Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
– Señorita Vane, me ha dicho la decana que vio usted a la señorita Newland actuando de una manera extraña en la torre de Magdalen el Primero de Mayo -dijo la rectora-. ¿Podría darme detalles más concretos?
Harriet volvió a contar la historia.
– Lamento no haberle preguntado su apellido entonces, pero no la reconocí, no pensé que fuera una de nuestras alumnas -añadió al final-. Ni siquiera me había fijado en ella hasta ayer, cuando me la señaló la señorita Martin.
– Sí, no me extraña que no la conociera -terció la señorita Martin-. Es muy tímida y muy callada y raramente va al comedor o se deja ver por ninguna parte. Creo que se pasa prácticamente todo el día trabajando en la Radcliffe. Como es natural, cuando me contó lo del Primero de Mayo, decidí que alguien tenía que vigilarla. Informé a la doctora Baring y a la señorita Shaw y le pregunté a la señorita Millbanks si alguien de tercero había notado que tuviera algún problema.
– ¡No lo entiendo! -exclamó la señorita Shaw-. ¿Por qué no vino a hablar conmigo? Yo siempre animo a mis alumnas a que confíen plenamente en mí. Le he preguntado una y mil veces. Pensaba que sentía verdadero cariño por mí…
Se sonó la nariz con un pañuelo húmedo, desolada.
– Yo sabía que pasaba algo -dijo la señorita Haydock sin rodeos-, pero no sabía qué. Cuantas más preguntas le hacías, menos te contaba, así que no le pregunté demasiadas cosas.
– ¿Esa muchacha no tiene amigos? -preguntó Harriet.
– Yo creía que a mí me consideraba amiga suya -se quejó la señorita Shaw.
– No hacía amigos -contestó la señorita Haydock.
– Es muy reservada -dijo la decana-. No creo que nadie pueda sonsacarle gran cosa. Yo no he podido.
– Pero ¿qué ha ocurrido exactamente? -preguntó Harriet.
– Cuando la señorita Martin habló con la señorita Millbanks sobre ella -terció la señorita Haydock, interrumpiendo sin ningún respeto hacia las demás personas-, la señorita Millbanks me lo contó y me dijo que no veía qué podíamos hacer nosotras.
– Pero si yo apenas la conocía… -empezó a decir la señorita Millbanks.
– Ni yo -volvió a interrumpir la señorita Haydock-, pero pensé que algo había que hacer, y esta tarde me la he llevado al río. Me dijo que tenía que trabajar, pero le dije que no fuera tonta, qué sino, se iba a venir abajo. Tomamos una batea y merendamos en los jardines, y parecía estar bien. Volví a traerla y la convencí para que se viniera al comedor a cenar como es debido. Después me dijo que quería ir a trabajar a la Radcliffe. Yo tenía un compromiso, así que no pude acompañarla, aparte de que le habría parecido raro que anduviera detrás de ella todo el día. Así que le dije a la señorita Millbanks que alguien tenía que tomar el relevo.
– Pues yo tomé el relevo -replicó desafiante la señorita Millbanks-. Me llevé mi trabajo allí y me senté a una mesa desde la que podía verla. Estuvo allí hasta las nueve y media. Salí a las diez y vi que se había marchado.
– ¿No la vio salir?
– No. Yo estaba leyendo y supongo que no me di cuenta. Lo siento, pero ¿cómo iba yo a saberlo? Este trimestre tengo exámenes. Es muy fácil decir que no debería haberla perdido de vista, pero no soy enfermera ni nada de eso…
Harriet observó que la señorita Millbanks había perdido la seguridad en sí misma, que se estaba defendiendo torpe y furiosamente, como una colegiala.
– Al regresar, la señorita Millbanks… -prosiguió la rectora.
– Pero ¿han hecho algo? -la interrumpió Harriet, impaciente ante aquella exposición ordenada y académica-. Supongo que habrán preguntado si ha estado en la galería de la Radcliffe.
– Lo pensé después y propuse que se hiciera un registro. Según creo, se ha hecho, sin resultados. No obstante, en un posterior…
– ¿Y el río?
