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El retorno de los dragones

Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:

Son amigos de toda la vida que siguieron caminos distintos. Ahora vuelven a reunirse, aunque cada uno oculta a los demás algún secreto particular. Hablan de un mundo sobre el que se cierne la sombra de la guerra, cuentan historias de extraños monstruos, de criaturas míticas forjadas en la leyenda, pero no dicen nada de sus secretos. Al menos, no por el momento. No los revelarán hasta ques se encuentren con una misteriosa y enigmática mujer, que porta una vara mágica. Ella hará que el grupo de amigos se vea inmerso en las sombras, y que sus vidas cambien para siempre, al tiempo que forjan el destino del mundo. Nadie esperaba que fueran unos héroes.
Y ellos, menos que nadie.
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—¡Apagad las antorchas! —siseó Tanis hundiendo la suya en el agua. Tanteando la lodosa pared, siguió al kender. El contorno rojizo de éste, que Tanis podía distinguir claramente con sus ojos de elfo, le servía de guía. El semielfo oía a Flint refunfuñar sobre los efectos del agua en su reumatismo.

—¡Shhhhhh...! —susurró Tanis cuando se acercaron a la luz, intentando mantener el silencio a pesar del sonido producido por sus pies al andar por el agua. Pronto llegaron a una escalera que subía hasta una reja de hierro.

—La gente nunca se molesta en cerrar las rejillas del suelo, pero aunque ésta lo estuviese, estoy seguro de poder abrirla —susurró Tasslehoff al oído de Tanis.

El semielfo asintió, sin comentar que Bupu también había sido capaz de abrirla. Para el kender el arte de abrir cerraduras era una cuestión de orgullo, tan importante como para Sturm lo eran sus bigotes. Con el agua hasta las rodillas, todos observaron cómo el kender trepaba por la escalera y examinaba el enrejado.

—Ahí arriba aún no se oye nada —musitó Sturm.

—¡Shhhh! —le respondió secamente Caramon.

La verja tenía una cerradura muy sencilla que el kender abrió en un momento. Levantándola, se asomó. Le envolvió una repentina oscuridad, tan espesa e impenetrable que se sobresaltó y casi soltó la verja de golpe. Rápidamente, sin hacer ruido, colocó el enrejado en su lugar y se deslizó por la escalera tropezando con Tanis.

—¿Tasslehoff? —Tanis lo sujetó—. ¿Eres tú? No puedo ver nada. ¿Qué sucede?

—No lo sé. Está todo muy oscuro.

—¿Quieres decir que no puedes ver? —le preguntó Sturm a Tanis —. ¿Qué pasa con tu vista de elfo?

—La he perdido —dijo Tanis secamente—, como en el Bosque Oscuro, o allí afuera, en el pozo....

Todos se acurrucaron en el túnel y se quedaron callados. No oían nada, tan sólo el sonido de su propia respiración y del agua que caía por las paredes. Pero el dragón estaba ahí arriba, esperándolos.

21

El sacrificio. La ciudad que murió dos veces.

Para Tanis, la desesperación era aún más cegadora que la oscuridad. El plan era mío, era la única oportunidad que teníamos de salir vivos de aquí, pensó. Estaba bien organizado, ¡debería haber funcionando! ¿Qué era lo que había ido mal? ¿Los habría traicionado Raistlin...? ¡No! Tanis apretó los puños. No, maldita sea. El mago era frío, desagradable, difícil de comprender, pues Tanis hubiera jurado que les era leal. ¿Dónde estaría? Quizás muerto. Tampoco es que importara mucho, pues pronto todos morirían.

—Tanis —el semielfo, notó que alguien le agarraba fuertemente el brazo y reconoció la voz grave de Sturm—. Sé lo que estás pensando, no podemos quedarnos aquí. Se nos acaba el tiempo y es nuestra única oportunidad de conseguir los Discos.

—Voy a mirar—dijo Tanis, y pasando delante del kender, asomó la cabeza por la verja. Estaba oscuro, mágicamente oscuro. Tanis se llevó la mano a la cabeza e intentó pensar. Sturm tenía razón: el tiempo iba pasando, no obstante, ¿cómo saber si el caballero estaba en lo cierto? ¡Sturm quería luchar contra el dragón! Tanis descendió unos peldaños.

—Subid —dijo. De pronto su único deseo fue que todo aquello terminase para poder regresar a casa, a Solace—. No. Tasslehoff, espera —sujetó al kender e hizo que bajase por la escalera—. Primero los guerreros, Sturm y Caramon. Después los demás.

—¡Siempre somos los últimos! —protestó Tasslehoff mientras empujaba al enano. Flint subió lentamente por la escalera, los huesos de sus rodillas crujieron.

—¡Apresúrate! Espero que no ocurra nada antes de que lleguemos. Nunca he hablado con un dragón.

