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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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Para controlarla, cierto, pero Em sabía que en este caso necesitaba que la guiara. Necesitaba que él le indicara el camino a seguir.

Necesitaba que le quitara suavemente el vestido, la camisola, que le acariciara la piel con las manos, con los dedos. Y que le hiciera arder todavía más.

Quería quemarse, brillar con más fuerza, con más deseo, calmar ese vacío en su interior que suplicaba ser llenado.

Que suplicaba porque él lo llenara. Em necesitaba que la llenara, que la reclamara, que la tomara…, que le enseñara todo.

Jonas actuaba sin prisa pero sin pausa. Ella intentó apresurarle sin palabras, pero él se mantuvo firme negándose, de una manera implacable y decidida, a incrementar el ritmo.

Em no podía quejarse. Él le había dado todo lo que ella le había pedido, y mucho más de lo que había exigido. Pero la joven no estaba dispuesta a renunciar al desconocido placer que él iba a ofrecerle… Porque todo era placer, sensaciones puras y brillantes, mientras descubría la pasión y el deseo entre los brazos de Jonas.

Él se obligó a no apresurarse, a no permitir que su yo más carnal se dejara llevar por la lujuria, no quiso aceptar las invitaciones que ella le ofrecía; sin duda habría sido el camino más fácil, pero habría tenido que sacrificar parte de la satisfacción de Em y, por último, la de ambos. Y Jonas no estaba dispuesto a cometer tal error. Él creía que su meta, su objetivo, estaba delante de él y se aferró a esa idea enfrentándose a la patente aceptación de Em hacia cualquier cosa que él quisiera hacer. La joven aceptaba cada caricia, cada beso, cada evocativa presión como una hurí, y buscaba, casi luchaba, responder de la misma manera. Pero él sabía muy bien que ella no tenía ni idea de lo que estaba haciendo al invitarle de esa manera tan flagrante, pues sin importar su seguridad en sí misma, su voluntad y su determinación, era la primera vez que Em yacía entre los brazos de un hombre.

Así que Jonas la exploró lentamente, y la parte más sabia, más madura y más sofisticada de él se recreó en el acto. Lenta y certeramente disfrutó del tiempo que se tomó para examinarla y saborearla, para tentarla antes de entregarse al lujo cada vez más evocador de las caricias.

Les contuvo a ambos, sujetando con mano cruel las riendas de los dos, para conducirles a través de un tortuoso camino. Con un paso lento, pero constante, donde cada toque, cada firme caricia, eran correspondidos, donde cada jadeo, cada gemido que arrancaba de ella, eran apreciados por completo, tanto por él como por ella.

Deseaba a Em más que a ninguna mujer que hubiera conocido… La deseaba completa y absolutamente, más allá de toda lógica. Y parte de ese deseo, de ese anhelo devorador, era que ella lo deseara de la misma manera.

Así que los largos momentos que pasaron sumergidos en esa previa estimulación sexual fueron para él no sólo una sabia decisión, sino una necesaria inversión. El esfuerzo que hizo Jonas por mantener sus demonios bajo control, para no rendirse y tomarla en ese mismo instante, fue el precio que tuvo que pagar por la perfección.

Para lograr una perfecta introducción en la intimidad.

Para ella. Con ella.

Para todo lo que él quería que ese momento significara.

Cuando finalmente Jonas se retiró para quitarse los zapatos y los pantalones, Em estaba ardiendo, caliente, inquieta casi hasta la desesperación, con su cuerpo y las largas extremidades desnudos, ruborizados y húmedos de deseo. Luego él la alzó sobre la cama y la colocó sobre el cubrecama para unirse a ella.

Con los ojos color avellana, brillando y ardiendo de pura pasión, destellando entrecerrados; con los labios, hinchados y húmedos por los besos, con la piel sonrojada y caliente, con los pechos tensos e hinchados y los duros brotes erguidos, Em alargó los brazos hacia él. Jonas permitió que lo abrazara, que lo estrechara contra su cuerpo mientras descendía sobre ella.

Jonas le separó los muslos con los suyos, colocándose entre ellos. Em se contoneó para alojarle. La erección era una barra pesada y rígida cuando buscó la entrada en el cuerpo femenino con la bulbosa cabeza.

