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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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La joven tornó nota mental de mencionarle el incremento de personal a Jonas; no, a Jonas no, a su patrón. Estaba resuelta a no permitir que los recuerdos de la noche anterior se inmiscuyeran en el trabajo, así que los desterró de sus pensamientos con resolución. Deteniéndose un momento en el pequeño vestíbulo ante el despacho, se volvió para mirar el salón de la posada. Estaba totalmente lleno, pues la gente había acudido a la posada atraída por el olor a canela de los panecillos de Hilda.

Estaba a punto de entrar en el despacho cuando un recién llegado entró en la posada. Llevaba una bolsa de viaje y un paquete, y se detuvo justo en el umbral antes de mirar lentamente a su alrededor. Pareció observarlo todo con aire casual.

Em también tomó nota de él. Era un hombre atractivo, mucho más atractivo que el resto de los clientes de la posada, que estaban sentados a un lado del salón.

Dado el escrutinio al que le sometían los vecinos de Colyton, Em estaba segura de que era un extraño. Era un hombre alto y fornido. Tenía el pelo negro, lo suficientemente largo como para que pudiera ser despeinado por el viento, y un rostro apuesto, aunque anguloso y moreno. Em miró la mano con la que sostenía la bolsa de viaje; también estaba bronceada. Supuso que podía ser marino.

No era demasiado viejo, debía de rondar los cuarenta años. La ropa que vestía indicaba que no era un sirviente. Llevaba una chaqueta azul oscuro con un buen corte, un chaleco sencillo y una corbata poco llamativa. Los pantalones eran del mismo color azul oscuro que la chaqueta, pero de un tejido más grueso. Em intuyó que aquellas prendas habían sido confeccionadas por un sastre rural. El hombre -había algo en él que hacía que no le considerara un caballero- provenía sin duda de algún condado cercano.

Tras completar su inspección visual, el extraño se inclinó y cogió el paquete, cuadrado y plano, que había dejado junto al marco de la puerta. Con él bajo el brazo y la bolsa de viaje en la otra mano, se dirigió hacia el mostrador. Saludó a Edgar con la cabeza.

– Buenos días. He oído que hay habitaciones. Si es posible me gustaría alquilar una.

Ocupado en servir una pinta de cerveza, Edgar asintió con la cabeza.

– Sí, creo que aún tenemos una habitación libre. -Miró a Em, arqueando las cejas de manera inquisitiva.

La joven alzó la cabeza, salió de las sombras y se acercó a la barra del bar. Al verla, el desconocido se enderezó. Ella sonrió mientras pasaba junto a Edgar y sacaba el libro de registro que había debajo del mostrador para colocarlo ante el desconocido.

– Buenos días, señor. Está usted de suerte, pues nos queda una habitación libre.

La joven levantó la vista y descubrió que el desconocido tenía los ojos grises. Le devolvió la sonrisa con la mirada clavada en ella.

Era un hombre muy guapo y Era no pudo evitar preguntarse por qué sus sentidos sólo bostezaban. Lo más probable es que Jonas los hubiera dejado agotados.

Sin dejar de sonreír cordialmente al hombre, la joven abrió el libro de registro y lo giró hacia el recién llegado.

– ¿Podría decirme su nombre, señor? -Indicó la columna en la que debería escribir tal información.

– Hadley. William Hadley. -El hombre cogió el lápiz que estaba atado al libro de registro y escribió su nombre antes de firmar a un lado.

Em volvió a girar el libro hacia ella y apuntó la fecha.

– ¿Cuántos días piensa quedarse, señor Hadley?

Le miró, esperando que le dijera que se quedaría un par de días.

– En principio, pensaba quedarme una semana. -La miró a los ojos cuando ella parpadeó-. ¿Hay algún problema?

– No, por supuesto que no -se apresuró a asegurar ella-. Nos encanta que nuestros huéspedes se queden varios días. -Y que los pagaran, claro está. Em hizo cálculos con rapidez-. Pero en ese caso, necesitamos que nos pague cuatro días por adelantado -añadió, y le mencionó la cifra.

