El retorno de los dragones
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:
Y ellos, menos que nadie.
Antes de entrar, el enano había posado su mano sobre el brazo de Tanis.
—No te dejes embaucar por estos locos, Tanis, estas criaturas pueden ser muy ladinas—le aconsejó.
Cuando los compañeros entraron, el Gran Bulp quedó un poco aturdido, especialmente al ver a los inmensos guerreros. Pero Raistlin hizo un par de comentarios que lo apaciguaron y sosegaron considerablemente.
El mago, entre ataques de tos, le explicó que no querían causar problemas, que sencillamente planeaban recuperar un objeto de valor religioso que se encontraba en el cubil del dragón y que luego se marcharían, preferiblemente sin molestar al monstruo.
Esto, por descontado, no coincidía con los planes de Fudge. Por lo tanto, fingió no haber oído correctamente. Envuelto en ostentosas túnicas, se reclinó en su desconchado trono de doradas hojas y repitió pausadamente:
—Vosotros aquí. Tener espadas. Matar dragón.
—No —dijo Tanis de nuevo——, tal como os ha explicado nuestro amigo Raistlin, el dragón tiene un objeto que pertenece a nuestros dioses. Queremos recuperarlo y escapar de la ciudad antes de que se dé cuenta.
El Gran Bulp frunció el ceño.
—¿Cómo yo sé vosotros no apoderaros de todo el tesoro, dejando al Gran Bulp sólo un dragón furioso? Haber muchos tesoros, piedras bonitas...
Raistlin alzó la mirada, sus ojos relucieron. Sturm miró al mago con desprecio, echando mano a su espada.
—Os traeremos las piedras bonitas —le aseguró Tanis —. Ayudadnos y tendréis todo el tesoro. Nosotros sólo queremos encontrar esa reliquia de nuestros dioses.
Esta respuesta le confirmaba al Gran Bulp que estaba tratando con ladrones y mentirosos, no con los héroes que él esperaba. Aquella gente parecía estar tan asustada del dragón como él, lo cual le dio una idea.
—¿Qué querer de Gran Bulp? —preguntó solícito e intentando ocultar su regocijo.
Tanis suspiró aliviado. Por fin parecían ponerse de acuerdo. Señalando a la enana gully que seguía agarrada de la túnica de Raistlin dijo:
—Bupu nos comentó que vos erais el único de la ciudad que podía acompañarnos hasta el cubil del dragón.
—¿Acompañar? —Por un momento el Gran Fudge perdió su compostura, agarrándose nerviosamente al trono—. ¡No acompañar! Gran Bulp no arriesgar. Gente necesitarme.
—No, no. No quería decir acompañar —rectificó rápidamente Tanis —. Si tuvierais un mapa o pudierais enviar a alguien que nos mostrase el camino.
—¡Un mapa! —Fudge se secó el sudor de la frente con la manga de la túnica—. Haber dicho esto en primer lugar. Un mapa. Sí. Envío buscar mapa. Mientras vosotros comer. Invitados de Gran Bulp. Guardias llevar vosotros comedor.
—No gracias —dijo Tanis educadamente, incapaz de mirar a los otros. Cuando se dirigían a ver al Gran Bulp habían pasado por el comedor de los enanos gully. El fétido olor había sido suficiente para acabar, incluso, con el apetito de Caramon.
—Tenemos nuestra propia comida —prosiguió Tanis —. Nos gustaría disponer de un poco de tiempo para descansar y discutir más a fondo nuestros planes.
—Por supuesto. —El Gran Bulp se deslizó hacia delante y dos de sus guardias se acercaron a ayudarlo a bajar del trono, pues sus pies no llegaban al suelo —. Volver a la sala de espera. Sentar. Comer. Yo envío mapa. ¿Quizá contar planes a Fudge?
Tanis observó al Gran Bulp y vio que sus furtivos ojos relampagueaban ladinos. El semielfo tuvo un escalofrío, comprendiendo, de pronto, que ese enano gully no era un payaso. Tanis deseó haber hablado más a fondo con Flint.
—Aún no hemos ultimado nuestros planes, Su Majestad —dijo el semielfo.
Pero el Gran Bulp lo sabía mejor que ellos. Años atrás, había abierto un agujero en la pared de la habitación llamada «sala de espera», para poder espiar a los súbditos que esperaban audiencia; así se enteraba de sus propósitos antes de hablar con ellos. Por lo tanto, ya sabía bastante sobre los planes del grupo y no insistió en el asunto. Posiblemente, el empleo del término «su majestad» también había influido; el Gran Bulp nunca había escuchado algo tan apropiado.