Cuando sintió ese contacto, ella se tensó, cerró los ojos y contuvo el aliento, estremeciéndose. Luego, soltó el aire lentamente y se relajó poco a poco.

Dejó que el calor, la necesidad y la pasión tomaran el control y, sabiendo lo que vendría a continuación, se hundió en ese mar caliente.

«¿Estás segura?» Las palabras ardieron en la lengua de Jonas, pero al observar la cara de Em vio, leyó y percibió, debajo del rubor provocado por la pasión, su determinación, su valor y su deseo inquebrantable, tan lejos de la reticencia y las dudas, que la muda pregunta le pareció redundante.

Incluso insultante.

Ella había tomado una decisión y estaba allí, desnuda bajo su cuerpo, preparada y dispuesta a acogerlo en su interior.

Así que Jonas inclinó la cabeza y le cubrió los labios con los suyos para llenar su boca, envolviéndola en una oleada de calor llena de pasión compartida. Luego, flexionó la columna y entró lentamente en ella.

Em respiró hondo y contuvo el aliento mientras Jonas la penetraba, luchando por no tensarse cuando él se hundió profundamente en su cuerpo, cuando la presión creció y Jonas la invadió, tomándola poco a poco, poseyéndola centímetro a centímetro, reclamándola por completo.

Y es que sólo esas palabras -poseer, tomar, reclamar- que ahora llenaban su mente podían definir las excitantes y novedosas sensaciones que la envolvían. Em le agarró por la parte superior de los brazos, clavándole las uñas en la piel, aferrándose a él mientras esperaba y arqueaba instintivamente la espalda. La sensación de la erección empujando dentro de su cuerpo no era como la anterior intrusión de su dedo. Esto era más…, mucho más cautivador.

En ese momento, Em sintió una leve resistencia en su interior. Jonas vaciló, pero comenzó a besarla de una manera tan voraz e insaciable que ella dejó de pensar y se centró en la unión de sus bocas, en responder a su beso y en apaciguar la fogosa exigencia de sus labios.

Jonas se retiró sólo un poco antes de volver a hundirse en ella con un poderoso e implacable envite. Pendiente del beso, Em no se dio cuenta hasta que notó un dolor abrasador, lo suficientemente doloroso para hacerla estremecer y tensarse, pero la sensación se convirtió con rapidez en una mera incomodidad y Em se relajó casi al instante. Luego, una oleada de pura conciencia sexual la alcanzó y la inundó hasta consumirla, haciendo desaparecer todo lo demás. Comenzó a hormiguearle la piel, sintiendo cómo cobraba vida cada poro, cada nervio tenso, cuando finalmente se percató, cuando finalmente experimentó la realidad de tenerle enterrado profundamente en su interior.

De tener el cuerpo de Jonas tan íntima y completamente unido al de ella.

Jonas se quedó quieto, aunque Em no supo si por el impacto del acto o para saborear aquel momento, pero aquel instante de silencio le pareció demasiado precioso, como una perfecta gota de rocío colgando un momento antes de caer. Algo precioso que sólo duró un instante suspendido en el tiempo.

El momento pasó. Jonas murmuró su nombre contra sus labios con un tono inquisitivo y gutural. Ella le besó en respuesta. Entonces, de manera inconsciente, se movió alentadoramente debajo de él, esperando que le enseñara más.

Él contuvo el aliento, se retiró y, con un movimiento lento y cuidadoso, volvió a empujar en su interior. Esa vez no hubo dolor; Em arqueó las caderas debajo de él y trató de tranquilizarle con un beso.

Adaptándose a ella en cada movimiento, en cada aliento, en cada latido, Jonas recibió el mensaje de Em con inmenso alivio. Aflojó aquel desesperado control que imponía a su cuerpo y soltó, metafóricamente hablando, las riendas, dejándose llevar por el familiar y primitivo baile.

Ella respondió de inmediato, aprendiendo con rapidez el ritmo de cada empuje y cada retirada. Y pronto, demasiado pronto quizá, comenzó a experimentar por su cuenta, moviendo las caderas para tomarle más profundamente en su interior, tensando los músculos internos de su ardiente funda para ceñirle con más fuerza.

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