Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
Clavó la barbilla en el pecho, al sentir que la verdad caía como un martillo sobre su débil conciencia. ¡Lo que había dirigido todo este asunto, desde el principio hasta el final, había sido el orgullo y no un refinado conjunto de escrúpulos! Golpeó el escritorio con el puño, se levantó y comenzó a pasearse agitadamente por el estudio. ¿Qué había dicho o hecho en la vida que no hubiese sido dictado por el orgullo, o cuyos motivos no se pudieran rastrear hasta ese sentimiento? Dio media vuelta y fijó la mirada en el retrato de Georgiana. Avanzó lentamente hacia la hermosa imagen de su hermana y se detuvo ante el cuadro, para examinarlo bajo una nueva perspectiva. Sí, de manera involuntaria, su hermana le había dado la clave aquella mañana en que le había preguntado por su propio retrato. Georgiana había expresado la incomodidad que le causaba la mentira que, según ella, mostraba su retrato. Le pedí a Dios que algún día pudiera llegar a ser el hombre que aparecía en el cuadro, le había respondido Darcy, mientras su fracaso a los ojos de Elizabeth había desgarrado como una cuchilla afilada su progreso hacia ese objetivo.
Ese día, Darcy había admitido para sus adentros, con un poco de dolor, que todavía no era el hombre del cuadro; pero ahora, cuando volvía a pensar en ese retrato, la acusación de Elizabeth lo golpeó con renovada intensidad. Si se hubiera comportado de modo más caballeroso… Hirviendo de ira y autocompasión desde el día en que Elizabeth le dijo esas palabras, Darcy se había refugiado en la irascibilidad; sin embargo, no había sido capaz de obligarse a maldecir el recuerdo de Elizabeth por la sencilla razón de que, con esas palabras, ella le había exigido ser como el hombre representado en el retrato. Horrorizado, Darcy se daba cuenta ahora de que su fracaso a ese respecto no había sido solamente una cuestión de rango, o estaba relacionado con algunos aspectos concretos y aislados, o únicamente vinculado a Elizabeth, sino que tenía que ver con cosas esenciales, que llegaban hasta el corazón mismo de la persona que creía ser.
Con apabullante certeza, Darcy se dio cuenta de que, desde el comienzo mismo, todo el esfuerzo por llegar a su objetivo había estado plagado de errores que habían distorsionado y perturbado todo lo sucedido posteriormente. El orgullo no era un defecto, le había dicho a Elizabeth con arrogancia, cuando estaba bajo el dominio de una inteligencia superior. ¡Por Dios, qué petulancia! Pero eso lo explicaba todo: su aislamiento de los demás, la reputación que tenía entre la sociedad, su sofocante odio por Wickham, su atracción por Sylvanie, su intromisión en la felicidad de Bingley y, lo peor, la lucha que había tenido que librar contra sus propios deseos y el amor que sentía por una extraordinaria mujer de un nivel social inferior. Era una verdad tan penetrante que amenazó con abrumarlo. ¿Así que aborrecía el engaño? Pues, en realidad, era un maestro del engaño, ¡porque había logrado engañarse a sí mismo totalmente!
Tras diez minutos de reproches difíciles y humillantes dirigidos contra sí mismo, Darcy se dirigió al saloncito de Erewile House y encontró a su hermana cómodamente recostada en un diván, sumergida en un libro. Los restos del té reposaban sobre una mesita auxiliar que tenía ante ella. Al oír sus pasos, Georgiana levantó la vista y su rostro se le iluminó de alivio al ver que por fin había aparecido.
– ¡Fitzwilliam! -exclamó. Todavía un poco insegura, moderó su expresión y se disculpó-: Lo siento, llegas tarde ya al té; seguramente ya está frío. ¿Quieres que pida más?
– No, gracias, Witcher va a traer café. -Darcy le sonrió y, tras retirarle los pies del diván, se sentó junto a ella-. Pero antes hay algo que quiero decir.
– ¿Sí, hermano? -Georgiana se sentó muy recta, adoptando una expresión de solemnidad.
– Mi niña… -Darcy tomó sus manos y se las llevó al pecho con una mano, mientras que con la otra le acariciaba la barbilla-. No me he portado como debería hacerlo un hermano mayor y, por ello, te he hecho sufrir y te he negado lo que te corresponde. -Respiró trabajosamente-. No puedo revelarte todo lo que ha ocasionado mi mal comportamiento, porque eso involucra a otras personas; pero te diré lo que debes saber. -Darcy inclinó la cabeza y apretó las manos de su hermana-. He venido a suplicar tu perdón, Georgiana, y debo implorarte que me perdones porque no he hecho nada para merecer tanta clemencia.
