El Sabor de la Tentación
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
Em frunció el ceño, observando cómo aquellos largos dedos descendían por la larga hilera de bocones. Entonces, se reprendió a sí misma y se obligó a pensar.
– ¿Qué ventaja? -se sintió impulsada a preguntar.
El esbozó una amplia y picara sonrisa.
– Que no estaré solo en la cama, tú estarás conmigo.
La joven entrecerró los ojos y volvió a dejar la chaqueta en el respaldo de la silla, justo en ese momento, Jonas terminó de desabrocharse los botones y se quitó el pañuelo y la camisa. Ella abrió mucho los ojos.
– ¡Jonas!
Dejando caer las dos prendas en la silla, él arqueó las cejas.
– ¿Qué?
Jonas seguía teniendo una expresión tierna, pero sus ojos oscuros brillaban con picardía.
Inspirando profundamente, algo que resultaba difícil dada su reacción ante el patente y fascinante despliegue de masculinidad que se mostraba ante ella, señaló el pecho de Jonas y luego el espacio que le: rodeaba.
– No puedes… No podemos. No deberías estar aquí.
– ¿Por qué no?
– Porque, a pesar de lo que ocurrió anoche, esto no puede ser. No voy a ser tu amante. -Em no había tenido tiempo de pensar en la situación, pero eso era algo de lo que estaba segura.
– Por supuesto que no. -Jonas se sentó en la silla y procedió a quitarse las botas y los calcetines-. Estoy totalmente de acuerdo contigo.
Ella clavó los ojos en él.
– Pero… si no quieres que sea tu amante, ¿qué haces aquí?
El arqueó una ceja.
– Después de lo ocurrido anoche, pensaba que ya sabrías la respuesta a esa pregunta.
Em se sintió completamente perdida, pero no pensaba rendirse sin más a él o a su acuciante yo interior. Cruzó los brazos y le dirigió su mirada más severa.
– Aunque entiendo que anoche pude haberte dado una impresión equivocada, no consentiré en convertirme en tu amante ocasional.
Jonas frunció el ceño y abrió la boca para responder, pero ella le silenció con un gesto de su mano.
– No, quiero que me escuches. Al margen de nuestros deseos, esto, tú y yo…, sencillamente, no puede ser. No podemos ceder a nuestras pasiones así porque sí.
El arqueó las cejas lenta e inquisitivamente.
Ella frunció el ceño y apretó los brazos bajo sus pechos.
– Sabes de sobra por qué. Mi reputación quedaría arruinada y, dado que éste es un pueblo pequeño, tú tampoco escaparías de rositas. Y además, los dos estamos intentando que la posada vuelva a recuperar toda su gloria anterior, y cualquier escándalo relacionado con nosotros ahuyentaría de inmediato a todas las mujeres que hemos conseguido atraer aquí. Así que, a pesar de nuestros sentimientos, nuestra reputación y la posada son demasiado importantes, no sólo para nosotros, sino para los demás, para que lo arriesguemos todo sin pensar.
Jonas había entrecerrado los ojos mientras la miraba fijamente.
– Todo eso es cierto -dijo, asintiendo bruscamente con la cabeza.
Ella le miró frunciendo el ceño para sus adentros.
– ¿Así que estás de acuerdo conmigo? -le preguntó con voz tensa.
– No has dicho nada que no haya pensado yo antes.
Desconcertada, Em frunció el ceño.
– Entonces ¿qué haces aquí?
Jonas apretó los labios. Bajó la mirada al suelo y se levantó de la silla.
– Jamás he pensado en convertirte en mi amante, ni mucho menos en mi amante ocasional. Y, aunque todo lo que has dicho es indiscutiblemente cierto, existe una solución muy sencilla para todo esto, una que nos permitirá disfrutar de nuestra relación y también tener todo lo demás.
Ella intentó pensar en algo, pero no se le ocurrió nada.
– ¿Qué solución?
Él la miró directamente a los ojos. Los de él estaban muy oscuros.
– Lo único que tienes que hacer es casarte conmigo y todo estará bien.
El tono con que lo dijo parecía sensato, pero por debajo se percibían fuertes emociones.
