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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Miré hacia atrás a lo largo de los años, a través de lo que parecían eones geológicos, y lo vi al pecho de su madre. Mi dulce y reconfortante Esmeralda, la primera de mis esposas, abrazando al pequeño y moqueante Shandor, el primero de mis hijos, y él le estaba mordiendo el pecho. Hundiendo realmente sus dientes.

¿Rey? ¿Él? Deseé patearle el trasero.

—La abdicación fue condicional —dije —. No es válida.

—¿Condicional? ¿Condicional sobre qué base?

—Sobre la de seguir abdicado. Renuncié voluntariamente al trono, y ahora lo tomo de nuevo voluntariamente. El trono nunca estuvo vacante. La pretendida elección que pretendidamente te puso donde crees que estás fue ilegal.

—Estás loco…

—Necesitas lavarte la boca —dije.

Deben tener en cuenta que este Shandor al que estaba reprendiendo ya no era un chiquillo. Supongo que debía tener algo así como cien años, lo cual hubo un tiempo que era considerado plena vejez. Incluso ahora se considera pasada la primavera de la vida, aunque la fácil disponibilidad de las remodelaciones hace que resulte difícil decir dónde está exactamente la primavera de la vida.

Pero, para mí, Shandor siempre había sido un estúpido, un ser despreciable y un villano traidor que no valía absolutamente nada. Es terrible tener que decir esto de tu propio hijo primogénito, lo sé.

Le ofrecí algo así como tres minutos enteros de lecciones sobre el tema de las leyes y de las costumbres y del reino y de las obligaciones filiales, y estaba tan asombrado que por una vez me escuchó sin pronunciar palabra. Al principio estaba asustado y furioso, y luego turbado y furioso, y luego irritado y furioso, y luego la furia desapareció y le vi empezar a mostrarse astuto. Podía leer cada una de sus emociones como si me estuviera enviando señales. Shandor puede ser peligroso, pero no es listo. Sólo cree que lo es. Ahora que todo el mundo vive tanto, puedes ver la falsa sabiduría por todas partes. El solo hecho de que uno haya vivido mucho no le convierte en un sabio. Acumulas sabiduría hasta cierto punto, y luego te detienes, y entonces a menudo empiezas a deslizarte hacia atrás.

(Es decir, excepto yo. Yo siempre soy la excepción. ¿Creen ustedes que me estoy engañando a mí mismo? De acuerdo, entonces me estoy engañando a mí mismo. Sigan adelante y ríanse de mí porque creen que soy senil. Ya lo descubrirán.)

Hice una pausa para recuperar el aliento, y él dijo:

—¿Has terminado?

—Más o menos. Voy a convocar una sesión de la krisatora para que te destronen y vuelvan a ponerme en mi lugar. Sólo quería tener para contigo la atención de que lo supieras por anticipado.

No reaccionó. Ni siquiera pareció ligeramente irritado. Ahora estaba siendo astuto.

—¿No tienes nada que decir al respecto? —pregunté.

—Tengo muchas cosas que decir.

—Adelante.

Se quedó sentado allí, mirándome. Vi mi propio rostro devolviéndome la mirada, excepto que la suya era oscura y tenebrosa y carente de alegría, mi rostro con toda la esencia de mi alma expulsada de él.

Al cabo de un momento dijo, muy suavemente, pero con un tono realmente horrible, amenazador, en su voz:

—Digo que eres un viejo loco estúpido. Digo que si tengo que seguir escuchando más tiempo tus estupideces es probable que empiece a aburrirme seriamente. Digo que si me molestas de alguna manera que no me guste es probable que me obligues a hacer algo que lamentarás. Puede que incluso yo también lo lamente. Ahora lárgate de aquí antes de que te haga echar.

—¿Me dices esto a mí?

—Te lo digo a ti. Si no creyera que estás loco ya te hubiera hecho encerrar. Y quizá ordenar que te quemaran el cerebro para hacerte inofensivo. Pero eres inofensivo.

—¿Sabes quién soy, Shandor?

—Sé quién eras, sí. Pero eso fue hace mucho tiempo. Siento pena por ti. Ahora márchate. Anda, viejo, lárgate. Fuera de aquí.

Inspiré profundamente. Me di cuenta de que aquél era el momento de efectuar un auténtico movimiento. Las cosas estaban empezando a deslizarse en una dirección equivocada. No haría ningún bien a nadie el que me marchara de delante de Shandor como un perro apaleado. Ser expulsado del palacio como mendigo piojoso podía ser marginalmente más útil, pero seguía sin ser lo que tenía en mente.

Con ojos furiosos, echando humo, avancé un par de pasos hacia él.

—Eres un cerdo, Shandor. Tu hedor es inmencionable. Tu presencia ofende la vista de Dios.