—¡Apostaría a que el dragón tampoco ha hablado nunca con un kender! Te das cuenta, cabeza hueca, de que seguramente nos matará. Tanis lo sabe, lo noté en el tono de su voz.

Tasslehoff se detuvo mientras Sturm apartaba lentamente la verja.

—Sabes, Flint —dijo el kender con seriedad—, mi gente no le teme a la muerte. De alguna manera, casi la deseamos... la última gran aventura. Pero creo que me apenaría tener que dejar esta vida. Echaría de menos mis cosas —palpó sus bolsas y bolsillos—, mis mapas, a ti, y a Tanis. A menos —añadió esperanzado—, que al morir todos vayamos a parar al mismo lugar.

Flint tuvo una leve visión del feliz y alegre kender tendido en el suelo, muerto, frío. Conmovido se alegró de que Tas no pudiera ver su expresión. Carraspeando, dijo roncamente:

—Si crees que voy a compartir mi próxima vida con un pedazo de kender, es que estás más loco que Raistlin. ¡Vamos!

Cuidadosamente, Sturm levantó la verja y la apartó a un lado, arrastrándola por el suelo y provocando un chirrido que hizo que los dientes le rechinasen. Ascendió con facilidad y luego se volvió, agachándose para ayudar a Caramon, quien, debido a su inmenso volumen y al arsenal de armas que llevaba, que resonaba, además, estrepitosamente, tenía serios problemas para pasar por la abertura.

—¡En nombre de Istar, no hagas ruido! —le susurró Sturm.

—No puedo evitarlo —murmuró Caramon consiguiendo al fin salir del agujero. Sturm le tendió la mano a Goldmoon. El último en salir fue Tas, encantado de que no hubiese sucedido nada excitante en su ausencia.

—Necesitamos una luz —dijo Sturm.

—¿Una luz? —respondió una voz tan gélida y oscura como una noche de invierno—. Está bien, que haya luz.

Al momento, la oscuridad desapareció. Los compañeros vieron que se encontraban en una inmensa cámara abovedada de cientos de pies de altura. A través de una grieta del techo, una luz fría y gris se filtraba en la amplia habitación circular. En el centro había un gran altar, y en el suelo, alrededor de éste, montones de joyas, monedas de oro y otros tesoros pertenecientes a la ciudad muerta. Las joyas no brillaban, el oro no relucía y la pálida luz no iluminaba nada —nada excepto un dragón negro encaramado sobre un pedestal, como una gigantesca ave de rapiña.

—¿Sorprendidos? —preguntó el dragón en tono irónico.

—¡El mago nos ha traicionado! ¿Dónde se ha escondido? ¿Es que está a tu servicio? —gritó Sturm rabioso, desenvainando la espada y dando un paso hacia delante.

—¡Atrás, loco Caballero de Solamnia! Retrocede o vuestro mago no volverá a utilizar su magia —El dragón retorció su inmenso pescuezo y los contempló con sus brillantes ojos rojos. Después, con lentitud y delicadeza, levantó una de sus garras para mostrarles a Raistlin que se hallaba debajo.

—¡Raistlin! ——exclamó Caramon abalanzándose hacia el altar.

—¡Detente loco! —bramó el dragón posando suavemente una de sus puntiagudas garras sobre el abdomen del mago. Raistlin, haciendo un gran esfuerzo, volvió la cabeza y miró a su hermano con sus extraños ojos dorados. Hizo un leve gesto y Caramon se detuvo. Tanis vio que algo se movía en el suelo, bajo el altar. Era Bupu, acurrucada entre los tesoros y tan asustada que no osaba ni parpadear. A su lado estaba el Bastón de Mago de Raistlin.

—Da un paso más y estrujaré con mis garras a este deshecho humano.

El rostro de Caramon enrojeció de ira.

—¡Déjale ir! —le gritó—. Es conmigo con quien debes enfrentarte.

—No pienso enfrentarme a ninguno de vosotros —dijo el dragón batiendo perezosamente sus alas y alzando ligeramente una pata para pinchar a Raistlin con sus garras. La piel metálica del mago, empapada de sudor, relucía brillante. Lanzó un suspiro desgarrador.

—No oses ni parpadear, mago —le dijo el dragón en tono despreciativo—. Hablamos el mismo idioma, ¿recuerdas? Pronuncia una sola palabra y los cadáveres de tus amigos servirán de alimento a los enanos gully.

Raistlin cerró los ojos como si estuviese exhausto, pero Tanis podía ver cómo apretaba y aflojaba los puños, y comprendió que el mago estaba preparando un hechizo final. Seguramente sería el último, pues lo más probable era que el dragón le matara antes de poder formularlo. De todas formas, podía darle a Riverwind la oportunidad de localizar los Discos y salir de allí con Goldmoon. Tanis se dirigió hacia el bárbaro.

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