Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
Raymond le había contado a Alex que Kenji había enviado un correo electrónico, pero tuvo cuidado de no extenderse mucho sobre el tema, por respeto al fatídico destino que había sufrido el hijo de Alex.
– A Kenji todavía le queda mucho antes de regresar a casa -dijo Raymond-. Me parece que le van a ampliar el período de servicio.
– Que Dios lo proteja -dijo Alex, el comentario que solía hacer cuando hablaba de los hombres y las mujeres que servían en el extranjero. Sabiendo, de forma racional, que Dios no tomaba partido en la locura humana de la guerra.
James dio un trago a su cerveza y se limpió lo que le resbaló por la barbilla.
– Esto está muy bien. Estar aquí sentados, al fresco, tomando una cervecita fría. Pero tengo que terminar de cambiar las correas y los manguitos de ese Courier.
– Dijiste que era importante -le dijo Raymond a Alex, para completar lo que pensaba James.
– Sí -repuso Alex.
– ¿Tienes algo que decirnos? -preguntó James.
– Que lo siento -dijo Alex-. Eso es lo primero que quiero decir. He caído en la cuenta de que nunca os he dicho eso. Y he pensado que ya era hora.
– ¿Por qué? -dijo Raymond.
– Es curioso -dijo Alex-. Hoy, la señorita Elaine me ha preguntado lo mismo. No me quedó claro a qué se refería, pero puedo suponerlo. ¿Por qué lo hicimos? ¿Por qué tuvimos que entrar en vuestro barrio aquel día?
– ¿Y bien?
– La sencilla respuesta es que todos estábamos atontados. Hasta arriba de cerveza y de hierba, un día de verano sin otra cosa que hacer más que buscar camorra. No teníamos nada contra vosotros. No os conocíamos. Erais los del otro extremo de la ciudad. Fue como tirar una piedra contra un nido de avispas, o algo así. Sabíamos que estaba mal y que era peligroso, pero no pensábamos que fuera a hacer daño a nadie.
– ¿Que no iba a hacer daño?-repitió James-. Tu amigo gritó «negrata» por la ventanilla del coche. Podría haber ido dirigido a mi madre o a mi padre. ¿Cómo no va a hacer daño algo así?
– Ya lo sé. Lo sé. Billy era… -Alex intentó encontrar la palabra adecuada-… Billy estaba mal de la cabeza, tío. Por culpa de su padre. No era ni siquiera odio, porque él no llevaba eso dentro. Era un buen amigo. Cuidaba de mí, incluso en el momento final. Estoy convencido de que le habría ido bien en la vida. Si hubiera vivido, si hubiera salido de aquella casa y hubiera entrado en el mundo, él solo, le habrían ido bien las cosas. Estaría sentado aquí con nosotros, tomándose una cerveza. Seguro. Si hubiera sobrevivido a ese día.
– ¿Y tú?-preguntó James-. ¿Cuál es tu historia?
– Lo que quiere decir mi hermano es por qué estabas con ellos -explicó Raymond-. Porque es algo que hemos comentado. Y los dos recordamos que simplemente ibas en el asiento de atrás. Ni gritaste ni lanzaste nada. Entonces, ¿qué hacías allí?
– No fui un participante activo -contestó Alex-. Eso es verdad. Pero eso no me absuelve de toda culpa. Podría haber sido más fuerte y haberle dicho a Billy que no hiciera lo que estaba a punto de hacer. Podría haberme bajado del coche en el semáforo que había a la entrada de vuestro barrio. Si hubiera hecho eso y me hubiera vuelto a casa, ahora no llevaría esta maldita cicatriz. Pero no lo hice. La verdad es que siempre he sido un pasajero, siempre he ido en el asiento de atrás. No se trata de una excusa. Ya os digo que soy así.
James, con una expresión impenetrable en los ojos, hizo un gesto de asentimiento. Raymond mantuvo la vista fija en los adoquines del callejón.
– ¿Y vosotros?-dijo Alex-. ¿Hay algo que queráis decir?
Raymond miró a James, imponente e implacable en su silla.
– Muy bien -dijo Alex-. Pues entonces voy a seguir. ¿Os acordáis del otro día, cuando estuvimos aquí mismo? El día en que te conocí a ti, James. Tu hermano y tú estuvisteis repitiendo por enésima vez vuestra discusión de toda la vida, lo de Earl Monroe frente a Clyde Frazier. Raymond, mientras hablabas de ello vi que te cruzaba una sombra por la cara.
