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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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El Hombre Pájaro asintió solemnemente, tras lo cual se volvió hacia un cazador y le dijo que fuese en busca de Chandalen y sus hombres. A Kahlan le pareció que el Hombre Pájaro no estaba todo lo complacido que debería.

— Honorable anciano, ¿ocurre algo malo?

Sus ojos marrones mostraban una mirada apesadumbrada. Echó un vistazo a Richard antes de mirarla de nuevo a ella y explicar:

— Dos de las Hermanas de la Luz han regresado. Están esperando en la casa de los espíritus.

A Kahlan le dio un vuelco el corazón. No había contado con que regresaran tan pronto. Habían transcurrido muy pocos días desde su primera visita.

— Las Hermanas de la Luz nos esperan en la casa de los espíritus —dijo a Richard.

— No hay nada sencillo —replicó el joven, con un suspiro—. Esta noche es la reunión. ¿Estaréis preparados? —preguntó al Hombre Pájaro.

— Esta noche, los espíritus estarán entre nosotros. Estaremos preparados.

— Id con cuidado y no deis nada por sentado. Las vidas de todos nosotros dependen de ello. Vamos a ver si arreglamos de una vez por todas el asunto de las Hermanas —dijo, cogiendo del brazo a Kahlan.

Atravesaron juntos el campo comunal, iluminado por grandes hogueras. Aún había gente por todas partes, comiendo, bailando y tocando boldas y tambores, pero ya se veían menos niños. Algunos dormían, pero otros seguían bailando y jugando.

— Tres días —rezongó Richard.

— ¿Qué?

— Han pasado tres días, o casi, desde que estuvieron aquí. Me libraré de ellas y mañana nos iremos. Cuando regresen, dentro de otros tres días, nosotros ya estaremos en Aydindril.

— No sabemos si tardarán tres días en volver —repuso Kahlan, rehuyendo su mirada—. ¿Quién nos dice que la tercera vez no vendrán al cabo de un solo día, o de una hora?

La mujer sintió la mirada de Richard posada en ella, pero no lo miró cuando él dijo:

— ¿Estás tratando de decirme algo?

— Sólo tienes tres oportunidades, Richard. Temo por ti. Tengo miedo de esos dolores de cabeza.

Esta vez fue ella quien miró, y él quien rehuyó su mirada.

— No pienso ponerme collar alguno. Por nada ni por nadie.

— Lo sé —musitó la mujer.

Richard abrió la puerta con aire decidido y entró en la casa de los espíritus. Apretaba la mandíbula con resolución. Sus ojos se clavaron en las dos mujeres de pie en el centro de la sala tenuemente iluminada, mientras se acercaba a ellas. Ambas llevaban capas con la capucha retirada y mostraban una faz tranquila, aunque con expresión de leve reprobación.

— Tengo preguntas y quiero respuestas —fue el saludo de Richard, deteniéndose frente a ellas.

— Nos alegra comprobar que sigues bien, Richard. Y vivo —dijo la hermana Verna.

— ¿Por qué se mató la hermana Grace? ¿Por qué se lo permitisteis?

— Ya te lo dijimos —intervino la hermana Elizabeth, colocándose delante de la hermana Verna. En las manos sostenía el collar abierto—; se acabó la discusión. Es hora de acatar las normas.

— Yo también tengo normas. —Con las manos apoyadas en las caderas, Richard miró alternativamente a ambas mujeres—. Y la primera es que ninguna de vosotras se matará hoy.

Pero las Hermanas no le prestaban atención.

— Ahora escucha. Yo, Hermana de la Luz Elizabeth Myric, te daré la segunda razón para ponerte el rada’han, la segunda oportunidad para ayudarte. La primera de las tres razones es que el rada’han controla los dolores de cabeza y te abre la mente, gracias a lo cual puedes aprender a usar el don. Rechazaste la primera oferta de ayuda. Yo te ofrezco la segunda.

La Hermana lo miró a los ojos como para asegurarse de que le dedicaba toda su atención.

— La segunda razón para ponerte el rada’han es para que podamos controlarte.

— ¿Controlarme? ¿Qué quiere decir eso de controlarme? —inquirió Richard, con mirada iracunda.

— Quiere decir lo que dice.

