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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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Em cerró el libro y negó con la cabeza.

– No, puedes irte si quieres. Yo me quedaré aquí con nuestros angelitos y me aseguraré de que no hacen nada inapropiado.

Issy solía dirigirse a la rectoría en cuanto acababa con las lecciones de las gemelas. Se reunía allí con Henry y con Joshua, pero por lo general acababa sentada con Joshua en el porche delantero mientras Henry terminaba de hacer los deberes en el interior, luego, su hermano y ella volvían juntos a la posada.

Era todo muy inocente y sincero, e Issy merecía disfrutar de un momento de dicha y paz después de ocuparse de las gemelas durante todo el día.

Em se levantó de la silla y le señaló la puerta.

– Vete, nos las arreglaremos perfectamente sin ti.

Issy hizo una mueca.

– ¿Estás segura?

– Estoy segura. ¡Vete! -le indicó Em con su gesto más severo. Issy se rio y se fue.

Sonriendo, Em la siguió hasta la puerta. Se quedó allí observando a su hermana, que ignoró a Harold por completo -de hecho, sonreía como si nada le preocupara y no hubiera visto allí a su tío- mientras atravesaba el salón y salía por la puerta principal de la posada.

Oculta entre las sombras del pequeño vestíbulo -lugar que había resultado ser muy útil para observar sin ser vista-, Em continuó mirando a su tío hasta que estuvo segura de que éste no iba a seguir a su hermana.

Aliviada ante ese hecho, se encaminó directamente hacia su siguiente responsabilidad…, mantener ocupadas a las gemelas.

En contra de la creencia de Issy, las niñas sí habían visto a Harold, así que Em se pasó las horas siguientes inventando tareas que mantuvieran a sus hermanitas alejadas del salón, donde normalmente solían quedarse al caer la tarde, sentadas ante el fuego de la chimenea mientras escuchaban los chismes de las ancianas y mostraban aquella atractiva apariencia de ni hitas angelicales.

Casi consiguieron volver loca a Em, pero al final la joven salió victoriosa. Sin embargo, le habría venido bien no tener algunos ácidos pensamientos sobre cierto propietario de posada que podría haberle echado una mano.

Para sorpresa de la posadera, dicho dueño tampoco hizo acto de presencia por la noche. Em se había acostumbrado a verle en una esquina de la barra del bar con una jarra de cerveza, que solía durarle toda la velada, charlando con los vecinos y clavando su mirada oscura, en ella cada vez que pasaba delante de él. Em echaba de menos verle a esas horas, eso era todo. Se dijo a sí misma que ésa era la causa de la molesta inquietud que la embargaba -la sensación de que aquello no era correcto- y que se fue incrementando a lo largo de la noche.

Finalmente, Harold se fue después de agasajarse con una copiosa, cena y una botella de vino tinto. Cada, vez que ella le miraba, él la estaba observando con el ceño fruncido. No le agradó ver que regresaba más tarde, cuando había mucha menos gente en el salón. Su tío se acercó al mostrador y pidió un whisky. Edgar la miró y, cuando ella asintió con la cabeza, se lo sirvió. Em sabía que Harold no era dado a la bebida, así que tomar una copa no le afectaría en absoluto.

No lo hizo, pero… La sensación de ansiedad que embargaba a Em creció al notar que él no sólo dirigía su malévola mirada hacia ella, sino también al resto de los clientes.

Estaba esperando a que se marcharan todos para poder acercarse a ella. Y, por una vez, su caballero de brillante armadura no estaba presente.

Según se acercaba la hora de cerrar, Em cambió de opinión sobre los caballeros de brillante armadura. Se fue sintiendo cada vez más tensa mientras esperaba que llegara el momento en que se fuera el último cliente y Harold hiciera su movimiento. ¿De qué se trataría esta vez? Sin embargo, al final, la estratagema de Harold fue derrotada por la alianza de los vecinos del pueblo, quienes, sospechando que el tío de Em tenía intención de quedarse allí hasta la hora de cerrar, se acercaron a él para hacerle cambiar de opinión. Conducidos por Oscar, que algunas veces era locuaz y otras beligerante, rodearon a Harold y se ofrecieron a invitarle a una pinta de cerveza mientras departían afablemente con él, luego, cuando Harold declinó la invitación, procedieron a regalarle, los oídos con los hechos más interesantes de sus vidas.

