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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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– Pues pensándolo bien, supongo que no -replicó el señor Jenkyn-. Es usted licenciada por esta universidad, ¿no? -Indicó con una mano a los bulldog que se alejaran-. Usted perdone -añadió con cierta frialdad.

– No tiene importancia -replicó Harriet-. Es una bonita noche. ¿Ha tenido buena caza en Saint Giles?

– Dos culpables tendrán que presentarse ante su decano mañana -dijo el ayudante del supervisor, más amablemente-. Supongo que por aquí no ha pasado nadie más, ¿verdad?

– Solamente nosotros, y le aseguro que no nos hemos subido a los árboles -repuso Harriet.

Por una pérfida facilidad para las citas literarias, estuvo a punto de añadir «salvo en las Hespérides», pero se contuvo por respeto a los sentimientos del señor Pomfret.

– No, no, claro -dijo el señor Jenkyn. Se retorció las manos nerviosamente y se protegió los hombros con las vueltas de terciopelo de la toga-. Será mejor que vaya en busca de quienes sí lo han hecho.

– Buenas noches -dijo Harriet.

– Buenas noches -dijo el señor Jenkyn, levantando cortésmente el birrete. Se volvió bruscamente hacia el señor Pomfret-. Buenas noches, señor.

Se dirigió con paso vivo hacia Museum Road por entre los postes, con las largas mangas revoloteando al viento. Entre Harriet y el señor Pomfret se hizo uno de esos silencios en los que la primera palabra que se pronuncia resuena como un gong. Parecía tan imposible comentar la interrupción como reanudar la conversación interrumpida, pero de común acuerdo le dieron la espalda al ayudante del supervisor y volvieron a Saint Giles. El señor Pomfret no abrió la boca hasta que torcieron a la izquierda y atravesaron la Defensa, en aquellos momentos desierta.

– He quedado como un perfecto imbécil -dijo con amargura.

– Ha sido mala suerte, pero más imbécil he debido de parecer yo -replicó Harriet-. Por poco no echo a correr, pero bien está lo que bien acaba. El ayudante del supervisor es buena persona y no creo que le dé mayor importancia al incidente.

Con otro desconcertante acceso de risa interna, recordó una expresión que empleaban los irreverentes: «pillar a un alumno mayor faldeando». Posiblemente, el equivalente femenino de «faldear» sería «pantalonear», y pensó si el señor Jenkyn la pronunciaría al día siguiente en la sala común. No le envidiaba la diversión; tenía suficiente edad para saber que incluso las mayores meteduras de pata no provocan sino una pequeña onda en el océano del tiempo y que desaparece rápidamente. Sin embargo, era inevitable que al señor Pomfret esa onda se le antojase una auténtica vorágine. Estaba murmurando enfurruñado algo sobre haber quedado en ridículo.

– Por favor, no se preocupe -dijo Harriet-. No tiene ninguna importancia. A mí no me importa en absoluto.

– No, claro que no -repuso el señor Pomfret-. Naturalmente, usted no puede tomarme en serio. Me trata como a un niño.

– Por supuesto que no. Estoy muy agradecida… me siento muy honrada por todo lo que me ha dicho, pero la verdad es que es imposible.

– Bueno, es igual -replicó el señor Pomfret muy enfadado.

Qué lástima, pensó Harriet. Ya era suficientemente vejatorio que pisotearan los sentimientos juveniles, pero que te dejaran en ridículo de una forma oficial resultaba casi insoportable. Tenía que hacer algo para que aquel joven recuperase su dignidad.

– Escúcheme, señor Pomfret. No creo que me case jamás. Por favor, créame: mi objeción no es de tipo personal. Hemos sido muy buenos amigos. ¿No podríamos…?

El señor Pomfret acogió esta bonita y manida frase con un gruñido.

– Supongo que hay otra persona -dijo casi con saña.

– No creo que tenga usted derecho a preguntarme eso.

– Por supuesto que no -replicó el señor Pomfret muy ofendido-. No tengo derecho a preguntarle nada, y tendría que disculparme por haberle pedido que se case conmigo, y por haber montado una escenita ante los supervisores… en realidad, por existir. Lo lamento muchísimo.

