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El retorno de los dragones

Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:

Son amigos de toda la vida que siguieron caminos distintos. Ahora vuelven a reunirse, aunque cada uno oculta a los demás algún secreto particular. Hablan de un mundo sobre el que se cierne la sombra de la guerra, cuentan historias de extraños monstruos, de criaturas míticas forjadas en la leyenda, pero no dicen nada de sus secretos. Al menos, no por el momento. No los revelarán hasta ques se encuentren con una misteriosa y enigmática mujer, que porta una vara mágica. Ella hará que el grupo de amigos se vea inmerso en las sombras, y que sus vidas cambien para siempre, al tiempo que forjan el destino del mundo. Nadie esperaba que fueran unos héroes.
Y ellos, menos que nadie.
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El dragón continuó hablándoles:

—Ya os he dicho que no quiero luchar contra ninguno de vosotros. Cómo habéis conseguido escapar a mi ira hasta ahora, no lo sé, pero el hecho es que estáis aquí y me habéis traído aquello que fue robado. Sí, señora de Que-shu, veo que sostienes la Vara de Cristal Azul. Entrégamela.

Tanis le susurró una palabra a Goldmoon.

—¡Detente! —pero al ver su frío rostro de mármol, dudó que Goldmoon le hubiese oído e incluso que hubiese oído al dragón. Por lo que parecía, se hallaba escuchando otras palabras, otras voces.

—Obedéceme —el dragón ladeó amenazadoramente la cabeza—. Obedéceme o el mago morirá. Y tras él, el caballero y luego el semielfo. Y así, hasta el final, hasta que tú, señora de Que-shu, seas la última sobreviviente. Entonces, me entregarás la Vara y me rogarás que me apiade de ti.

Goldmoon bajó sumisamente la cabeza. Apartando suavemente a Riverwind, se volvió hacia Tanis y le abrazó cariñosamente.

—Adiós, amigo mío —le dijo en voz alta besándole en las mejillas. Luego su voz se convirtió en un susurro —. Sé lo que debo hacer. Voy a llevarle la Vara al dragón y...

—¡No! —exclamó Tanis —. ¡No lo hagas! Su intención es matarnos de todas formas.

—¡Escúchame! —Las uñas de Goldmoon se clavaron en el brazo del semielfo— Quédate con Riverwind, Tanis. No le permitas detenerme.

—¿Y si intentase detenerte yo? —le preguntó Tanis abrazándola.

—No lo harás —le respondió con una sonrisa dulce y melancólica—. Como el Señor del Bosque dijo, tú sabes que cada uno de nosotros tiene un destino que cumplir. Riverwind te necesitará. Adiós, amigo mío.

Goldmoon dio un paso para atrás mirando a Riverwind con sus claros ojos azules, intentando memorizar sus rasgos para poder conservarlos con ella durante toda la eternidad. El era consciente de que la mujer se estaba despidiendo y adelantó un paso hacia ella.

—Riverwind, confía en ella —le dijo Tanis en voz baja—. Durante todos estos años ella ha confiado en ti, te esperó mientras tú luchabas. Ahora el que debe esperar eres tú, ésta es su batalla.

Riverwind se estremeció y se quedó quieto. Tanis vio que las venas del cuello se le hinchaban y que se le tensaban los músculos de las mandíbulas. El semielfo apretó el brazo del bárbaro pero éste ni siquiera le miró, ya que sus ojos estaban fijos en Goldmoon.

—¿Qué significa este retraso? —preguntó el dragón—. Me estoy empezando a aburrir, ven aquí inmediatamente.

Goldmoon, volviéndose, pasó ante Flint y Tasslehoff. El enano la saludó con la cabeza y Tas la contempló solemnemente. Para el kender, la situación no era tan excitante como había imaginado. Por primera vez en su vida, se sentía pequeño, impotente y solo. Era una sensación horrible, desgarradora, y pensó que seguramente prefería la muerte.

Goldmoon se detuvo junto a Caramon, y posó su mano sobre el brazo del guerrero.

—No te preocupes, se salvará —dijo mirando a Raistlin. Caramon se atragantó y asintió. Entonces Goldmoon se acercó a Sturm y, de pronto, como si se sintiese abrumada por el terror que el dragón le inspiraba, resbaló. El la sostuvo.

—Ven conmigo, Sturm —le susurró Goldmoon cuando el caballero la rodeó con el brazo para sostenerla—. Debes hacer lo que te ordene, suceda lo que suceda. Júralo por tu honor de Caballero de Solamnia.

