El Sabor de la Tentación
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
Antes de que pudiera incorporarse, ella se movió, levantó una mano y le agarró por la solapa de la chaqueta, reteniéndolo con los labios a un aliento de los de él. Luego abrió los ojos y, con la mirada todavía obnubilada por el placentero rito de iniciación, le estudió la cara.
Entrecerró los ojos un poco al percibir la intención de Jonas, algo con lo que no estaba de acuerdo. En ese momento, la joven inclinó la cabeza y lo miró fijamente a los ojos.
– Quiero que me enseñes más. Todo. Ahora.
Su voz era como un seductor canto de sirena, pero por debajo del sugerente tono se percibía claramente su determinación y su decisión.
Muy claras para él. Tras indagar durante un breve instante en los ojos de Em para confirmar que no estaba soñando, Jonas tensó la mano con que le sujetaba la cintura y se inclinó hacia delante.
Pero…
Con los labios casi pegados a los de ella, vaciló.
– ¿Estás segura? ¿Absolutamente segura? -se vio obligado a preguntarle con voz ronca y áspera que resultó casi un incomprensible gruñido.
A escasos centímetros, sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada. Con tan poco espacio entre ellos, no podían ocultarse nada en absoluto. Se escrutaron las miradas mutuamente. El sintió más que vio la sonrisa de Em, y detectó una emoción que hizo que le diera vueltas la cabeza.
– Sí -susurró ella-. Estoy segura. -Fue Em quien borró la distancia entre ellos. Tenía los labios curvados cuando rozó los de él, y Jor.as sintió su aliento en los suyos cuando por fin susurró-: Estoy absolutamente segura.
Se besaron sin que uno dominara al otro durante un buen rato, compartiendo lo todo.
Entonces, Em alargó la mano libre para cogerle la otra solapa y, sin soltarle, se dejó caer en la cama, obligándole a tumbarse encima de ella.
Con un enorme esfuerzo, él logró inclinarse y aterrizar al lado de Em.
Ella se giró sobre la cama para mirarle. Volvió a capturarle los labios con los suyos y le besó con tal ferocidad que en un minuto lo convirtió en su esclavo, haciendo que se abandonara completa y absolutamente a ella.
Pero entonces Em se retorció un poco más, intentando acercarse más. Se levantó las faldas y deslizó los muslos sobre los de él logrando despertar los demonios de Jonas y urgirlo a subir a las alturas.
Luego le rozó la ingle con un suave contoneo de cadera.
El aspiró bruscamente y dejó de concentrarse en sus labios y su boca, mientras sus manos reclamaban por voluntad propia los pechos desnudos de Em. A pesar de la niebla de deseo que le embotaba el cerebro, él se dio cuenta con aturdimiento de que ella tenía algunas nociones básicas del acto físico, aunque esos principios básicos no iban a llevarlos a donde él quería.
Esa era la primera vez de Em, y las primeras veces tenían que ser absolutamente perfectas. En especial la de ella con él, ya que tenía intención de que se convirtiera en un ejercicio habitual. Así que asumió el mando.
Sin embargo, le sorprendió descubrir que tenía que hacer un gran esfuerzo para lograrlo.
De nuevo tuvo que inclinarse sobre ella y tumbarla en la cama, usando su peso para doblegarla. Aun así, cuando Em yació inmóvil bajo él, continuó tirando de él y forcejeando con su chaqueta, tratando de deslizársela por los hombros, aunque en la posición en la que se encontraba era algo que, simplemente, no podía hacer.
El se sumergió en el beso, dejando que aflorara su hambre y su ardor. Aunque ella se lo permitió y le correspondió, invitándole a seguir, no dejó de tirar de la prenda.
Mascullando una maldición, Jonas se retiró bruscamente, interrumpiendo el beso para incorporarse. Comenzó a quitarse la chaqueta, deslizándola por los hombros mientras inmovilizaba a Em con una mirada dominante.
– Estate quieta. No te muevas.
Jonas se puso en pie y rápidamente se quitó la chaqueta, el chaleco, la corbata hasta que finalmente comenzó a desabrocharse los botones de la camisa.
