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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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No hubo desfiles ni fuegos artificiales aguardándonos a Chorian y a mí cuando llegamos a Galgala. Pero sin duda era el centro de la atención de todo el mundo. Aquella era una situación que no tenía paralelo en todos nuestros miles de años de historia. Un ex rey de los roms acudía a visitar la capital del mundo rom. ¿Quién ha oído alguna vez esto, un ex rey de los roms? Y el siniestro y peligroso hijo del ex rey era quien se sentaba ahora en el trono. Eso era un nuevo concepto también, un rey de segunda generación. Era algo completamente nuevo. Todo el mundo aguardaba para ver qué iba a suceder a continuación. Y lo que haría Shandor.

Tomamos la astronave Joya del Imperio de Xamur a Galgala. Era una de las nuevas, las llamadas astronaves clase Supernova. Creo que joya del Imperio era un nombre estúpido para una nave, plano y obvio y resonante, y tampoco me gustaba esa etiqueta de clase Supernova. En mis días las astronaves llevaban nombres de gente —Mara Kalugra, Claude Varna, Cristoforo Coloraba—, y no necesitábamos llamar a los modelos Cometas o Supernovas o Agujeros Negros. Pero diré esto de esas nuevas naves: son ciertamente elegantes. Había transcurrido una década o así desde que había subido por última vez a una auténtica astronave, aunque durante aquel tiempo había viajado bastante de un lado a otro de la galaxia por el relé de tránsito. Quizá éste sea un signo más de la decadencia de nuestra era, el lujo de las modernas astronaves de hoy. La Joya del Imperio era como el más espléndido hotel que uno pueda imaginar: inmensa, palaciega, pulido mármol rosa por todas partes, enormes y fantásticamente caras estatuillas en jade de Alta Hannalanna mirándote desde un millón de hornacinas, iluminación por plasma que cambiaba de color según tu talante, seis niveles de pasajeros con un comedor situado en un pozo de gravedad en cada uno, y etcétera, etcétera. El capitán era un joven gaje muy meloso llamado Therione, un fenixi, probablemente uno de los protegidos de Sunteil. Fui invitado a cenar a su mesa, naturalmente. El piloto, un viejo, gordo y canoso rom tchurari de Zimbalou llamado Petsha le Stevo, se sentó también con nosotros, aunque puedo decir que a Therione no pareció hacerle muy feliz, Con un ex rey rom a bordo, el capitán no podía desairar a su piloto. Pero Petsha le Stevo tenía los modales de la vieja escuela en la mesa. Comía a dos carrillos, bebía desmesuradamente, eructaba. Se recreaba en ello. Y cada vez que se palmeaba la barriga y dejaba escapar un buen eructo yo podía ver crisparse a Therione. Era un hombre irreprochable aquel Therione, absolutamente meticuloso con su persona. Una reluciente piel sonrosada, unas uñas inmaculadas, un fino bigote que se hacía recortar cada día. Tras cada eructo Petsha le Stevo me miraba a través de la mesa, me guiñaba un ojo y sonreía, como si dijera: ¡Ah, Yakoub, ése fue bueno! Comparado con él, me sentía positivamente remilgado. Me preguntaba qué estaba haciendo un fósil primordial como aquél a bordo de una nave clase Supernova. Pero de hecho era un soberbio piloto, un auténtico artista. Lo descubrí cuando efectué una visita ceremonial a la sala de saltos.

No comprendí nada de ella. Todo reluciente, metal y cerámica, como un cuarto de baño. Una habitación de aspecto vacío, con algunas boquillas aquí, algunas relucientes placas metálicas allí, no mucho más. Tienen que entender que las salas de saltos de una espacio-nave no me resultan extrañas. Tengo tras de mí cincuenta o sesenta años de manejo de esas mismas palancas, ¿saben? Pero aquí no había ritmo ni razón. ¿Dónde estaba el tanque estelar? ¿Dónde la pared del parpadeo? ¿Dónde, en nombre del bicéfalo Melalo, estaban las palancas?

Petsha le Stevo irradiaba como un padre orgulloso mientras yo miraba asombrado a mi alrededor.

—¿Esto es una sala de saltos? —pregunté.

—Nueva. Completamente nueva. Te gusta, ¿eh?

—La odio. No puedo comprender nada de ella.

Sonrió.

—Es muy sencilla. Incluso un gaje podría saltar aquí. Por supuesto, nosotros lo hacemos mejor. Para ellos siempre es sudar, forcejear. Para nosotros, es tan fácil como cagar. ¿Quieres verlo?

—¿Verte cagar?

—Verme dar un salto, rey.

—Ya hemos dado el salto.