En ese momento, una lágrima furtiva se deslizó por las mejillas de Georgiana, yendo a caer en la mano de Darcy.
– Querido hermano. -Georgiana soltó un pequeño suspiro-. ¡Te perdono voluntariamente y con todo mi corazón!
– ¿Así de rápido? -Darcy se mordió el labio y miró las brillantes trenzas de su hermana-. ¿No me impondrás ninguna penitencia?
– Ninguna proeza ni ninguna penitencia -respondió Georgiana, sacudiendo la cabeza-. La clemencia no necesita esas cosas. -Sonrió con júbilo-. Preferiría contarte una historia. ¿Querrías oírla?
– La oiré con atención, preciosa. -Un golpe en la puerta indicó que su café había llegado. Después de que Georgiana le sirviera una taza de café y él tomara el primer alimento sólido del día, se sentó en el diván, tan cómodamente como pudo-. Ahora, tu historia -dijo-, pero luego te ruego que me permitas explicarte algo acerca de mi reciente conducta y de lo que viste anoche. ¿Te parece bien?
– Sí, perfecto. -Georgiana asintió y metió la mano entre el brazo de Darcy. Luego aceptó la invitación de su hermano de apoyar la cabeza contra su hombro y tomó aire-. Había una vez una jovencita tonta que, de no ser por la misericordia de Dios, casi arruina a su familia y a su amado hermano mayor, al haberse dejado convencer por un hombre malvado…
Habría sido imposible contar la cantidad de veces que Darcy se indignó y luego se quedó estupefacto durante el relato de Georgiana. La traición de Wickham, la manera insidiosa y sin escrúpulos en que había seducido a la hija de su generoso benefactor, la inocente hermana de Darcy, avivaron las llamas de la furia que había estado latente en su pecho durante casi un año. Mientras Georgiana hablaba de sus encuentros bajo la mirada complaciente de su dama de compañía, la señora Younge, él sentía que la rabia y la culpa amenazaban con asfixiarlo. Sabía que lo que dijera e hiciera una vez que ella terminara sería muy importante. Si algo había aprendido en las últimas semanas, era que ya no podía confiar ciegamente en su capacidad de manejar las relaciones personales de forma adecuada. Pero cuando su hermana le relató cómo había sucumbido a la petición de aquel sinvergüenza de fugarse juntos, el sentimiento de culpa de Georgiana lo hicieron hablar.
– ¡No, Georgiana! ¡Mi niña querida! -protestó Darcy, abrazándola-. ¿Qué posibilidades tenías tú frente a él? -Acarició los rizos que caían sobre su hombro-. ¡Tú has sido demasiado generosa conmigo, porque todo el mundo puede ver que yo tuve la culpa! Tú no tenías posibilidad de defenderte, porque yo no estaba contigo para protegerte ni tengo ninguna razón válida para justificar mi ausencia. ¡Yo mismo tenía que haberte acompañado a Ramsgate o a donde quisieras ir! -Darcy soltó a su hermana, se levantó y caminó ciegamente hacia la chimenea. Apoyó la cabeza contra el frío mármol y respiró hondo-. Fui negligente contigo. No me ocupé de ti. ¿Y por qué? ¡Por nada! Nada que se pueda comparar con tu bienestar. ¡Dios y tú me tenéis que perdonar!
– No, Fitzwilliam. -La protesta de Georgiana vibró delicadamente en el aire-. Yo tenía todo lo que necesitaba para defenderme de los halagos de Wickham. ¡Concédeme por lo menos la sensatez de saber qué era lo correcto y conocer mis deberes para con mi familia! -Se levantó, se acercó a su hermano y le puso una mano en la espalda-. Lo que me hacía falta era carácter para rechazar sus propuestas. Él se aprovechó de mi simpatía y mis sueños románticos, sí, pero también estimuló mi vanidad y alimentó mi descontento con innumerables insinuaciones intencionadas. -Darcy negó con la cabeza y dio media vuelta-. Hermano, siempre me han animado a tener una opinión excelente de mí misma. Al no tener que demostrar la entereza de mi carácter, gracias a la protección de la riqueza y la posición social, yo no sabía realmente cuánto valía. Desde entonces he aprendido que en esas cosas más importantes soy pobre y débil y tengo muchas carencias. Era la lección más importante que tenía que aprender en la vida. Así que ya ves, Fitzwilliam. -Georgiana lo agarró del brazo-. No puedes echarte toda la culpa. Pero en aquello relacionado con la parte de culpa que te corresponde, querido hermano, te perdono con todo mi corazón.