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El retorno de los dragones

Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:

Son amigos de toda la vida que siguieron caminos distintos. Ahora vuelven a reunirse, aunque cada uno oculta a los demás algún secreto particular. Hablan de un mundo sobre el que se cierne la sombra de la guerra, cuentan historias de extraños monstruos, de criaturas míticas forjadas en la leyenda, pero no dicen nada de sus secretos. Al menos, no por el momento. No los revelarán hasta ques se encuentren con una misteriosa y enigmática mujer, que porta una vara mágica. Ella hará que el grupo de amigos se vea inmerso en las sombras, y que sus vidas cambien para siempre, al tiempo que forjan el destino del mundo. Nadie esperaba que fueran unos héroes.
Y ellos, menos que nadie.
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De pronto apareció ante sus ojos la marmita, llena de enanos gully. Tal como Sturm esperaba, los draconianos comenzaron a luchar entre ellos, pues ninguno quería quedarse atrapado abajo. El suelo comenzó a resquebrajarse y el pánico aumentó. El agua comenzó a fluir por las grietas. La ciudad de Xak Tsaroth pronto descansaría en el fondo del Nuevo Mar.

Cuando la marmita llegó al suelo, los enanos gullys saltaron fuera y salieron corriendo. Los draconianos intentaron subirse, pegándose y empujándose unos a otros.

—¡Ahora! —gritó el caballero.

—¡Salid! ¡Apartaos! —siseó el mago sacando un puñado de arena de uno de sus bolsillos y arrojándola al suelo mientras susurraba: Ast tasark sinuralan krynaw, y trazaba con su mano derecha un círculo en dirección a los draconianos. Primero fue uno, y después algunos más los que parpadearon y cayeron al suelo dormidos, pero otros continuaron en pie, mirando a su alrededor alarmados. El mago se ocultó en el marco de una puerta y al no verle, los draconianos se volvieron otra vez hacia la marmita, pasando, en su frenética huida, sobre los cuerpos de sus camaradas dormidos. Raistlin se recostó sobre la pared y, fatigado, cerró los ojos.

—¿Cuántos quedan? —preguntó. —Sólo unos seis —respondió Caramon desenvainando la espada.

—¡Vamos a intentar meternos en la maldita marmita! —gritó Sturm—. Regresaremos a buscar a Tanis cuando haya finalizado la lucha.

Los dos guerreros, protegidos por la niebla y con las espadas desenvainadas, cubrieron en pocos segundos la distancia que les separaba de los draconianos. Raistlin los siguió. Sturm lanzó su grito de batalla y los draconianos se giraron sorprendidos.

Riverwind alzó la cabeza.

El rumor de la batalla sacó al bárbaro de su ensimismamiento. Imaginó a Goldmoon ante él, muriendo en la llamarada azul. La expresión mortecina de su rostro se trocó en una tan feroz y terrorífica, que Bupu, aún escondida en el marco de la puerta, chilló asustada. Riverwind se puso en pie y, sin desenvainar la espada, se lanzó a la lucha. Arremetió contra el grupo de draconianos que intentaban subirse a la marmita y comenzó a matar como un león hambriento. Mataba con sus manos, retorciendo, ahogando, arrancándoles los ojos a sus adversarios. Los draconianos lo herían con sus espadas, por lo que pronto su túnica de cuero estuvo empapada en sangre, pero esto no le detenía. Continuó matando. Su expresión era la de un loco. Los draconianos veían la muerte en su mirada. ..

Sturm, después de derrotar a un oponente, alzó la mirada convencido de que vería a seis draconianos más abalanzándose contra él. En su lugar, vio que los enemigos desaparecían entre la niebla, huyendo para salvar sus vidas. Riverwind, chorreando sangre, se desplomó.

—¡El mecanismo! —señaló el mago. Pendía a unos dos pies del suelo y estaba comenzando a ascender otra vez. La otra marmita comenzaba a descender repleta de enanos gully.

—¡Detenedla! —chilló Sturm. Tasslehoff salió del lugar donde se hallaba escondido e intentó alcanzarla. Se quedó colgado, su cuerpo balanceándose, intentando desesperadamente evitar que la olla vacía siguiera subiendo.

—¡Caramon! ¡Ayúdale! —le ordenó Sturm al guerrero—. ¡Yo traeré a Tanis!

—Puedo retenerla, pero no por mucho tiempo —gruñó el gigante agarrando el borde de la marmita e intentando clavar sus pies en el suelo. Consiguió que el mecanismo se detuviese. Tasslehoff se metió en la marmita, esperando que su pequeño cuerpo ayudara a hacer contrapeso.