—No hay ningún problema, rey. Saltaremos de nuevo. —Rió y avanzó pesadamente. Alzó sus enormes y nervudas manos como Moisés anunciando los Diez Mandamientos. De pronto, una luz azul empezó a danzar desde la punta de sus dedos. Hizo un gesto. Vi estrellas suspendidas en medio del aire, como si tuviera un tanque estelar delante de él, pero no había ningún tanque, sólo una luz azul y pequeñas chispas de una luz algo más brillante brillando dentro de ella. Agitó ligeramente su índice izquierdo.

—Aquí —dijo —. ¿Lo notas?

Sí, lo había notado: la sensación de soltar una traílla, de deslizarnos libremente por los secretos caminos del espacio tiempo; eso era el parpadeo. Ninguna otra cosa en el universo proporciona la misma sensación.

—Ya no nos encaminamos a Galgala —dijo alegremente Petsha le Stevo —. Ahora es Iriarte. ¿Ves qué fácil? —Alzó las manos de nuevo, una y otra vez, y conjuró la luz azul. Un movimiento de su pulgar derecho —. ¡Ahora, Sidri Akrak! ¡Ningún problema! ¡Simplemente así! Toma, prueba tú. Permanece aquí, sobre esa placa en el suelo…

Sonó una llamada. El rostro de Therione apareció en la pantalla visora. Los delicadamente tallados rasgos del capitán fenixi estaban lívidos, y su voz sonó extrañamente estrangulada cuando pidió saber qué demonios estaba ocurriendo. Petsha le Stevo le dijo rápidamente que no se preocupara.

—Una corrección de rumbo, eso es todo —explicó, indicándome con frenéticos movimientos de su mano que me apartara fuera del campo de visión de la pantalla —. Un asunto de rutina, jefe. Hemos tenido que ocuparnos de la triangulación, nada más.

Pensé que Therione iba a sufrir un ataque de apoplejía.

—¿La triangulación? ¿Qué triangulación? No sé de qué demonios me está hablando.

—Cinco segundos más, jefe. Todo va bien. —Petsha le Stevo sonrió y alzó las manos una vez más. Luz azul; parpadeo; volvíamos a encaminarnos a Galgala. Therione fue a decir algo; Petsha le Stevo señaló algún indicador que ni siquiera pude ver; Therione murmuró algo y la pantalla se apagó. Volviéndose hacia mí, el rom dijo —: ¿Lo ves? Nada. Puedes hacer el salto que se te antoje, y si no te gusta, simplemente vuelves a saltar. Incluso un gaje podría hacerlo, quizá. Es mucho más fácil que antes. Aunque todavía sigue sin ser fácil, para un gaje.

Por supuesto, siempre había sido posible para los gaje operar astronaves. Ellos las inventaron; no hubieran construido algo que fueran totalmente incapaces de usar. Pero hasta ahora siempre ha constituido un auténtico trabajo para ellos llevar una nave a través del parpadeo. Necesitan cincuenta ordenadores distintos actuando a la vez para que les digan lo que tienen que hacer, e incluso así tiemblan y se estremecen ante la dificultad de la tarea, y seis veces de cada doce tienen que abortar el salto en el último momento y volver a empezar. Y eso los realmente dotados, esos pocos que pueden tocar las palancas y hacer que ocurra algo, quizá uno entre un millón. Se queman rápido, esos pilotos gaje. Tres saltos, cinco, diez, y quedan descartados para siempre. Se les cruzan los ojos de terror cada vez que se acercan a una sala de saltos después de eso. Ya no vale la pena seguir molestándose en adiestrarles, ¿no creen? ¿Para tres saltos? Para nosotros, siempre ha sido mucho más fácil. Aquellos de nosotros que tenemos el don, que entre nosotros es aproximadamente uno de cada diez, nos limitamos a acercarnos a las palancas, y las sujetamos, y sentimos la fuerza fluir a través nuestro, y añadimos nuestra energía a la energía de la nave, y, le proporcionamos la fuerza que la lleva más allá del limite hasta el parpadeo, y allá vamos. Puedo decírselo, lo estuve haciendo cincuenta, sesenta años, y nunca me cansé de ello. Está en nuestra sangre, en realidad quiero decir en nuestro sistema nervioso, en nuestro cerebro. Somos diferentes; pero por supuesto somos diferentes de nacimiento. Por lo cual, después de los primeros años de viaje estelar, los gaje dejaron de intentar conducir sus naves y dejaron que lo hiciéramos nosotros. Suponen que poseemos el don, algo que llevamos en nuestros genes, como un sentido natural del ritmo; y tienen razón. Eso no quiere decir que comprendan la auténtica razón por la que poseemos estas habilidades que ellos no tienen. Si lo supieran… Nuestro auténtico lugar de nacimiento, el hecho de ser nativos de la Estrella Romani. Hay tanto que no saben sobre nosotros. Incluso nuestro espectrar es algo que les hemos mantenido siempre oculto.

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