La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– De acuerdo -aceptó la consejera-. Pero estaremos pendientes de sus acciones.
Uno de los dragones abrió la puerta y me franqueó el paso al interior de la celda.
El lugar estaba muy limpio, las paredes eran blancas y todo el techo parecía irradiar luz, quizá del exterior. Ibn-Abdalá disponía incluso de una silla y una litera de aspecto cómodo; si se sentaba en el suelo era porque él así lo quería.
Pero, en lo esencial, aquella habitación no se diferenciaba de cualquier otra mazmorra; una puerta cerrada y guardias armados vigilándole desde el otro lado.
Ibn-Abdalá levantó los ojos del suelo y me miró.
No fui capaz de interpretar la expresión de su rostro. Parecía aburrido, triste o cansado. Arrastré la silla hasta colocarla frente a él y me senté. Yo sí que me sentía fatigado; llevaba el brazo apretado contra el pecho con una cinta de tela. Y me dolía a pesar de todas las drogas que me habían dado.
– Tengo la sensación de haberte encontrado varias veces en diferentes etapas de mi viaje -empecé-. Y en cada ocasión tu aspecto era distinto.
Una chispa de interés cruzó por los ojos de Ibn-Abdalá.
– Esa impresión es básicamente correcta -dijo.
Asentí, y seguí hablando:
– Tú eras ese decrépito anciano en el poblado gog, y el león que me habló junto a la costa del mar de los Jázaros. Y ahora eres un culto viajero sarraceno. Eres todos ellos y no eres ninguno; dime, ¿queda algo de la auténtica persona que fue Ibn-Abdalá antes de que el Mal lo poseyera?
– Muy poco, me temo. Tan sólo datos de interés para mí; hechos y vivencias.
– Y ése podría haber sido también mi final. ¿O no lo tenías planeado así?
Ibn-Abdalá chasqueó la lengua.
– Eres demasiado viejo; tu cuerpo no habría sobrevivido en ningún caso a la transformación, pero yo sabía que ellos no buscarían más una vez sacaran el rexinoos de tu interior.
– ¿Quién eres? -pregunté conteniendo mi horror.
Ibn-Abdalá sonrió.
– Me preguntas algo que crees saber con certeza.
– ¿Puedes leer mis pensamientos?
– No sin el vínculo que te fue extirpado. Pero me hablaste en muchas ocasiones sobre quién pensabas que yo era; Satanás, ¿no es así?
– ¿O tan sólo un demonio secundario? -dije.
Ibn-Abdalá se encogió de hombros.
– ¿Eso es importante para ti? ¿Te sentirías decepcionado si así fuese?
– ¿Por qué hablas conmigo?
Ibn-Abdalá me miró impasible.
– Me resulta agradable tu persona. Tuve ocasión de echar un vistazo a todos tus recuerdos cuando estuve dentro de ti. Amaste a una mujer, y eso cambió tu vida. Esto es muy extraño, porque las hembras parecen tener muy poca importancia en tu sociedad. ¿Puedes explicármelo?
Yo no estaba dispuesto a seguir por ahí.
– Admites entonces que eres un ser infernal -dije.
– Ahora mismo pareces más interesado que horrorizado -dijo Ibn-Abdalá observándome con interés-. Vuestros antepasados simiescos han dotado a tu raza de una característica curiosidad innata; pero en tu caso ese rasgo es especialmente destacado. Dime, Ramón, ¿qué no harías por aprender algo nuevo?
– No te vendería mi alma.
Ibn-Abdalá sonrió.
– No se me había pasado por la cabeza, la verdad. Puedes quedártela toda para ti. -Y añadió a continuación-: ¿Te han contado los ciudadanos lo que piensan que soy?
– Ellos te consideran un ser nacido en otro mundo.
– Pero tú no les crees, por supuesto. No te has dejado impresionar por toda esta maravillosa ciudad, ¿verdad? Ellos no pueden saberlo todo; porque, si así fuera, no estarían ahora tras esa puerta, escuchando con interés cada palabra que decimos. Y tú sientes curiosidad, pero tampoco dudas sobre cuál es mi verdadera naturaleza; ya has decidido que soy la mismísima encarnación del Mal, y que sólo merezco la destrucción. Pero te equivocas tanto como ellos; todos os equivocáis.