– Fue una sombra muy pequeña -replicó James obligándose a esbozar una sonrisa-. Fue porque ese enano de Gavin había entrado en el taller para echarme la bronca. Ese tío nos amarga la vida a todos, ¿a que sí, Raymond?
Raymond Monroe no reaccionó.
– Eso es lo que pensé yo también -repuso Alex- en aquel momento. Pero luego estuve pensando un poco más. Hace mucho, cuando yo era un adolescente, en los años setenta, uno no podía comprarse camisetas de jugadores profesionales como hoy. Puede que las compraran los chavales de clase alta, pero no recuerdo haber visto ninguna. Nos las fabricábamos nosotros mismos, pintándolas con un rotulador. Cogíamos una camiseta blanca y poníamos el nombre y el número de nuestro jugador favorito en la parte de delante y en la de atrás, íbamos a las canchas y jugábamos como si fuéramos ese jugador. Sé que vosotros hacíais eso mismo. Yo me pinté una camiseta con el nombre de Gail Goodrich, el bajito que jugaba en la posición de escolta de los Lakers.
– Un blanco procedente de UCLA -dijo James-. Lo llamaban Stumpy. También tenía un buen tiro.
– Sí-dijo Alex-. Goodrich llevaba el número veinticinco. Y también me hice una camiseta de Earl Monroe, que llevaba el número quince cuando jugaba para los Knicks.
– Eso ya lo sabemos -dijo Raymond-. ¿Por qué no nos dices adonde quieres ir a parar?
– Tengo en mi poder las transcripciones parciales del juicio -dijo Alex-. No recordaba casi nada de ellas y no estuve presente durante todo el proceso, así que sentí curiosidad. Lo único que recordaba era que vosotros erais tres. Dos llevabais el pecho descubierto y el otro llevaba puesta una camiseta. La transcripción decía que el que disparó iba vestido con una camiseta en el momento del asesinato.
– ¿Y?-dijo James-. Yo llevaba puesta la camiseta cuando me detuvieron. No es ningún secreto.
– No he terminado -replicó Alex-. La señorita Elaine me ha dicho que el chico que empuñaba la pistola llevaba una camiseta con un número pintado a mano. Tiene una memoria estupenda a largo plazo, a pesar del ictus. Me ha dicho que el número de dicha camiseta era el diez.
– Di lo que estás pensando -lo instó Raymond.
– Es posible que llevaras puesta esa camiseta cuando te detuvieron, James. Pero ni por lo más remoto te habrías puesto una camiseta de Clyde Frazier cuando te levantaste de la cama aquel día. Tú eras un admirador de Earl Monroe, hasta la médula de los huesos. Todavía lo llamas Jesús.
– Ve al grano -dijo James.
– Tú no disparaste a Billy Cachoris -dijo Alex, y a continuación posó la mirada en Raymond-. Fuiste tú.
– Exactamente -dijo Raymond Monroe en tono sereno-. Fui yo el que mató a tu amigo.
Capítulo 29
– Todo sucedió muy deprisa -dijo James Monroe.
– James tenía una pistola que se había comprado robada -dijo Raymond-. Yo acababa de descubrirla la noche anterior. La información me la había pasado Charles. Aquella mañana me la guardé en la cintura y la disimulé con la camiseta de Frazier. Cuando un chaval se encuentra una pistola, tiene que empuñarla. Precisamente por esa razón, mi padre nunca tuvo ninguna en casa. Sabía lo que pasaría.
– Cuando aparecisteis vosotros en la calle -dijo James- y Charles le partió los dientes a tu amigo y después te tiró a ti al suelo, Raymond se puso hecho una fiera.
– Era joven e impulsivo -dijo Raymond-. Y como era joven y además chico, admiraba a Baker. Él era peligroso y astuto, todo lo que quería ser yo en aquella época. Saqué la pistola y apunté a tu amigo. James ni siquiera sabía que la tenía yo. Me rogó que no disparase. Pero Charles no dejaba de meterme caña, tío. Terminó ganando él, y yo le disparé a tu amigo en la espalda. -Raymond se mordió el labio inferior para reprimir las lágrimas que le habían acudido a los ojos-. Cuando vi lo que había hecho, me sentí fatal. James me quitó la pistola de la mano y me apartó de allí. Nos fuimos corriendo a casa de mis padres, porque estaban trabajando. Nos metimos en nuestro dormitorio, y allí fue donde trazamos un plan. Yo era incapaz de pensar con claridad…