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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Los oficiales se pusieron de pie cuando entró Rod. Algunos civiles se levantaron también; otros fingieron no ver al capitán; y unos cuantos le miraron y luego desviaron la vista, explotando su condición de civiles. Rod, al ocupar su puesto en la cabecera de la mesa, murmuró «Calma», y luego se sentó lentamente. A Sally le pareció aún más preocupado que antes.

—Kelley.

—¡Señor!

—¿Es segura esta habitación?

—En la medida en que podemos saberlo, lo es, señor. He revisado todas las instalaciones.

—¿Qué es esto? —exigió Horvath—. ¿Contra quién está usted protegiéndose?

—Es necesario tomar medidas de precaución, doctor. —Rod miró al Ministro de Ciencias con una expresión que indicaba al tiempo súplica y mandato—. Debo decirles que todo lo que se discuta aquí se clasificará como sumo secreto. ¿Han leído ustedes las normas imperiales sobre revelación de datos secretos?

Hubo un murmullo de asentimiento. La atmósfera alegre y despreocupada se desvaneció de pronto.

—¿Alguna discrepancia? Permitan que la grabadora muestre que no hubo ninguna. Doctor Horvath, tengo entendido que hace tres horas descubrió usted que las miniaturas son animales muy especializados capaces de realizar trabajos técnicos bajo control. ¿Es correcto eso?

—Sí. Desde luego. ¡Fue una gran sorpresa, se lo aseguro! Las implicaciones son enormes. Si podemos aprender a dirigirlos, serían un suplemento fabuloso de nuestra capacidad.

Rod asintió con aire ausente.

—¿Hay alguna posibilidad de que pudiéramos haber sabido esto antes? —preguntó—. ¿Lo sabía alguien? ¿Nadie?

Hubo una confusa algarabía, pero nadie contestó. Rod dijo cuidadosamente y con voz clara:

—Dejen que la grabadora muestre que no hubo ninguna.

—¿Qué grabadora es ésa de la que habla usted? —preguntó Horvath—. ¿Y por qué le preocupa tanto?

—Doctor Horvath, esta conversación quedará registrada porque puede servir como prueba ante un tribunal militar. Un tribunal que puede juzgarme a mí. ¿Está claro?

—Que… ¡Dios mío! —balbuceó Sally—. ¿Un tribunal militar? ¿A usted? ¿Por qué?

—La acusación puede ser alta traición —dijo Rod—. Veo que la mayoría de mis oficiales están sorprendidos. Señora, caballeros, tenemos órdenes estrictas del propio Virrey de no comprometer ningún elemento de la tecnología militar del Imperio, y, en particular, de proteger el Campo Langston y el Impulsor Alderson de la inspección de los pajeños. En las últimas semanas, animales capaces de aprender esa tecnología y muy posiblemente de transmitirla a otros pajeños han recorrido mi nave a su antojo. ¿Comprenden ahora?

Ya veo —Horvath no dio muestra alguna de alarma, pero se había quedado pensativo—. Y ha asegurado usted esta habitación… ¿Cree realmente que las miniaturas pueden entender lo que decimos?

—Creo posible que memoricen conversaciones y las repitan. Pero, Kelley ¿están aún vivas las criaturas?

—Señor, llevan semanas sin dar señales de vida. No han hecho ninguna incursión en los depósitos de alimentos. Los hurones no han encontrado más que ratas. Creo que los animales están muertos, capitán.

Blaine se rascó la nariz, y luego retiró la mano rápidamente.

—Artillero, ¿ha oído usted que hubiese «Marrones» a bordo de esta nave?

La cara de Kelley no reflejó sorpresa alguna. En realidad no reflejó nada.

—¿Marrones, capitán?

—Rod, ¿ha perdido usted el juicio? —exclamó Sally; todos la miraron, algunos no demasiado amistosamente. Oh, demonios, pensó ella, he metido la pata. Al parecer algunos saben de lo que habla. Demonios.