Saltaba a la vista que el único bálsamo que podía aliviar medianamente la vanidad herida del señor Pomfret sería convencerlo de que había otra persona, pero Harriet no estaba dispuesta a reconocer semejante cosa, y además, hubiera otra persona o no, la sola idea de casarse con el señor Pomfret era sencillamente absurda. Harriet le rogó que se lo tomara de una forma razonable, pero él siguió todo enfurruñado, y la verdad es que nada de lo que pudiera decirse habría contribuido a paliar lo absurdo de la situación. Ofrecerle a una dama una caballerosa protección contra el mundo y verse obligado a aceptar su posición de persona mayor como protección contra la justa indignación del supervisor es grotesco y siempre lo será.

Ambos tenían que seguir el mismo camino. Anduvieron sobre las piedras en silencio, resentidos, pasaron junto a la fea fachada del Balliol y la alta verja de hierro del Trinity, el desdén multiplicado por catorce de los Cesares y el inestable arco del edificio Clarendon, hasta llegar al cruce de Cat Street y Holywell.

– Bueno, pues si no le importa, yo seguiré por aquí -dijo el señor Pomfret-. Van a dar las doce.

– Sí. No se preocupe por mí. Buenas noches… Y muchísimas gracias, una vez más.

– Buenas noches.

El señor Pomfret se fue corriendo hacia Queen's College perseguido por el bramido de un coro de campanas.

Harriet siguió hasta Holywell. Ya podía reírse si le apetecía, y vaya si se rió. No temía haberle causado un daño irreparable al corazón del señor Pomfret; estaba tan enfadado que únicamente su orgullo podía sufrir. El incidente poseía ese elemento gracioso de lo ridículo que ni la lástima ni la caridad pueden destruir. Por desgracia, si se consideraba buena persona, no podía compartirlo con nadie; solo podía disfrutarlo en solitarios accesos de regocijo. No se podía ni imaginar lo que el señor Jenkyn pensaría de ella. ¿La consideraría una corruptora de menores? ¿Una promiscua sin principios? ¿O una mujer desesperada intentado aferrarse a las oportunidades que ya casi estaban a punto de escapársele? Cuanto más pensaba en el papel que había desempeñado en aquel incidente, más gracioso le parecía. Pensó en qué le diría al señor Jenkyn si volvía a verlo.

La sorprendió lo mucho que la había animado la ingenua propuesta del señor Pomfret. Debería haberse sentido avergonzada. Debería haberse culpado por no haber comprendido lo que le ocurría al señor Pomfret y no haber tomado medidas para ponerle fin. ¿Por qué no lo había hecho? Suponía que sencillamente porque no se le había ocurrido semejante posibilidad. Tenía asumido que jamás volvería a atraer a ningún hombre, salvo al excéntrico Peter Wimsey. Y para él era, por supuesto, un ser que él había creado y el espejo de su propia magnanimidad. Aunque ridícula, la entrega de Reggie Pomfret era al menos inquebrantable: no era un rey Cophetua, y ella no tenía que sentirse humildemente agradecida porque él hubiera tenido la bondad de fijarse en ella. Y al fin y al cabo, aquella idea resultaba agradable. Por mucho que proclamemos nuestros escasos méritos, pocos nos ofenderíamos en realidad si una persona desinteresada nos contradijera.

Sin arrepentirse de lo ocurrido, Harriet llegó al college y entró por la puerta trasera. Había luz en las habitaciones de la rectora, y alguien asomado a la verja. Al oír las pisadas de Harriet, ese alguien dijo, con la voz de la decana:

– ¿Es usted, señorita Vane? La rectora quiere verla.

– ¿Qué ocurre, decana?

La decana tomó a Harriet del brazo.

– Newland no ha venido. ¿No la ha visto usted por alguna parte?

– No… He estado en Somerville. Son poco más de las doce. A lo mejor aparece. ¿No pensarán que…?

– No sabemos qué pensar. Newland no suele salir sin permiso, y hemos encontrado unas cosas.

Acompañó a Harriet al salón de la rectora. La doctora Baring estaba sentada a la mesa, su hermoso rostro severo y grave, como el de un juez. Frente a ella estaba la señorita Haydock, de pie, con las manos en los bolsillos de la bata; parecía nerviosa y enfadada. Taciturna y acurrucada en un extremo del gran sofá, la señorita Shaw lloraba, mientras que detrás revoloteaba inquieta la señorita Millbanks, entre asustada y desafiante. Cuando Harriet entró con la decana, todas miraron esperanzadas hacia la puerta e inmediatamente apartaron la vista.

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