Sturm corrió hacia donde estaba Tanis. Flint estaba a su lado, hacha en mano.

—¡Está vivo! —gritó el enano cuando vio que el caballero se acercaba.

Sturm hizo una breve pausa para agradecérselo a los dioses y luego, junto con el enano, levantaron el cuerpo inerte del semielfo y lo transportaron a la marmita. Lo depositaron en el interior y se dirigieron hacia donde estaba Riverwind. Fue necesaria la fuerza de cuatro de ellos para levantar el pesado y sangriento cuerpo del bárbaro y llevarlo hacia el elevador. Tas intentaba, sin mucho éxito, detenerle la hemorragia con uno de sus pañuelos.

—¡Apresuraos! —urgió Caramon. A pesar de todos sus esfuerzos, la marmita se iba elevando lentamente.

—¡Sube a ella! —le ordenó Sturm a Raistlin.

El mago le miró con frialdad y, dándose la vuelta, volvió a internarse en la niebla. En pocos segundos reapareció, llevando a Bupu en sus brazos. El caballero agarró a la encogida enana gully y la metió en la olla. Bupu, gimoteando, se acurrucó en un rincón, apretando contra su pecho la bolsa que llevaba. Raistlin trepó al interior y la marmita siguió elevándose.

—Tu turno —le ordenó Sturm a Caramon, pues el caballero, como de costumbre, sería el último en abandonar el campo de batalla. Caramon lo sabía y no discutió. Tomando impulso, saltó y se encaramó en la marmita, casi derribándola. Flint y Raistlin lo ayudaron a subir. Al dejar de sujetarla, la olla comenzó a ascender rápidamente. Sturm se agarró a ella con ambas manos y se quedó colgado mientras iban subiendo. Después de dos o tres intentos, consiguió subir una pierna y luego trepar con la ayuda de Caramon.

El caballero se arrodilló junto a Tanis y se sintió aliviado al ver que el semielfo se desperezaba y bostezaba. Abrazándolo afectuosamente le dijo:

—No sabes lo feliz que me siento de que estés aquí.

—Riverwind... —murmuró Tanis atontado.

—Está aquí. Salvó tu vida, salvó las vidas de todos nosotros —Sturm hablaba rápidamente, casi incoherentemente—. Estamos en la marmita, subiendo. La ciudad está destruida. ¿Dónde estás herido?

—Siento como si tuviese las costillas rotas —encogiéndose de dolor, Tanis miró a Riverwind, quien seguía consciente a pesar de sus heridas.

—¡Pobre hombre! —dijo Tanis en voz baja—. Pobre Goldmoon. La vi morir, Sturm. No pude hacer nada para evitarlo.

Sturm ayudó al semielfo a ponerse de pie.

—Tenemos los Discos —dijo con firmeza—. Esto es lo que ella anhelaba, por lo que ella luchó. Los he guardado con mis cosas. ¿Estás seguro de que te puedes poner en pie?

—Sí —respondió Tanis respirando con dificultad—. Tenemos los Discos, ya veremos si eso nos trae algún bien.

Unos agudos chillidos los interrumpieron cuando la segunda marmita, repleta de enanos gully, se cruzó con la suya. Los gully agitaron los puños y maldijeron a los compañeros. Bupu se rió, pero luego su expresión se tornó seria y preocupada. Miró al mago, quien, agotado, se recostó contra uno de los lados de la marmita y comenzó a mover los labios en silencio, murmurando las palabras de un nuevo encantamiento.

Sturm intentó mirar a través de la neblina.

—Me gustaría saber cuántos habrá arriba —dijo.

Tanis siguió su mirada.

—Espero que la mayoría haya huido —dijo conteniendo la respiración y llevándose las manos al dolorido pecho.

De pronto la marmita dio un bandazo, descendió un poco, volvió a sacudirse y luego, lentamente, continuó ascendiendo. Los compañeros se miraron preocupados.

—El mecanismo...

—O está empezando a fallar, o los draconianos nos han reconocido y están intentando destruirlo —dijo Tanis.

—No podemos hacer nada —dijo Sturm en tono de amargura e impotencia, bajando la mirada hacia la bolsa en la que estaban los Discos—, excepto rezarle a los dioses...

La marmita se estremeció una vez más y descendió un poco. Durante unos segundos volvió a detenerse, oscilando en medio de la neblina. Luego ,comenzó a subir de nuevo, lentamente, a trompicones. Los compañeros ya podían divisar el borde del saliente de roca y la abertura que se les aproximaba. La marmita ascendió pulgada a pulgada, chirriando, mientras los compañeros observaban cada eslabón de la cadena de la que pendía la gran olla que les llevaba.

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