—Dije Marrones, artillero. ¿Ha oído hablar de ellos?

—Bueno, oficialmente no, capitán. Puedo decir que algunos de los técnicos espaciales parecen creer últimamente en duendes. No veo que haya nada malo en ello. —Kelley parecía confuso. Había oído aquello y no había informado, y ahora el capitán, su capitán, podría verse envuelto en problemas…

—¿Alguien más? —preguntó Rod.

—Bueno, señor…

Rod tuvo que esforzarse para ver quién hablaba. El guardiamarina Potter estaba junto a la pared del fondo, casi oculto entre dos biólogos.

—¿Sí, señor Potter?

—Algunos de los hombres de mi sección de observación, capitán, dicen que si se deja algo de comida, semillas, cereales, sobras, cualquier cosa en los pasillos o debajo de la litera, junto con algo que haya que arreglar, lo arreglan. —Potter parecía incómodo; era evidente que creía que aquello era un cuento—. Uno de los hombres les puso de nombre «Marrones». Yo pensé que era una broma.

Una vez que habló Potter lo hicieron una docena más. Incluso algunos de los científicos. Microscopios que habían quedado en mejores condiciones que los más perfectos que hubiese hecho nunca Leica Optical. Una lámpara hecha a mano de la sección de biología. Botas y zapatos adaptados a pies individuales. Rod alzó los ojos en esta ocasión.

—Kelley, ¿cuántos de sus soldados tienen armas individualizadas como las de usted y las del señor Renner?

—Bueno… no lo sé, señor.

—Puedo ver uno desde aquí. Usted, Polizawsky, ¿cómo consiguió ese arma?

El soldado tartamudeó. No estaba acostumbrado a hablar con los oficiales, y menos con el capitán, y aún menos con el capitán irritado.

—Bueno, señor, yo dejé mi arma y una bolsa de palomitas de maíz bajo mi litera y a la mañana siguiente estaba hecho, señor. Como dijeron los otros, capitán.

—¿Y no le pareció esto lo suficientemente raro como para informar al artillero Kelley?

—Bueno… señor… Otros compañeros, pensamos que quizás, bueno, el cirujano ha hablado de alucinaciones del espacio, capitán, y nosotros…

—Además, si informaban ustedes se acabaría todo —concluyó Rod por él. Oh, ¡maldita sea! ¿Cómo iba a explicar aquello? Estaba ocupado, demasiado ocupado resolviendo disputas entre los científicos… Pero el hecho era innegable. Había desatendido sus deberes de capitán, con resultados imprevisibles…

—¿No está tomándose todo esto demasiado en serio? —preguntó Horvath—. Después de todo, capitán, el Virrey dio sus órdenes mucho antes de saber algo sobre los pajeños. Ahora es evidente que no son peligrosos, y desde luego que no son hostiles.

—¿Sugiere usted acaso, doctor, que desobedezcamos las órdenes de un dirigente imperial?

A Horvath pareció divertirle esto. Su sonrisa fue extendiéndose lentamente por su cara.

—Ah, no —contestó—. Ni mucho menos. Quiero decir, únicamente, que si esa política se modificase, cuando realmente sea inevitable, todo esto parecerá una tontería, capitán Blaine. Una chiquillada.

—¿Qué se ha creído usted? —explicó Sinclair—. ¡Ésa no es forma de hablar al capitán!

—Cálmate, Sandy —intervino el primer teniente Cargill—. Doctor Horvath, supongo que nunca se ha relacionado con el servicio secreto militar. En los servicios secretos lo que cuenta es la capacidad, no la intención. Si un enemigo potencial puede hacerte algo, tienes que prepararte para ello, sin tener en cuenta lo que pienses que él quiere hacer.

—Exactamente —convino Rod.

Estaba contento de las interrupciones. Sinclair aún bufaba a un extremo de la mesa, y costaría poco hacerle estallar de nuevo.

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