— No pienso ponerme collar alguno en el cuello para que podáis «controlarme». Ni por eso ni por ninguna otra razón.

— Como ya te dijimos, es más difícil aceptar la segunda oferta —repuso la hermana Elizabeth, sosteniendo en alto el collar—. Por favor, debes creernos; corres un grave peligro. Se te acaba el tiempo. Por favor, Richard, acepta ahora la segunda oferta, la segunda de las tres. Te resultará mucho más difícil aceptar la tercera razón.

En los ojos de Richard había algo que Kahlan sólo había visto una vez: la última ocasión en la que le ofrecieron el collar. Era algo extraño y aterrador que le daba escalofríos. La piel de los brazos se le erizó.

— Os repito que no pienso ponerme collar alguno —susurró Richard. Su voz ya no sonaba airada—. Ni por nada ni por nadie. Si queréis enseñarme a usar el don para controlarlo, podemos hablar de ello. Están sucediendo cosas muy importantes y peligrosas de las que no tenéis ni idea. Como Buscador tengo responsabilidades. No soy un niño, como los que acostumbráis a tratar. Soy un adulto. Hablemos, si queréis.

La hermana Elizabeth lo miró con tal feroz intensidad que Richard retrocedió un paso, cerró los ojos y tembló levemente. Al fin, se irguió, abrió los ojos, respiró hondo y fue capaz de devolver la mirada a la Hermana. Kahlan se dio cuenta de que algo había ocurrido, pero no sabía qué.

Los ojos de la Hermana fueron perdiendo su fuerza, bajó las manos que sostenían el collar y, cuando habló, su voz era un temeroso susurro.

— ¿Aceptas la oferta y el rada’han?

— No, no acepto —contestó Richard, recuperando el poder en su voz, mientras miraba a la Hermana fijamente.

La hermana Elizabeth palideció mientras le aguantaba la mirada un instante, tras lo cual se volvió hacia su compañera para decirle:

— Perdóname, Hermana. He fracasado. —Tendió el rada’han a la hermana Verna, que lo cogió, y susurró—: Ahora depende de ti.

— La Luz te perdona, Hermana —le dijo la hermana Verna, y la besó en las mejillas.

— Que la Luz te acoja siempre entre sus benevolentes manos —dijo la hermana Elizabeth a Richard, el rostro de pronto caído—. Espero que un día encuentres el camino.

El joven la contempló con los puños apoyados en las caderas. La Hermana alzó el mentón. Como había hecho la hermana Grace, levantó un brazo y, con un rápido movimiento de muñeca, empuñó el estilete con el mango de plata. Richard seguía observándola, mientras la mujer lo giraba apuntándose a ella misma. Kahlan miraba embelesada, conteniendo la respiración. El silencio parecía poder cortarse. Durante un instante, todo el mundo se quedó inmóvil.

En el mismo momento en que el cuchillo empezó a moverse, Richard entró en acción con una rapidez impresionante. Antes de que la hermana Elizabeth pudiera darse cuenta, Richard la sujetaba por la muñeca. Con la otra mano trataba de arrancarle el extraño puñal de los dedos, pero la mujer se resistía a soltarlo. No obstante, Richard era mucho más fuerte.

— Ya te he dicho cuál era mi norma: hoy nadie va a matarse.

— Por favor, suéltame —suplicó la Hermana, el rostro crispado en un fútil esfuerzo.

El cuerpo de la mujer se estremeció, y la cabeza dio una sacudida hacia atrás. Hubo un estallido de luz que pareció brotar de su interior, de sus ojos. La hermana Elizabeth cayó de bruces al suelo. Mientras caía, la hermana Verna le arrancó su propio cuchillo de la espalda.

— Tienes que enterrarla con tus propias manos —dijo la Hermana a Richard—. Si dejas que otro lo haga por ti, tendrás pesadillas por el resto de tu vida; pesadillas causadas por la magia y para las que no hay cura.

— ¡La has matado! ¿Pero qué te sucede? ¿Cómo has podido matarla?

La Hermana se guardó el estilete en la manga, mientras le lanzaba una iracunda mirada. Entonces alargó un brazo, le arrebató el cuchillo de plata de la mano y se lo guardó en la capa.

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