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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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¿Cómo se volvió así? ¿Fue porque yo estaba mucho tiempo fuera de casa y Esmeralda, bendita sea, era demasiado gentil, demasiado indulgente, para encauzarle de la forma en que tienen que ser encauzados los chicos? No lo sé. Creo que es algo que no debe tener nada que ver con la forma en que fue educado, que simplemente fue alguna maldición arrojada sobre la semilla que lo creó. Esas cosas ocurren. Siempre que estaba en casa —ahora vivíamos casi siempre en Xamur—, él ocupaba toda mi atención. Le enseñé las cosas que mi padre me había enseñado, y cuando parecía necesario llevarlo hasta el camino recto lo llevaba hasta el camino recto del mismo modo que mi padre lo había hecho conmigo. Cuando yo estaba lejos había otros hombres en la familia, sus tíos y primos, para mostrarle el camino recto. De Esmeralda recibía amor y bondad, constantemente. ¿Podía haber alguna madre mejor? Y sin embargo, empecé a oír historias sobre Shandor, cada vez que llegaba a casa desde las estrellas. Sospechaba que me ocultaban lo peor de ellas, pero lo que oía ya era bastante malo. Los animales que había maltratado e incluso mutilado. Su altanería con los sirvientes. Los daños que había causado a los robots de la casa, que al fin y al cabo no estaban completamente exentos de sentimientos. La forma en que abusaba de sus compañeros de juegos, y más tarde de sus hermanos y hermanas más jóvenes.

—Shandor es un problema —me decía la gente. Nadie parecía tener el valor suficiente para decirme —: Shandor es un monstruo.

Nunca les hubiera aceptado esa palabra. Todavía me sentía cegado por mi amor hacia él. Sabía que era malo, pero me decía a mí mismo que sólo era maldad infantil. Cambiaría. Se me reía a la cara, y me decía a mí mismo que cambiaría. Le pegaba, porque era algo que tenía que hacer, y se me seguía riendo a la cara. Y yo lo admiraba por ello. Qué fuerte es, pensaba, qué poco miedo le tiene incluso a su padre. Pero uno de esos días se convertirá en un buen muchacho. No veía la podredumbre que lo recorría de pecho a espalda. Cuando comprendí finalmente lo que era, ya era demasiado tarde para intentar algo al respecto. Y luego perdí toda oportunidad ulterior de hacer nada acerca de Shandor: porque la historia volvió a repetirse, como parece intentar hacer cada vez que miras por un momento en otra dirección. La bancarrota, la dispersión familiar, el exilio, la pérdida de la mujer a la que amaba, la separación de padres e hijos: pasé de nuevo por todas estas cosas, como si no hubiera aprendido la lección la primera vez, Nada de lo que ocurrió fue particularmente culpa mía. ¿Pero y qué? Cuando llega el momento de dar el golpe, al destino no le importa un comino de quién es la culpa.

Lo que ocurrió fue que la familia de Esmeralda vendió un planeta reacondicionado de más. Se trataba de un lugar llamado Varuna, en el sistema solar de una estrella conocida como Corposanto, en alguna parte cerca del Derrame de Jerusalén. La gente de Esmeralda hizo con él un auténtico trabajo. Era un planeta tan miserable que los ríos eran de agua salada y las mariposas tenían aguijones venenosos. Pero lo redecoraron de pies a cabeza, transformándolo mágicamente hasta que fue la cosa más hermosa después de Xamur, y lo vendieron por una suma enorme a un puñado de ansiosos promotores gaje de altos vuelos que tenían intención de subdividirlo en una serie de carísimas propiedades para beneficio de los lores del Imperio.

Creo que en todo este asunto hubo un abrumador exceso de confianza. No sólo los compradores nos pagaron una suma espectacular por Varuna, sino que hicieron sus propios tratos con los compradores imperiales en forma de pagos escalonados a largo plazo, de acuerdo con la antigua tradición de que siempre debes hacerles un trato de favor a los aristócratas, en unas condiciones mucho más ventajosas de las que haces a la gente vulgar. Así se sienten halagados por la aparente generosidad y no se fijan en que el precio está flagrantemente sobrecargado, con tal de no tener que pagar la factura ahora.

