El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
El joven se daba cuenta de que en la mente de Kahlan se libraba una batalla constante. A veces, cuando sentía que se estaba acercando a ella, veía dolor y miedo en sus ojos. Pronto estarían en la Tierra Central, donde la gente la conocía. Pero Richard quería que fuese ella misma quien se lo dijera; no quería enterarse por boca de otra persona. Si no se lo decía pronto, tendría que preguntárselo. Aunque no le gustara tendría que preguntárselo.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que llevaban más de cuatro horas avanzando por el sendero. La lluvia había empapado el bosque y los árboles eran una masa oscura en la niebla. El musgo crecía exuberante y lozano en los troncos, sobresalía de la corteza de los árboles y formaba montículos redondos, verdes y esponjosos en el suelo. El liquen que crecía sobre las rocas brillaba con una intensa coloración amarilla y rojiza en medio de tanta humedad. En algunos lugares el agua corría por el sendero, formando un arroyo. Las varas de la parihuela en la que viajaba Zedd salpicaban agua y se arrastraban sobre piedras y raíces. La cabeza del pobre hombre se balanceaba de un lado al otro en los tramos más escabrosos, y sus pies se mantenían a muy pocos centímetros del agua cuando cruzaban los arroyos formados por la lluvia.
Richard percibió el agradable olor de humo de madera, concretamente de abedul. El joven se dio cuenta de que la zona en la que habían entrado era distinta. Externamente no se apreciaban cambios, pero era distinta. La lluvia caía en un reverente silencio hacia el bosque. De algún modo el lugar parecía sagrado. Richard se sentía como un intruso que perturbara una paz eterna. Quería decir algo a Kahlan pero pensó que hablar sería un sacrilegio. Entonces comprendió por qué los hombres de la taberna no se atrevían a ir allí; su presencia sería una violación.
Llegaron a una casa situada junto al sendero que armonizaba tan bien con el entorno que era casi invisible. Una rizada voluta de humo salía de la chimenea y se elevaba en el brumoso aire. Los troncos que formaban las paredes se veían desgastados por la acción de los elementos y también viejos, a juego con el color de los árboles de alrededor. La casa parecía haber brotado del mismo suelo del bosque, con altos árboles alrededor que la protegían. El tejado estaba cubierto de helechos. Otro tejado, más pequeño e inclinado, cubría una puerta y un porche en el que sólo cabrían dos o tres personas de pie. En la parte de delante se abría una ventana de cuatro cristales, y otra a un lado de la casa. Ninguna de ellas tenía cortinas.
Enfrente de la vieja casa los helechos se inclinaban y asentían cuando el agua que goteaba de los árboles les caía encima. Gracias a la humedad su característico color verde pálido y polvoriento se había tornado brillante. Un estrecho sendero se abría paso entre ellos.
En el centro de los helechos y del sendero había una mujer más alta que Kahlan, pero más baja que Richard. Llevaba una sencilla túnica marrón de basto tejido con símbolos y adornos rojos y amarillos en el cuello. Tenía un hermoso cabello negro y gris, liso, con raya en medio y cortado a la altura de su pronunciada mandíbula. Pese a la edad, su curtido semblante aún era bello. La mujer se apoyaba en una muleta; sólo tenía un pie. Richard detuvo lentamente los caballos frente a ella.
Los ojos de la mujer eran completamente blancos.
—Yo soy Adie. ¿Quiénes sois? —Richard se estremeció al oír esa voz dura, ronca y áspera.
—Cuatro amigos —contestó el joven en tono respetuoso. La suave lluvia caía con un tamborileo callado y suave. Richard esperó.
El rostro de la anciana estaba surcado por finas arrugas. Retiró la muleta del sobaco y cruzó sus delgadas manos encima de ella, apoyándose. Los finos labios de la mujer esbozaron una ligera sonrisa.
—Un amigo —dijo con su voz rasposa—. Tres personas peligrosas. Yo decido si son amigos. —Adie asintió para sí misma.
Richard y Kahlan intercambiaron una furtiva mirada. El joven se puso en guardia. Se sentía incómodo montado en el caballo, como si hablar a Adie desde una posición más elevada sugiriera una falta de respeto hacia ella. Así pues desmontó y Kahlan lo imitó. Con las riendas del caballo en la mano, Richard se colocó frente al animal, con Kahlan a su lado.
—Me llamo Richard Cypher, y ésta es mi amiga, Kahlan Amnell.
