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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Entonces llamó mi atención el que ese hombre era llamado Shandor hijo de Yakoub, y que había nacido en Xamur. No quise creerlo. Intenté rechazar la idea. Pero no podía haber ninguna coincidencia en ello: Shandor hijo de Yakoub. Recordé el chillante bebé de enrojecido rostro mordiendo el pecho de Esmeralda. Yo ostentaba en aquellos momentos altos cargos en nuestro gobierno —Cesaro o Nano estaba haciéndose viejo y se sentía enfermo, y se hablaba de mí como el próximo rey, aunque yo rechazaba incluso el pensar en ello—, y resultaba difícil ocultarme de aquellas hazañas, y al cabo de un tiempo tuve que reconocer que era mi hijo. Fue una gran vergüenza para mí, aunque todos mis amigos se pusieron de mi lado cuando fue llamado ante el kris y acusado de los crímenes de Djebel Abdullah. Y hallado culpable y expulsado de nuestra nación. Aunque consiguió exonerarse más tarde, no sé cómo. Era encantador, supongo. O simplemente astuto. Intenté relacionarme lo menos posible con él. Y él conmigo. Es lo único bueno que puedo decir de él. Al menos se mantuvo lejos de mi camino, mientras yo fui rey.

9

La mazmorra donde me metió Shandor era exactamente lo que había esperado de él. No había olvidado que estaba allí, y no me sorprendí en absoluto de que fuera aquélla la elegida para retenerme. Era el tipo de mazmorra conocido como oubliette, un nombre que procede de la perdida y querida Francia de Julien de Gramont y que deriva del verbo oublier, que quiere decir «olvidar». En consecuencia, una oubliette es un agujero al que arrojas un prisionero del que no quieres saber nada más.

Aquella oubliette en particular estaba a seis o siete niveles por debajo del suelo, en las profundas entrañas del palacio real. No es una de las curiosidades más célebres del edificio. No es algo que te muestren cuando acudes a efectuar una visita turística. Yo llevaba ya diez o veinte años como rey cuando la descubrí un día mientras vagabundeaba por los niveles inferiores intentando descubrir una de las cámaras de los archivos. Pero se supone que, por su misma naturaleza, una oubliette no tiene que ser muy llamativa.

Puesto que el concepto mismo de mazmorras y oubliettes suena malditamente medieval, puede que se pregunten ustedes cómo los roms modernos, con su alta tecnología y sus viajes a las estrellas, podían incluir una cosa así en su palacio real. La respuesta es que no lo sé; y la respuesta secundaria es que no somos tan modernos y con una tecnología tan alta como algunos de nosotros pretendemos ser. De hecho, en realidad somos tipos medievales, si nos examinamos fríamente a nosotros mismos. Vivimos bajo todo tipo de tradiciones que tienen miles de años de antigüedad. Somos tribales. Tenemos reyes. Pronunciamos conjuros. Decimos antiguas plegarias en antiguas lenguas. Cantamos con voz fuerte cuando algo nos emociona, y no nos avergonzamos de bailar encima de las mesas a la antigua, exquisita y desinhibida manera de nuestras viejas celebraciones tribales. Creemos en cosas como el deber y la familia y la santidad de los juramentos. Somos gente de intensas lealtades y fuertes pasiones. En pocas palabras, somos absolutamente medievales, triunfalmente medievales. Incluso yo. Incluso ustedes, con todas sus pretensiones modernistas. ¿Por qué no tener una o dos mazmorras? Nunca puedes decir cuándo puede ser útil una mazmorra, incluso en esta época moderna. Especialmente en esta época moderna.

Me instalé en la mía como si fuera la más espléndida suite de hotel de cualquiera de los mundos reales. Casi tenía la impresión de volver a un nido antiguo y familiar. La primera vez que la había visto, hacía décadas, eso era lo que me había parecido. Había sabido de inmediato, entonces, que aquella mazmorra iba a convertirse algún día en mi hogar. Un presentimiento. Un pequeño salto, no raro entre nosotros, a través de los límites del tiempo. Así que cuando me hallé al final tomando posesión del lugar, fue con la sensación de estar cerrando una transacción que llevaba mucho tiempo pendiente en los libros.

No es que mi mazmorra fuera un gran lugar donde vivir. Las mazmorras raras veces lo son. Ésta debía estar a unos seis o siete centímetros por encima de la tabla de agua, por lo que era apropiadamente húmeda y rezumarte. Una corriente subterránea corre por debajo del palacio real de Galgala. La oubliette se asentaba directamente encima. Un delgado hilillo de agua corría por el suelo de piedra en el extremo inferior. Incluso en la semioscuridad el agua lanzaba encantadores reflejos. Arrastraba con ella oro en disolución, como todo en Galgala. Las propias paredes de mi pequeña prisión estaban llenas de oro. Supongo que, si esto fuera la Tierra medieval en vez del fantástico y futurista Galgala, hubiera podido sobornar mi escapatoria de la mazmorra tras pasar treinta años o así extrayendo el oro de las paredes a la luz de mi vela, o algo parecido. Pero esto, al fin y al cabo, era el fantástico y futurista Galgala, donde el oro se halla en todas partes, y mis guardias no estaban más dispuestos a dejarse comprar por el mezquino metal amarillo de lo que lo estarían por un puñado de aire.

Shandor me había prometido serpientes y sapos sierra como compañeros ahí abajo. No trajo los sapos sierra, lo cual le agradecí. Tienen unos pequeños y desagradables dientes barbados, y son unos incómodos compañeros de cuarto. Pero sí obtuve una familia de serpientes, como prometió. Eran esbeltas y verdes y con grandes ojos dorados —el toque Galgala—, y vivían en un nicho en la pared, y salían de tanto en tanto para pasearse por la mazmorra. No parecían peligrosas, ni siquiera poco amistosas, aunque sospecho que las ratas que vivían en los pasadizos detrás de las paredes debían opinar de otro modo. De tanto en tanto una de mis serpientes se dejaba ver con un bulto con forma de rata en la barriga. De hecho, las ratas, con las que Shandor no me había amenazado, eran un engorro considerable. Tenían seis pequeñas patas multi-articuladas como algunos tipos de crustáceos, y pequeños ojos negros como cuentas, y desagradables y luminosos dientes en forma de aguja que brillaban con un color azul violeta en la oscuridad. Ocasionalmente alguna se deslizaba por mi lado cuando estaba intentando dormir, y yo abría los ojos para ver aquella pequeña y fea luminosidad atravesar la oscuridad. Imaginé que si me mostraba lo bastante amistoso con las serpientes, éstas desanimarían a las ratas de pasearse por allí, y eso funcionó bastante bien la mayor parte del tiempo. Las acariciaba y les hacía cosquillas, les ofrecía trocitos de mi comida, les contaba historias del Swatura, les cantaba tristes baladas con mi más hermosa voz. Pese a ello, mis noches no estaban totalmente desprovistas de ratas, y hubo algunos momentos realmente desagradables.

También tenía insectos de formas y tamaños variados, y algo que creí que era una especie de lodoso moho volátil y lo que podían ser protozoos gigantes que corrían en furiosos círculos por las paredes y a veces por encima mío. Tengo una vista maravillosa pero apenas podía verlos, y a veces creía imaginarlos. A veces no. Eran transparentes, con miembros como ruedas. Me hacían estornudar. Los estornudos no eran imaginarios.

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