Me esforcé en sonreír con cinismo.
– ¿Quién eres entonces; nuestro benefactor?
– Vuestro bien me interesa tan poco como vuestra condena; os he visto medrar; reproduciros como gusanos, llenar mi mundo con vuestra descendencia bastarda.
– ¿Tu mundo?
– No soy una criatura sobrenatural como tú crees. Tampoco un ser de otro planeta, como afirma la gente de Apeiron. Llevo mucho más tiempo que vosotros en este mundo. Antes de que el más remoto de tus antepasados se arrastrara por él, mi raza ya era poderosa y viajaba entre las estrellas. Gestionábamos cientos de mundos vivero como éste, criábamos esclavos y los usábamos en nuestras guerras.
»Yo tenía poder, pero sufrí la más humillante de las derrotas y mis esclavos fueron perseguidos y exterminados como alimañas. Hace un millón de años que sobrevivo encerrado aquí; sin tecnología y sin esperanzas. Tan sólo me queda esperar el fin, pero me resisto a aceptarlo a manos de unos esclavos que han olvidado su origen. Lucharé hasta el final, hasta mi último aliento, y cuando yo muera, morirá tu planeta.
Cuando terminó de hablar, vi con sorpresa cómo las lágrimas resbalaban por las mejillas de Ibn-Abdalá. Su rostro no reflejaba ninguna emoción.
– Eres astuto -dije, levantándome-; pero ya no puedes engañarme.
Ibn-Abdalá asintió con gesto cansado.
– Por supuesto -dijo-, no esperaba hacerlo.
Abandoné la celda y le pregunté a la consejera si había estado escuchando; y si había creído algo de lo que el demonio me había contado.
– No necesariamente -dijo Neléis-. Tiene muchos motivos para mentirnos y ninguno para decirnos la verdad; pero es interesante saber que intenta que creamos una historia como ésa, y pensar en cuáles pueden ser sus motivaciones para contárnosla.
– Ha dicho que con él moriría nuestro mundo -le recordé con temor.
– Intenta sembrar la duda en nosotros y colocarnos en una posición de desventaja antes de atacar -dijo la consejera-, lo que tememos que será muy pronto.
– ¿Qué vais a hacer con Ibn-Abdalá? -quise saber.
– El hombre que fue ya no existe -lamentó ella-; el rexinoos ha devorado su cerebro. Si se lo quitásemos, moriría o quedaría convertido en un vegetal. Tampoco podemos mantenerle con vida porque ahora es los ojos y los sentidos del Adversario, y aunque ha permanecido aislado desde vuestro regreso, no podremos estar del todo seguros mientras viva. Tampoco creo que podamos sacarle ya más información.
La consejera hizo entonces una señal a uno de los dragones y éste abrió la puerta de la celda. Ibn-Abdalá seguía sentado en el suelo, con los ojos bajos.
No los levantó siquiera cuando el otro dragón entró en la celda y le apuntó con su pyreion. No hizo el menor gesto cuando el arma disparó y la bala atravesó su pecho.
Ibn-Abdalá cayó de lado, y quedó inmóvil.
– Le sacaremos el rexinoos -dijo Neléis, apartando la vista de la escena-, y esto nos ayudará a confirmar lo que ya sabemos; la posición exacta de su guarida.
Asentí. Ibn-Abdalá habría ardido en una hoguera de haber sido capturado en mi país; comparado con eso, aquel fin había sido casi misericordioso.
Los otros sarracenos conocieron pronto la noticia de la muerte de Ibn-Abdalá, pero no demostraron emoción alguna. Los dos sarracenos supervivientes de la expedición a Samarcanda habían contado a sus compañeros la verdad de lo sucedido y cómo Ibn-Abdalá les había traicionado para conseguir sus propios fines. Unos consideraban que su antiguo camarada era un agente de los tártaros, otros que estaba endemoniado.
Pero lo que sí tenían claro los sarracenos es que no deseaban seguir en Apeiron. Habían llegado allí como esclavos de los almogávares, pero la esclavitud no existía en la ciudad, y los sarracenos eran libres de abandonarla cuando quisieran. Para ellos, aquella ciudad seguía siendo un lugar maléfico, a pesar de que quien les había metido estas ideas en la cabeza había resultado ser, para algunos, un siervo de Satán.