La anciana escrutó la faz del joven con sus blancos ojos. Richard no tenía ni idea de si podía ver, aunque no le parecía posible. Entonces Adie se volvió hacia Kahlan. La áspera voz de la anciana dijo unas palabras en un lenguaje que Richard no pudo entender. Kahlan sostuvo la mirada de Adie y le dirigió una ligera inclinación de cabeza.
Había sido un saludo. Un saludo deferente. Richard no había reconocido las palabrasKahlanoAmnell.Los pelillos de la nuca del joven se le erizaron.
La anciana se había dirigido a Kahlan por su título.
Richard había pasado el suficiente tiempo con Kahlan para darse cuenta de que, por su porte —con la espalda muy recta y la cabeza erguida demostrando seguridad en sí misma—, estaba en guardia. La cosa iba en serio. Si fuese una gata tendría el lomo arqueado y el pelo erizado. Las mujeres se encararon; de momento ambas olvidaron la edad. Cada una tomaba la medida a la otra por cualidades que Richard no podía ver. Adie podía hacerles daño y él sabía que la espada no iba a protegerlos.
—Di qué necesitas, Richard Cypher —le dijo Adie.
—Necesitamos tu ayuda.
—Cierto —replicó la anciana, inclinando repetidamente la cabeza.
—Nuestros amigos están heridos. Uno, Dell Marcafierro, me dijo que era amigo tuyo.
—Cierto —repitió Adie con su áspera voz.
—Otro hombre, en Puerto Sur, nos dijo que quizá tú podrías ayudarlos. A cambio te hemos traído provisiones. Pensamos que lo justo sería ofrecerte algo.
—¡Mentira! —Adie se inclinó hacia adelante y golpeó una vez la muleta contra el suelo. Tanto Richard como Kahlan se echaron hacia atrás. Richard no sabía qué decir. Adie esperaba.
—Es verdad. Las provisiones están justo aquí. —Se dio media vuelta y señaló el caballo de Chase—. Pensamos que lo justo...
—¡Mentira! —La anciana golpeó de nuevo el suelo con la muleta.
Richard cruzó los brazos en el pecho; empezaba a perder los estribos. Sus amigos se estaban muriendo mientras él perdía el tiempo con esa mujer.
—¿Qué es mentira? —preguntó.
—No «pensamos». —Nuevo golpe de muleta—. Tú piensas en traerme provisiones. Tú decides hacerlo. No tú y Kahlan. «Pensamos» mentira, «pensé» verdad.
—¿Y qué importancia tiene? —Richard descruzó los brazos y los colocó a ambos costados del cuerpo—. «Yo», «nosotros», ¿qué más da?
—«Yo» verdad y «nosotros» mentira —replicó Adie, mirándolo fijamente—. ¿Puede haber mayor diferencia?
—Supongo que Chase pasaría un mal rato contándote sus aventuras —comentó el joven, volviendo a cruzar los brazos y frunciendo el entrecejo.
—Cierto. —Adie asintió y sus labios esbozaron de nuevo una débil sonrisa. Entonces se inclinó más hacia él y, con un gesto de la mano, le dijo—: Lleva a tus amigos adentro.
La anciana dio media vuelta, se volvió a encajar la muleta en el sobaco y se encaminó dificultosamente hacia la casa. Después de intercambiar una mirada, Richard y Kahlan fueron a por Chase. Retiraron las mantas, Kahlan lo cogió por los pies y el joven cargó con la parte más pesada. Tan pronto como cruzaron el dintel, arrastrando al guardián, Richard descubrió por qué a Adie la llamaban la mujer de los huesos.
Huesos de todo tipo destacaban en las paredes oscuras. Todas las paredes estaban cubiertas con ellos. En una había estantes que aguantaban cráneos. Eran cráneos de animales que Richard no reconoció. Muchos tenían colmillos largos y curvados y ofrecían un aspecto aterrador. «Al menos ninguno es humano», pensó. Algunos huesos componían collares. Otros estaban decorados con plumas y cuentas de colores y rodeados por círculos trazados con tiza en la pared. En una esquina había una pila de huesos, que por estar amontonados parecían carecer de importancia. Por el contrario, los otros eran exhibidos en las paredes con mimo, dejando espacio entre ellos como para resaltar su importancia. Sobre la repisa de la chimenea se veía una costilla tan gruesa como uno de los brazos de Richard, con símbolos que el joven no reconoció grabados en líneas oscuras de un extremo al otro. Eran tantos los huesos blanqueados que veía a su alrededor que el joven se sentía como si hubiera entrado en el estómago de una bestia muerta.