crear una raza de personas que, gracias a sus dones, sean gobernantes, y luego les cortan los pies para humillarlos y convertirlos en sirvientes, como ministros perpetuos.

—No me muestres su cara —pidió Han Fei-tzu.

La aparición cambió. Se convirtió en otra mujer, una mujer de una época antigua, según su vestido, su pelo y su maquillaje, los ojos maravillosamente sabios, la expresión sin edad. No habló. Cantó:

en un sueño claro del último año vinieron de mil millas ciudad nublada arroyos serpenteantes hielo en los estanques durante un instante vi a mi amiga

Han Fei-tzu inclinó la cabeza y lloró.

Qing-jao se sorprendió al principio; luego su corazón se llenó de furia. Qué desvergonzadamente manipulaba este programa a su padre; qué doloroso era que resultara tan débil ante sus obvias tretas. Esta canción de Li Qing-jao era una de las más tristes y trataba de amantes separados. Su padre debió de conocer y amar los poemas de Li Qing-jao o no la habría elegido para ser la antepasada-del-corazón de su primera hija. Seguramente esta canción era una que cantó a su amada Keikoa antes de que se la arrebataran. «¡En claro sueño vi a mi amiga, ciertamente!»

—No me engañas —espetó Qing-jao fríamente—. Sé que estoy ante nuestro peor enemigo.

La cara imaginaria de la poetisa Li Qing-jao la observó con frialdad.

—Tu peor enemigo es el que te hace tirarte al suelo como una criada para que malgastes la mitad de tu vida en rituales sin sentido. Esto que os sucede es por culpa de hombres y de mujeres cuyo único deseo es esclavizaros. Han tenido tanto éxito que os sentís orgullosos de vuestra esclavitud.

—Soy esclava de los dioses. Y me alegro de ello.

—Una esclava que se alegra es una esclava de todas formas.

La aparición se volvió a mirar a Wang-mu, cuya cabeza estaba aún apoyada en el suelo.

Sólo entonces se dio cuenta Qing-jao que todavía no había aceptado las disculpas de Wang-mu.

—Levántate, Wang-mu —susurró.

Pero Wang-mu no alzó la cabeza.

—Tú, Si Wang-mu —llamó la aparición—. Mírame.

Wang-mu no se había movido en respuesta a Qing-jao, pero obedeció a la aparición. Cuando Wang-mu miró, la aparición volvió a cambiar. Ahora tenía la cara de una diosa, la Real Madre del Oeste tal como la había imaginado un artista cuando pintó el cuadro que todos los escolares veían en sus primeros libros de lectura.

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