Sin titubear, Hadley sacó una bolsita de cuero y extrajo dicha cantidad.

Em aceptó el dinero con una sonrisa, segura ya de que Hadley no era un estafador.

– ¿Tiene negocios en la zona? -le preguntó con naturalidad. Hadley también pareció más relajado.

– Podría decirse que sí. -Señaló el extraño paquete que llevaba con él-. Soy artista. Viajo por todo el país dibujando antiguos monumentos. He oído decir que la iglesia de Colyton es digna de ser visitada y que en ella puedo encontrar algunas de las mejores piezas de arte sacro del país.

– ¿De veras? -Em recordó que las estatuas del interior de la iglesia estaban muy bien trabajadas y que tenía muchísimos detalles intrincados. Esbozó una radiante sonrisa-. En ese caso, espero que su estancia le resulte muy productiva y placentera. Mary, por favor… -llamó a la doncella, que se apresuró a acercarse y hacer una reverencia-, muéstrale la habitación a nuestro huésped. Si necesita algo más señor Hadley, por favor, no dude en avisar a cualquier miembro del personal.

– Gracias, así lo haré.

Hadley la saludó cortésmente con la cabeza, cogió su bolsa de viaje y el paquete. Em reconoció el contorno de un caballete portátil cuando el hombre se giró para seguir a Mary, que le indicó las escaleras con las mejillas sonrojadas.

Hadley atravesó a paso vivo el salón, fijándose en las diversas mujeres reunidas a un lado de la estancia, las cuales le observaban con abierto interés. Curvando los labios en una sonrisa, él las saludó cortésmente con la cabeza.

– Señoras…

En respuesta a esas palabras, se produjo un profundo revuelo. Algunas de las mujeres asintieron con cautela, otras agacharon la cabeza y el resto, simplemente, se le quedó mirando.

Hadley se dio la vuelta y subió las escaleras detrás de Mary. Su público continuó observándole en silencio. Y no fue hasta que él desapareció de la vista en el pasillo de la planta superior, que se escuchó alguna que otra risita tonta.

Em apenas lo notó, pues tenía puesta la atención en otra cosa. No podía dejar de pensar en el exquisito manjar que Hadley le había puesto en bandeja. Si la iglesia era realmente un lugar que atraía a artistas -en especial para pintarla, un pasatiempo que se permitían muchas damas-, quizá su patrón y ella deberían considerar diversas maneras de atraer la atención de las sociedades artísticas. Actividades como pintar estatuas podían realizarse en cualquier época del año. Considerando los beneficios que obtendrían al contar con un flujo constante de huéspedes cuya atracción por la vecindad no dependiera del clima, Em se dirigió a su despacho.

El resto del día transcurrió de manera menos agradable. Harold llegó poco después de que terminaran de servir el almuerzo. Pidió una jarra de cerveza y se sentó a una mesa, dedicándose a lanzar miradas furiosas y amenazadoras a su sobrina cada vez que ésta aparecía.

Oscar se ofreció amablemente a ponerle de patitas en la calle. Em sopesó el ofrecimiento pero al final declinó. Prefería que Harold estuviera donde ella podía vigilarle y no que anduviera por ahí, tramando algo a sus espaldas.

Su tío seguía allí cuando las gemelas bajaron al salón, después de la lección de la tarde, acompañadas de Issy. Mientras bajaba las escaleras delante de sus hermanas, Issy se percató de la presencia de Harold y condujo con rapidez a las gemelas a la cocina, poniendo como excusa los deliciosos bollitos de Hilda. Tras dejarlas bajo la mirada maternal de la cocinera, Issy fue a buscar a Em a su despacho.

Em levantó la cabeza del libro de cuentas y asintió con la cabeza.

– Sí, ya sé que está ahí.

Issy parecía preocupada y un tanto alterada.

– ¿Estás segura de que no te importa que vaya a re unirme con Joshua? No es necesario que vaya si me necesitas aquí.

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