Pareció realmente turbado. No tenía la menor idea de lo que yo pensaba hacer.

—Retrocede…

—Necesitas una lección.

—Te lo advierto…

—Disciplina, eso es lo que necesitas. —Lancé mi brazo en una cerrada curva, y le abofeteé brutalmente el rostro. Mi mano dejó marcas rojas en su mejilla. Me miró, asombrado. Absolutamente desconcertado.

—No puedo creerlo. Alzar la mano sobre el rey ungido por Dios…

—Tú lo has querido —dije. Le abofeteé de nuevo. Esta vez su labio inferior, el más grueso, empezó a sangrar.

—¡Guardias! —aulló.

Sonaron alarmas por toda la estancia. Muy propio de Shandor también haber llenado todo el salón con esos sistemas de alarma. En su propio palacio, ocultándose temeroso, escondido tras sus juguetes electrónicos.

—Guardias. Guardias.

Acudieron corriendo, y se detuvieron, jadeantes, desconcertados, mirándonos. Shandor agitó frenéticamente las manos. Estaba loco de rabia. De pronto volvía a tener seis años y papá le estaba dando una paliza, y eso era algo que no podía soportar.

—¡Cogedlo! ¡Sacadlo fuera de aquí! ¡Encerradlo! ¡Encadenadlo! ¡Arrojadlo a la mazmorra más profunda! ¡La que tiene las serpientes! ¡Con los sapos sierra!

—Soy vuestro rey ungido —dije calmadamente.

Estaban paralizados. No sabían qué hacer. Temerosos de tocarme, temerosos de desobedecer a Shandor. Tenían la boca abierta como estúpidos. Hubo un largo y horrible momento de absoluta inmovilidad. Sentí una cierta simpatía hacia ellos. Finalmente, Shandor tuvo que llamar a sus robots, y éstos no tuvieron problemas en arrastrarme fuera del salón. A la mazmorra más profunda, sí, al agujero más sucio y hediondo de todo el planeta. Lo esperaba. Iba a sufrir allí, estaba absolutamente seguro. A mi edad. Después de todo lo que había conseguido. Bien, estaba completamente convencido de que podría resistirlo. No iba a ser la primera y venerable reliquia en verse encerrada y torturada en nombre de alguna gran causa. Y, de hecho, eso era precisamente lo que había venido a conseguir aquí. Todo lo que esperaba era no haber subestimado la ferocidad y sobreestimado su astucia política. Lo había llevado realmente hasta el extremo; podía hacerme sufrir por ello, independientemente de lo que pudiera costarle a él. Incluso podía hacerme matar.

Oh, bueno. Incluso eso valdría la pena, a largo plazo. O eso me decía a mí mismo.

Lo último que oí mientras se me llevaban fue a Shandor, sonando como si empezara a recuperar de nuevo el control, diciendo con voz venenosa:

—¡Te arreglaré las cuentas, viejo! ¡Haré que te quemen el cerebro! ¡Haré que te desconecten! ¡Cuando haya acabado contigo ni siquiera serás capaz de babear! Aseguraos de ponerle las cadenas. Fuertes.

Encadenado. Bien, eso era. Tal vez piensen ustedes que tu propio hijo primogénito debería mostrar más respeto hacia ti. Pero recuerden, se trataba de Shandor. Siempre fue un maldito bastardo, mi hijo Shandor.

8

Cuando Shandor nació yo ya tenía setenta, ochenta años, o quizá más, lo cual acostumbraba a considerarse como una vida larga. Y él era mi primer hijo, recuerden. Pero, por supuesto, la gente vive mucho más tiempo ahora del que acostumbraba a vivir antes, y es considerado un poco torpe empezar una familia demasiado pronto, aunque te gusten los niños, lo cual supongo que es mi caso. De todos modos, incluso para la época, me casé un poco tarde. Eso no fue culpa mía. De buen grado me hubiera instalado en Nabomba Zom con Malilini cuando recién acababa de cumplir los veinte años, pero, como ya saben, el matrimonio con Malilini no estaba en mis cartas. Después de eso vino el pequeño desvío a Alta Hannalanna, y cuando hube escapado de ese campo de vacaciones en particular necesité unos años para relajarme y disfrutar un poco de la vida, cosa que hice, aunque que me maldiga si puedo decirles dónde pasé esos años, o con quién. Cualquiera tiene derecho a perder unos cuantos años en diversiones sencillas después de pasar por una experiencia como la de Alta Hannalanna. En algún lugar a lo largo del camino me di cuenta de que necesitaba ganarme la vida, y, puesto que el afilar cuchillos y la compraventa de caballos ya no tenían mucho atractivo para un prometedor muchacho gitano, me metí en el negocio de pilotar astronaves. Sabía que tenía el don; nunca había dudado de ello.

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