– Casarme contigo. -Antes lo había estado mirando con los ojos muy abiertos, pero ahora se le pusieron como platos-. ¿Casarme contigo? Pero… pero… -Jonas le sostuvo la mirada. Ella vio en sus ojos una fuerza y una determinación poderosas que ya había sentido antes. La cabeza comenzó a darle vueltas, y sus pensamientos se sumieron en un absoluto caos. Dijo las primeras palabras que le vinieron a la mente-: ¿Lo dices en serio?
Jonas entrecerró los ojos y éstos parecieron destellar como fragmentos de cristal.
– Siempre lo hago. -Él le examinó la cara y observó la expresión de profundo asombro de Em. Sabía que era sincera y sintió que su temperamento se inflamaba-. Hablo muy en serio. ¿Qué demonios imaginabas que buscaba en ti?
Em parpadeó sin apartar la vista de él.
– Pasión. Deseo. Necesidades incontrolables. ¿Cómo diablos iba a saber que querías casarte conmigo? -La joven abrió los brazos-. ¡Por el amor de Dios, soy tu empleada!
– Se supone que lo sabías porque te dije que te estaba haciendo la corte. -Tensó la mandíbula-. También te señalé que los caballeros como yo no seducen a sus empleadas. -Le tocó la punta de la nariz con un dedo, haciendo que retrocediera un paso-. ¡Y no te molestes en decirme que eres mi posadera! Todos en el pueblo saben muy bien que eres una dama y que lo más probable es que para librarte de tu tío Harold, algo totalmente comprensible, te hayas visto obligada a aceptar el puesto de posadera. Pero nadie cree que seas posadera de verdad; porque no lo eres.
El clavó la mirada en ella. Em se la sostuvo con los ojos brillantes y llenos de incertidumbre. El ceño fruncido recalcaba su confusión. Resultaba evidente que ella no se había dado cuenta de que todos conocían su verdadero origen y no sabía cómo reaccionar ante eso.
Eso último lo hizo vacilar. No entraba en sus planes que ella se negara a ser su esposa.
Aquella mera idea aplacó su temperamento y permitió que la sabiduría de que sería mejor no asustarla ni presionarla de ninguna manera no fuera a ser que la terquedad o la incertidumbre la hicieran pronunciar la palabra «no», inundara su mente. Una vez que Em se negara a casarse, se sentiría obligada a mantenerse firme en su postura y todo resultaría mucho más difícil. Conseguir que se decidiera as: favor era una cosa, conseguir que cambiara de idea era una tarea a la que él no deseaba tener que enfrentarse.
Jonas se enderezó y bajó la mano, lanzando un profundo y sufrido suspiro.
– Em… -se interrumpió, luego arqueó una ceja-, ¿es tu nombre de verdad?
Ella consideró la pregunta y asintió con la cabeza.
– ¿Beauregard?
Em alzó la barbilla.
– También es mi nombre real.
Pero no era su apellido. Em sintió como si hubiera entrado en una realidad completamente diferente. ¿Matrimonio? Revivió mentalmente sus anteriores encuentros, todo lo que Jonas le había dicho, porque a pesar de lo que Em había pensado tenía que reconocer que sí, que él podía haber tenido el matrimonio en mente durante todo el tiempo, pero…
Más segura de sí misma, Em cruzó los brazos, una postura que le hacía sentirse más segura todavía, y frunció profundamente el ceño.
– Nunca me has hablado de eso. Si hubieras pronunciado esas palabras, o algo parecido, me acordaría.
Jonas pareció un poco resentido ante su tono.
– Sí, bueno… -Le sostuvo la mirada, luego hizo una mueca-. Desde el principio supe que quería casarme contigo, pero no acepté esa conclusión de inmediato. Aunque el matrimonio era lo que tenía en mente desde el primer momento, no quise admitirlo, no con palabras, ni ante ti ni ante mí mismo. Hasta que hace una semana me di cuenta de que no podía seguir luchando contra ello ni fingir que tenía otras intenciones contigo.
Él dio un paso adelante, clavando sus ojos oscuros en la cara de Em.
– Pero quiero casarme contigo y ése ha sido siempre mi objetivo. -Volvió a tensar la mandíbula-. Y…
– Y ha sido un error por mi parte, sabiendo como sé que eres un caballero honorable, imaginar que pretendías otra cosa. -Em asintió con la cabeza, aceptando la reprimenda y la más que justificable cólera de Jonas-. Pero… -La joven volvió a examinar los recuerdos de sus anteriores encuentros, antes de centrar la atención en él-. Aunque admito que te alenté, fuiste tú quien me sedujo.