Luego las distintas falsificaciones efectuadas en Varuna empezaron a ponerse en evidencia mucho antes de lo previsto, y el planeta volvió a su deplorable estado original al cabo de poco tiempo. Los promotores aún no habían empezado a cobrar de sus ventas, y los lores del Imperio cancelaron inmediatamente sus contratos. Cuando los promotores acudieron a Iriarte para exigir la devolución de su dinero, la gente de Esmeralda les pasó el contrato de venta por las narices. Ved, les dijeron, aquí, la cláusula 22A. No asumimos ninguna responsabilidad por los cambios ambientales que puedan producirse después de la transferencia de propiedad. Los promotores protestaron aduciendo que iban a verse abocados a la bancarrota. La gente de Esmeralda les ofreció su simpatía, como habían hecho otras veces en el pasado en ocasiones similares, y luego se encogieron de hombros y siguieron con lo suyo. Imaginaron que los promotores gaje iban a llevarlos a los tribunales, no sería la primera vez, y que los gaje perderían otra vez su caso —vean, aquí, la cláusula 22A, está muy claro—, y que ahí terminaría el asunto. Esos gaje eran unos estúpidos avarientos.

Pero en vez de acudir a los tribunales, los promotores gaje se limitaron a contratar un ejército de mercenarios e invadieron Iriarte. Ésa parecía ser una táctica mucho más productiva que intentar un litigio legal. Yo estaba fuera en una expedición de un año cuando ocurrió todo esto. Cuando regresé, descubrí que la kumpania de la gente de Esmeralda había sido totalmente borrada del mapa, sus activos y propiedades confiscados por la fuerza, muchos de los miembros de la familia muertos y los supervivientes dispersos en todas direcciones. Esmeralda y todos nuestros hijos se hallaban en Iriarte cuando llegó el ejército de mercenarios. ¿Dónde estaban ahora? Todo el mundo se encogía de hombros. Creemos que están muertos, me dijeron. Sí. Sí, todos muertos.

Me marché desesperado, y tardé mucho tiempo en recuperarme. Todo lo que me había quedado era mi propiedad en Xamur. Me oculté allí por un tiempo, y luego viajé un poco. Hice intentos de localizar a Esmeralda y los niños, pero no conseguí nada. Al cabo de un tiempo me casé de nuevo, y luego otra vez. No fueron buenos matrimonios, pero fueron matrimonios. No tenía intención de vivir solo. Hubo otros hijos, muchos de ellos. Mi primera familia empezó a borrarse de mi mente; la herida sanó.

Finalmente encontré a Jacko Bakth viviendo bajo otro nombre en la Capital, ganándose miserablemente la vida con patéticos engaños a costa de los príncipes imperiales menos perspicaces, y me confirmó que Esmeralda había muerto efectivamente cuando cayeron las primeras bombas de implosión. ¿Mis hijos? También habían muerto. Jacko Bakht parecía también un hombre muerto. Le dejé, y no volví a verle. Supongo que me decía la verdad, porque aunque hice algunas otras investigaciones posteriores nunca volví a saber nada de ellos, ni de Esmeralda ni de los niños. Nadie desaparece por completo en esta galaxia, a menos que esté muerto. Así que debían estar realmente muertos, como había dicho Jacko Bakht.

En realidad, todos menos uno.

Por una monstruosa aberración de la justicia kármica, Shandor había sobrevivido al cataclismo de nuestra familia. Sólo tenía doce años, pero era astuto como el hielo. Fue algunos años más tarde cuando empecé a oír historias acerca del atrevido piloto estelar llamado Shandor. Era un rom, por supuesto, aunque parecía haberse mezclado con un puñado de espectaculares y célebres mujeres, siempre gaje. Ésa era mala señal, que un rom se enredara con mujeres gaje. Las historias que contaban acerca de él eran historias horribles, pero no les presté mucha atención. Había empezado a olvidar a mi hijo primogénito. No se me ocurrió que aquel Shandor pudiera ser mi Shandor. Sin embargo, las historias seguían aumentando. Shandor esto, Shandor aquello, ese piloto lunático que hacía cosas por las que cualquier otro hubiera sido severamente castigado. Lo cual nunca le ocurría a él. La gente parecía admirarle por lo que hacía. Como yo le había admirado por reírse de su padre en la cara cuando intentaba castigarle. En su osadía, en su atrevimiento, aquel Shandor tenía por costumbre aceptar riesgos inaceptables, y en una ocasión —el infame asunto de Djebel Abdullah— había llegado a perder toda una astronave, haciendo que se estrellara en uno de los peores planetas conocidos. Negó cualquier tipo de negligencia. Peor aún, hubo monstruosas acusaciones de que se había producido canibalismo entre los supervivientes, y que él, como oficial superviviente de más alto grado, no sólo no se había opuesto a ello, sino que lo había organizado. Negó eso también.

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