– A eso voy. Quizá sea mejor que continúe en orden cronológico. Le aseguro que no hemos perdido el tiempo.
– Muy bien, rectora.
– Al regresar -añadió la rectora, retomando el relato en el punto exacto en el que lo había dejado-, la señorita Millbanks se lo contó a la señorita Haydock, y comprobaron que la señorita Newland no estaba en el college. Actuando con toda corrección, informaron inmediatamente a la decana, que ordenó a Padgett que telefoneara en cuanto llegara la señorita Newland. No había vuelto a las once y cuarto, y Padgett dio parte, al tiempo que comentaba su inquietud por la señorita Newland. Había observado que le había dado por ir sola a todas partes y que parecía tensa y nerviosa.
– Padgett es muy sagaz -dijo la decana-. A veces pienso que sabe más de las alumnas que ninguna de nosotras.
– Hasta esta noche, yo habría asegurado que conocía íntimamente a todas mis alumnas -gimoteó la señorita Shaw.
– Padgett también dijo que había visto varias cartas anónimas dirigidas a la señorita Newland en la conserjería.
– Tendría que haber dado parte -dijo Harriet.
– No -replicó la decana-. Fue después de que viniera usted el trimestre pasado cuando le ordenamos que diera parte de todo. Las que él vio habían llegado antes.
– Comprendo.
– Ya empezábamos a preocuparnos, y la señorita Martin llamó a la policía -continuó la directora-. Mientras tanto, la señorita Haydock registró la habitación de la señorita Newland, en busca de algo que pudiera arrojar luz sobre su estado de ánimo, y encontró… esto.
Recogió de la mesa un montoncito de papeles y se lo dio a Harriet, que exclamó: «¡Dios mío!».
En esta ocasión, la autora de los anónimos había encontrado una víctima que le venía como anillo al dedo. Las cartas, treinta o más («y no creo que estén todas», comentó la decana), amenazantes, insultantes, insinuantes, machacaban despiadadamente sobre el mismo tema: «No creas que te vas a salir con la tuya», «¿Qué vas a hacer cuando suspendas los exámenes?», «Te mereces suspender y ya me encargaré yo de que así sea», y después sugerencias más espantosas: «¿No notas que estás perdiendo la cabeza?», «Si se dan cuenta de que te estás volviendo loca te echarán» y por último, una siniestra serie: «Será mejor que acabes de una vez», «Mejor muerta que en el manicomio», «Yo que tú me tiraría por la ventana», «Inténtalo en el río», etcétera, y lo más difícil de soportar para unos nervios debilitados es el martilleo continuo y certero.
– ¡Si me las hubiera enseñado a mí! -exclamó llorosa la señorita Shaw.
– Por supuesto que no lo habría hecho -dijo Harriet-. Hay que ser muy equilibrada para reconocer que la gente puede pensar que te estás volviendo loca. Eso ha sido lo peor.
– De todas las maldades que… -dijo la decana-. ¡Pensar que esa pobre criatura ha estado recogiendo estas monstruosidades y amargándose la vida! ¡Me gustaría matar a quien haya hecho esto!
– Decididamente, es un intento de asesinato, pero la cuestión es: ¿se ha consumado? -dijo Harriet.
Se hizo un silencio, y después la rectora dijo con tono inexpresivo:
– Ha desaparecido una de las llaves del cobertizo de las barcas.
– La señorita Stevens y la señorita Edwards han ido en un bote río arriba, y la señorita Burrows y la señorita Barton por el Isis en el otro bote de espadilla -dijo la decana-. También está buscando la policía. Se han marchado hace unos tres cuartos de hora. Hasta entonces no nos habíamos percatado de la desaparición de la llave.
– Entonces no podemos hacer gran cosa -dijo Harriet, absteniéndose de añadir con enfado que habría que haber comprobado lo de las llaves del cobertizo en el mismo momento en que se dieron cuenta de la ausencia de la señorita Newland-. Señorita Haydock… ¿le contó algo la señorita Newland, cualquier cosa que pudiera indicar adónde pensaba ir en caso de que quisiera ahogarse?