Sturm dudó; los ojos claros y serenos de Goldmoon se encontraron con los suyos.

—Júralo —le ordenó—, o iré yo sola.

—Lo juro, Señora —le contestó respetuosamente—. Os obedeceré.

Goldmoon suspiró con agradecimiento.

—Camina junto a mí y no hagas ningún gesto que parezca amenazador.

La mujer bárbara y el caballero caminaron hacia el dragón.

Raistlin se hallaba tendido bajo las garras del dragón con los ojos cerrados, preparándose para el que había de ser su último encantamiento, pero no conseguía concentrarse para encontrar las palabras adecuadas. Intentó recobrar el control.

«Me estoy destruyendo a mí mismo, y... ¿con qué fin?», se preguntaba Raistlin con amargura. «Para salvar a estos locos del peligro en el que ellos mismos se han metido. A pesar de que me temen y me desprecian, no atacarán al dragón por miedo a dañarme, lo cual no tiene ningún sentido, como tampoco lo tiene mi sacrificio. ¿Por qué morir por ellos cuando en realidad el que más merece vivir soy yo?»

«No es por ellos por lo que haces esto», le contestó una voz en su interior. Raistlin, intentando concentrarse, se esforzó por captar aquella voz. Era una voz real, conocida, pero no podía recordar de quién era o dónde la había oído. Todo lo que sabía es que le hablaba en momentos de gran angustia; cuanto más cerca de la muerte se hallaba, más potente era la voz.

«No es por ellos por lo que haces este sacrificio», repitió la voz. «¡Es porque no puedes afrontar la derrota! A ti nada te ha derrotado nunca, ni la mismísima muerte...».

Raistlin respiró profundamente y se relajó. No entendía todas las palabras, ni conseguía localizar la voz, pero ahora su mente recordaba con facilidad el hechizo. —Astol arakhkh um... —murmuró sintiendo que la magia recorría su frágil cuerpo. En aquel momento, otra voz quebró su concentración, pero ahora era la voz de un ser vivo la que llegaba a su conciencia. Abrió los ojos y se volvió lentamente hacia donde estaban sus compañeros.

Era la voz de Goldmoon. Raistlin la miró mientras caminaba, en dirección a él, del brazo de Sturm. Sus palabras habían llegado a la mente del mago. Miró a la mujer fríamente, desapasionadamente. Su visión distorsionada le había hecho perder el deseo físico por las mujeres, por tanto él no apreciaba la belleza que tanto cautivaba a Tanis o a su hermano. Sus ojos de relojes de arena la veían consumiéndose, muriendo. No tuvo compasión de ella. Sabía que ella sí la tenía de él —y la odiaba por ello—, pero además la mujer le temía, entonces ¿por qué le dirigía la palabra?

Goldmoon le estaba diciendo que esperase.

Raistlin comprendió. Goldmoon sabía lo que el mago pretendía y le estaba diciendo que no era necesario. Había sido elegida y era ella quien iba a realizar el sacrificio.

Mientras se acercaba mirando fijamente al dragón, el mago la observó con sus extraños ojos dorados. Sturm caminaba solemnemente a su lado, con un aspecto tan digno y noble como el del mismísimo Huma. El caballero era el compañero ideal para el sacrificio de Goldmoon. Pero, ¿por qué Riverwind no la había detenido? ¿Es que no podía imaginarse lo que iba a suceder? Raistlin lanzó una rápida mirada hacia el bárbaro. ¡Ah, por supuesto! El semielfo estaba a su lado con expresión apenada y preocupada, sin duda murmurando sabias palabras. El bárbaro se estaba convirtiendo en un ser tan incauto como Caramon. Raistlin miró a Goldmoon de nuevo.

Había llegado frente al dragón y le miraba con expresión pálida pero firme. A su lado, Sturm aparecía solemne y torturado, corroído por sus conflictos internos. Probablemente Goldmoon le había pedido un voto de obediencia que el caballero debía cumplir para no faltar a su honor. Los labios de Raistlin se torcieron en una despreciativa mueca.

El dragón habló y el mago tensó sus músculos, dispuesto a entrar en acción.

—Deja la Vara al lado de estas pruebas de la necedad humana —le ordenó el dragón inclinando su brillante y escamosa cabeza hacia el montón de tesoros esparcidos al pie del altar.

Goldmoon, aterrorizada, no se movió. Temblando, contemplaba fijamente a la monstruosa criatura. A su lado, Sturm, recorría el tesoro con los ojos, intentando localizar los Discos de Mishakal y luchando por controlar el temor que el dragón le inspiraba.

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