Em le observó, cerrando los dedos instintivamente mientras aguardaba con suma impaciencia por tocarle la piel desnuda. Las manos de Jonas la habían hecho vibrar y ella quería devolverle el favor y ver hasta dónde le conducía aquello. Ver si sus caricias le hacían sentirse tan impotente, tan lascivo y lleno de deseo, como cuando él la acariciaba a ella. Quería aprender más… Quería aprenderlo todo ya.
Cuando un momento antes Jonas la inundó de placer, haciéndola florecer y estallar en un éxtasis arrebatador, Em experimentó un instante de cegadora y sorprendente claridad.
Él era apropiado para ella. Y Em necesitaba saber, entender por qué.
Necesitaba saber todo sobre eso.
¿De qué otro modo podía estar segura? ¿De qué otro modo podía saber? ¿Con quién más podía aprender?
Era Jonas, ahí y ahora, o nunca. O eso era lo que creía su alma Colyton.
«¿Estás segura?», le había preguntado él. Sí, había respondido ella, que nunca se había sentido más segura de algo en toda su vida.
Así que Em esperó, con la respiración entrecortada y ahogada, examinando con ojos ávidos y codiciosos la piel bronceada que quedaba a la vista, los músculos esculpidos de su pecho, las cordilleras de su abdomen, observando y empapándose de cada detalle de ese cuerpo recio. La anchura de sus hombros hizo que le hormiguearan las palmas de las manos por el deseo de tocarle. Quería recorrer con sus dedos cada centímetro de su piel, explorar la textura áspera del vello que le salpicaba el pecho, que descendía por su estómago para finalmente perderse bajo la cinturilla del pantalón.
Em levantó la vista y lo miró a los ojos, observando que él se había dado cuenta de que seguía el tentador rastro descendente. Los ojos de Jonas eran dos lagunas oscuras en las que ella podía perderse con facilidad, que contenían tanto ardor como para fundir el acero.
Él soltó la camisa y, sin ni siquiera mirar dónde caía, regresó al lado de Em. Se inclinó sobre ella, con los muslos a ambos lados de las caderas femeninas, y se apoyó en los codos y antebrazos, aprisionándola con su cuerpo.
Con las manos, grandes y firmes pero infinitamente suaves, le encerró la cara. La miró directamente a los ojos e inclinó la cabeza.
Antes de que él pudiera besarla, de que le robara la capacidad de pensar y le nublara la mente, ella respiró hondo y le puso las palmas de las manos en el pecho para detenerle.
El podría haber ignorado el gesto, pero no lo hizo. Se detuvo y bajó la mirada hacia ella. Em observó la curiosidad en la cara de Jonas, quería saber qué era lo que ella deseaba, lo que pretendía.
Em curvó los labios en una sonrisa y se lo demostró. Permitió que sus manos se deslizaran de una manera tentadora por el pecho de Jonas, y fue recompensada con un suave siseo de aprecio. Al alcanzar los hombros, ella apretó las palmas con más fuerza contra su piel, maravillándose de la elasticidad de ésta, del contraste de la piel cálida y suave con respecto a los tensos, duros, fuertes e inflexibles músculos.
El pecho de Jonas era un festín para sus manos. Em dejó que sus dedos vagaran y exploraran, absorbiendo todo con los sentidos. Entonces, llevó las manos más abajo, trazando con los dedos las fascinantes cordilleras de su abdomen, las tensas bandas de músculo que casi se estremecían bajo su contacto.
Em siguió explorando más abajo, pero él la detuvo, atrapándole primero una mano y luego la otra, alzándolas hasta los hombros, donde las retuvo cuando se inclinó y la besó, haciéndola separar los labios para llenar su boca mientras le aplastaba los pechos con el torso.
Los sentidos de Em brincaron, se regocijaron, se estremecieron; sus terminaciones nerviosas se calentaron hasta quemarse.
Toda ella ardió. No sólo sus nervios, sino también la piel donde él la tocaba, no sólo sus pechos, sino todo el cuerpo.
Y esta vez la llama fue más ardiente, más profunda, más grande e intensa. Más exigente… porque él era más exigente, más dominante mientras le llenaba la boca, devastándole los sentidos, y estableciendo las reglas de aquel excitante juego.