La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Asustado, intenté retroceder, pero la consejera me retuvo sujetándome por el brazo, y me señaló la retaguardia de aquel gigante acorazado. Otro caballero cubierto por una armadura caminaba tras el gigante, pero éste tenía el tamaño y las proporciones de un hombre de altura normal. Observé que las armaduras del gigante y la del caballero estaban unidas por manojos de varillas metálicas; y que cada movimiento del caballero era transmitido por estas varillas y reproducido fielmente por el gigante.
Cuando el pequeño avanzaba una pierna, el gigante adelantaba la suya; cuando alzaba un brazo el gigante hacía lo propio.
– ¡Es un títere! -comprendí.
– Algo más que eso -me corrigió la consejera-; el caballero caminante multiplica por diez la fuerza y el poder de un hombre. ¡Mira eso!
El gigante avanzó hacia un grupo de gruesos troncos de árbol alineados en el centro de la calle, y con certeros y violentos mandobles los partió en dos uno tras otro.
– Todavía se está perfeccionando el modelo -siguió explicándome la mujer-; queremos incorporarle un sifón de fuego griego, lo que lo haría casi invulnerable.
Pero en aquellos momentos el caballero caminante efectuó un extraño paso, y saltó hacia arriba sin control. El hombre que lo manejaba cayó de espaldas, y el gigante se estrelló aparatosamente contra el suelo. Por todas las juntas de su armadura escaparon chorros de vapor hirviente, y los mecánicos de Apeiron corrieron para liberar al hombre que había quedado atrapado en el interior de la armadura pequeña.
– Como ves -me dijo Neléis mientras los mecánicos lo sacaban-, aún hay que resolver muchos detalles, en especial en lo que respecta a la estabilidad del caballero.
Le pregunté si estaría listo para la llegada de los gog y la consejera respondió que era difícil decirlo, pero que los mecánicos trabajarían día y noche para lograrlo.
Mientras tanto el entrenamiento de los almogávares continuaba.
La puesta en práctica del fuego por descargas propuesto por mí, había obligado a replantearse todas las tácticas de combate ensayadas hasta ese momento.
Los almogávares tendrían que desplegarse lo máximo posible durante la batalla; tanto para hacer mayor el efecto de los propios disparos, como para reducir el blanco presentado a las flechas de los gog. La idea era formar filas tan largas y poco profundas como fuera posible. Los almogávares estaban acostumbrados a atacar en grupos de hasta cincuenta hombres en fondo. Con sólo diez en fondo era mayor el número de hombres que se verían enfrentados a la vez con el cuerpo a cuerpo contra la vanguardia gog, lo que exigía a cada combatiente más habilidad y disciplina. En segundo lugar, cobraba mayor importancia la capacidad de cada unidad de almogávares para efectuar con rapidez y simultáneamente los movimientos necesarios para el fuego por descargas.
La solución a ambos problemas era, por supuesto, el entrenamiento, cada vez más duro y preciso. Había que instruir a los almogávares sobre cómo debían disparar, efectuar contramarcha, cargar y maniobrar todos a la vez.
Y esto parecía algo substancialmente contrario al espíritu salvaje de aquellos hombres llegados de las tierras altas de Aragón.
Joanot dividió a sus catalanes en tres compañías de cien hombres y diez almocadenes cada una. Tuvo que nombrar a nuevos almocadenes para que esto fuera posible, pero lo hizo escogiendo a aquellos hombres que a lo largo del viaje habían destacado por su aspereza y capacidad de disciplina.
Amfimaro analizó cada uno de los treinta y dos movimientos necesarios para cargar y disparar los pyreions, y preparó para los almogávares cuidadosos dibujos sobre cómo debían realizarse cada uno y en qué orden.
Joanot ordenó a sus almogávares que la última cosa que debían ver sus ojos antes de irse a dormir y la primera al despertar, eran esos croquis; hasta que quedaran grabados indeleblemente en sus mentes.
Y así se hizo; hasta que llegó el temido día en el que los exploradores de Apeiron anunciaron que las tropas enemigas habían sido avistadas avanzando hacia nosotros.
7
La Asamblea de consejeros se reunió en la cúspide de la pirámide de cristal con carácter urgente. Uno de los aeróstatos, el Ammán, había realizado un viaje de exploración y había regresado con heliografías tomadas desde gran altura que mostraban el imparable avance del ejército gog.
Las heliografías habían sido expuestas en el centro de la sala, sobre unos caballetes. Las observé con cuidado, pues ya conocía aquella técnica que usaba la misma luz del sol para crear unos grabados de una asombrosa nitidez y precisión, había visto numerosos ejemplos -que al principio me causaron gran admiración- en libros y adornando las paredes de las casas; pero lo que me asombraba en aquel momento era la inmensa muchedumbre en movimiento que componía la horda gog. Aquellas imágenes tomadas desde el aire les hacía semejarse a un ejército de hormigas avanzando sobre la arena.
Joanot de Curial, y el jefe de los dragones de la ciudad, el general Esténtor, también observaban con atención las heliografías.
Era un hombre grueso y no muy alto, con un inmenso cuello de toro y unas pequeñas orejas que sobresalían casi perpendicularmente de un masivo cráneo pelado.
– ¿Han hecho un recuento del número de combatientes? -preguntó.
El capitán del Ammán carraspeó; al contrario que su general era joven, alto y bien musculado, como casi todos los dragones que yo había visto.
Señaló una de las heliografías y dijo:
– Creemos que sólo este grupo de aquí son guerreros, cabalgando sobre caballos entrenados para el combate. El resto, son mujeres, niños, carros de suministros y carros transportando las yurtas y los carros ceremoniales con sus chamanes y sus ídolos.
– Y el número de guerreros es… -insistió el general.
– Unos doscientos mil -dijo el capitán.
– Contamos muchos más acampados alrededor de Samarcanda -señalé.
– Es evidente que os equivocasteis al hacer vuestro recuento -dijo uno de los consejeros-. Es normal, si tenemos en cuenta cómo se complicaron las cosas entonces.
– Es posible -admití-, pero no veo en esas imágenes a los elefantes de batalla, ni las máquinas de asedio. Y, ¿qué significa esta cola?
Señalaba una de las heliografías que mostraba la retaguardia del ejército gog. Allí el grupo parecía estrecharse y alargarse hasta desaparecer por la parte inferior de la imagen. Era como si aquel enjambre de gente dejara un reguero tras él.
– Creemos que son las caravanas de suministros -explicó el capitán-. El abastecimiento de un ejército de ese tamaño es tan impresionante como el propio ejército en sí. Quizás esas caravanas llegan hasta tierras mejor provistas que el desierto en el que los gog se están internando, y se ocupan de mantener un continuo flujo de vituallas.
– Es también posible -indiqué- que un segundo grupo, más lento y pesado, en el que irían los elefantes y las máquinas de asedio, avance detrás de la vanguardia de jinetes ligeros, y que esa caravana sea el nexo de unión entre los dos grupos.
– Creo que Ramón está en lo cierto -dijo el anciano consejero Nyayam-. Los tártaros pretenden sorprendernos con un primer y rápido ataque. Evidentemente no contaban con nuestros espías aéreos.
– Quizás ésta sea nuestra oportunidad, consejero -le dijo Neléis-; si han sido tan estúpidos e impulsivos como para dividir sus tropas…