Cuando se hizo evidente que iban a continuar así un buen rato, toda la vida si fuera necesario, Harold se rindió y, tras lanzarle una mirada furiosa a su sobrina, se marchó.

Todos lanzaron un suspiro de alivio. Em les dio las gracias a sus inesperados salvadores y les prometió invitarles a una jarra de cerveza al día siguiente. En cuanto los últimos clientes salieron de la posada, Edgar echó la llave a la puerta y también se marchó a su casa.

Cuando al fin se quedó sola, Em lanzó un profundo suspiro, cogió una lámpara y se dirigió hacia las escaleras.

A su habitación vacía, con una cama igual de vacía.

Mientras subía las escaleras, intentó convencerse a sí misma de que así era como debía ser. Como sería siempre.

Alguna parte de su ser -la parte Colyton- soltó un gruñido, enfurruñada y contrariada ante tal pensamiento. Entró en sus aposentos, cerró la puerta y, tras subir la intensidad de la luz de la lámpara que Issy había dejado encendida en el tocador para ella, cruzó la salita en dirección al dormitorio. No quería tener que pensar en nada, pero no podía evitar considerar que aquella tensa tarde habría sido mucho menos sombría, mucho menos fatigosa y desapacible, si Jonas hubiera estado allí con ella.

Se habría sentido mucho más segura, más confiada, y no tan vigilante y recelosa.

– ¡Tonterías!

Haciendo una mueca, se sentó delante del tocador, encendió las dos lámparas que flanqueaban el espejo y comenzó a quitarse las horquillas del pelo. Por la mañana había tenido que buscarlas por todas partes; la mayoría estaban desperdigadas por el suelo y la cama.

Acababa de soltarse el pelo y empezaba a deshacerse las trenzas, cuando oyó que chirriaba un escalón de las escaleras.

El corazón le dio un vuelco, pero entonces escuchó unos pasos firmes y recordó que ahora tenían huéspedes en la posada. Uno de ellos debía de haber bajado las escaleras, pero ¿por qué?

Antes de que pudiera comenzar a imaginarse historias truculentas, escuchó un leve golpe en la puerta de la salita.

Frunciendo el ceño, se levantó y se acercó a la puerta que comunicaba el dormitorio con la salita, y se quedó paralizada en el umbral cuando vio que la puerta se abría lentamente.

Entró Jonas.

Él la vio, sonrió y cerró la puerta… con llave. Luego se acercó a ella.

Em parpadeó y se estremeció ante la agitación de sus sentidos. Frunció el ceño cuando él se acercó.

– ¿Qué estás haciendo aquí?

Jonas arqueó las cejas. Se detuvo ante ella y, poniéndole las manos en la cintura, la llevó de vuelta al dormitorio. Em se dio cuenta de sus intenciones e intentó clavar los talones en el suelo, pero para entonces ya había entrado en la habitación, y él con ella.

Jonas cerró la puerta de un puntapié. Con una tierna expresión en la cara, le sostuvo la mirada.

– ¿Dónde iba a estar si no?

Ella lanzó una mirada mordaz al reloj.

– ¿En tu habitación en Grange?

Jonas negó con la cabeza. Curvó los labios y se dio la vuelta mientras se quitaba la chaqueta para depositarla cuidadosamente en el respaldo de una silla.

– Es hora de acostarse.

– ¡Precisamente por eso! -Em se acercó a la silla, recogió la chaqueta y se la tendió para que volviera a ponérsela-. Deberías irte a tu casa, a tu habitación y a tu cama.

Jonas miró la chaqueta, luego levantó la vista a la cara de Em sin dejar de desabrocharse los puños de la camisa.

– Prefiero esta habitación… y tu cama. Tiene una gran ventaja sobre la mía. -Tras soltarse los puños, comenzó a desabrocharse los demás botones de la camisa.

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