—Su Majestad —repitió Fudge suspirando de placer. Le dio unos golpecillos en el hombro a uno de sus guardias —. Recuerda. Desde ahora llamar «Su Majestad».
—Sssi, ssu... um... majestad —farfulló el enano gully. El Gran Fudge agitó airosamente su sucia mano y los compañeros hicieron una reverencia y salieron del salón. El Gran Bulp Fudge I se quedó durante unos segundos al lado del trono, sonriendo, manteniendo una actitud encantadora hasta que sus huéspedes abandonaron la sala. Entonces, su expresión cambió, transformándose en una sonrisa tan malévola y taimada que sus guardias se agruparon en torno a él, ansiosos de conocer sus planes.
—Tú —le dijo a uno—, ir alojamientos. Traer mapa. Dar a locos de habitación de al lado.
El guardia saludó y se apresuró a cumplir las órdenes. El otro guardia no se movió, esperando impaciente y boquiabierto. Fudge miró a su alrededor, después se acercó aún más al guardia, intentando encontrar las palabras exactas para su próxima orden. Necesitaba unos héroes, y si se veía obligado a fabricarlos con esa escoria recién llegada, lo haría. Si morían en el intento no sería una gran pérdida. Los enanos gully conseguirían algo más valioso para ellos que cualquiera de las piedras bonitas de Krynn; ¡Volver a los dulces y felices días de libertad y acabar con esa tontería de subir y bajar!
Fudge se agachó y le susurró al guardia en la oreja. —Tú ir al dragón. Llevarle los mejores deseos de su majestad Gran Bulp Fudge I, el Grande, y decirle que...
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El mapa del Gran Bulp. El libro de encantamientos de Fistandantilus
—No me inspira confianza ese pequeño reyezuelo y, además, no puedo soportar su olor —gruñó Caramon.
—A mí me sucede lo mismo —dijo Tanis en voz baja—. ¿Pero qué podemos hacer? Ya hemos accedido a llevarle el tesoro, no ganaría nada traicionándonos.
Se sentaron en el suelo de la sala de espera, una sucia antecámara que daba al salón del trono. En esta habitación, la decoración era tan vulgar como en la anterior. Los compañeros estaban tensos y nerviosos, hablaron poco y tuvieron que hacer un esfuerzo para comer.
Raistlin no quiso comer nada. Acurrucándose lejos de los demás, se preparó aquella extraña mezcla de hierbas que le calmaban la tos. Después se tendió en el suelo y cerró los ojos. Bupu se sentó a su lado y empezó a comer algo que sacó de su bolsa. Cuando Caramon se acercó a ellos, contempló con horror cómo, en la boca de la enana, desaparecía la cola de un animal.
Riverwind se sentó solo, sin participar en la conversación que mantenían los amigos al repasar de nuevo sus planes. El bárbaro miraba al suelo cavilosamente. De pronto sintió que alguien le tocaba levemente el brazo, pero ni siquiera levantó la cabeza. Goldmoon, con la tez pálida, se arrodilló junto a él e intentó hablarle, pero la voz le falló. Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo.
—Tenemos que hablar —le dijo con firmeza en su idioma.
—¿Es una orden?
Goldmoon tragó saliva.
—Sí —le respondió con un hilo de voz.
Levantándose, Riverwind dio unos pasos y se acercó hasta un llamativo tapiz, tejido, probablemente, hacía mucho tiempo, cuando la ciudad estaba en su pleno esplendor. El bárbaro no respondió a Goldmoon, ni siquiera la miró. Su rostro era una máscara impenetrable, pero Goldmoon sabía que bajo esa expresión yacía un corazón herido. Posó de nuevo suavemente la mano en su brazo.
—Perdóname —le dijo en voz baja.
Riverwind la miró sorprendido. La mujer estaba ante él con la cabeza baja y el rostro avergonzado como si fuese una niña. El guerrero extendió la mano para acariciar el cabello de oro y plata de aquel ser al que amaba más que a su propia vida. Su corazón palpitó de júbilo al notar que Goldmoon temblaba al sentir sus caricias. Lentamente deslizó la mano hasta su cuello y la atrajo hacia sí con ternura, apoyando la cabeza de la mujer sobre su pecho. Luego la rodeó con los brazos.