La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
Buckman pareció sorprenderse. Luego se echó a reír.
—Bury, no había pensado en ese problema desde hace un mes. Hemos estado estudiando el Saco de Carbón.
—Ah.
—Hemos encontrado allí una masa… probablemente una protoestrella. Y una fuente infrarroja. Las pautas móviles que se localizan en el Saco de Carbón son fantásticas. Como si el gas y el polvo fuesen viscosos… por supuesto son los campos magnéticos los que provocan esto. Estamos aprendiendo cosas maravillosas sobre la dinámica de una nube de polvo. Cuando pienso en el tiempo que perdí en esas rocas de los puntos troyanos… ¡siendo tan simple el problema!
—Bueno, siga, Buckman. No me deje colgado.
—¿Cómo? Ah, sí, se lo mostraré. —Buckman se acercó al intercomunicador y leyó una hilera de números. No pasó nada.
—Qué extraño. Algún idiota debe de haberlo clasificado como RESERVADO. —Buckman cerró los ojos, recitó otra serie de números, aparecieron fotografías en la pantalla—. Ah. ¡Aquí!
En la pantalla aparecieron asteroides, las imágenes eran borrosas. Algunos de los asteroides eran irregulares, otros casi esféricos, muchos tenían cráteres…
—Siento que las imágenes sean tan poco claras. Los puntos troyanos están bastante lejos… pero todo se arregló con tiempo y con los telescopios de la MacArthur. ¿Ve usted lo que encontramos?
—Pues no, la verdad. A menos que…
Todos ellos tenían cráteres. Al menos un cráter. Tres asteroides largos y estrechos en sucesión… y cada uno con un profundo cráter en un extremo. Una roca, retorcida hasta parecer casi un caracol; y el cráter estaba en el interior de la curva. Todos los asteroides que aparecían tenían un cráter grande y profundo; y la línea que atravesaba el centro del cráter atravesaba siempre el centro de la masa de la roca.
Bury sintió miedo y ganas de reír al mismo tiempo.
—Sí, comprendo. Descubrieron ustedes que todos esos asteroides han sido colocados artificialmente. En consecuencia, dejaron de interesarles.
—Naturalmente. Cuando pienso que esperaba descubrir algún nuevo principio cósmico… —Buckman se encogió de hombros. Bebió otro trago de café.
—Supongo que no se lo habrá dicho a nadie…
—Se lo dije al doctor Horvath. Por cierto, ¿cree usted que pondría él el material en la sección reservada?
—Quizás. Buckman, ¿cuánta energía cree usted necesaria para mover una masa de rocas como ésa?
—Bueno, no sé. Supongo que mucha. En realidad… —los ojos de Buckman relumbraron—. Un problema interesante. Le daré el resultado cuando acabe con esa estupidez. —Se volvió a sus aparatos.
Bury se quedó sentado donde estaba, mirando al vacío. De pronto empezó a temblar.
25 • La pajeña del capitán
—Aprecio su interés por la seguridad del Imperio, almirante —dijo Horvath; hizo un gesto cauteloso frente a la imagen de la pantalla del puente de la MacArthur—. Se lo aseguro. Sin embargo, no hay duda de que si no aceptamos la invitación de los pajeños lo mejor es que nos volvamos a casa. Aquí no tenemos ya nada que aprender.
—Dígame usted, Blaine. ¿Está de acuerdo con esto? —la expresión del almirante Kutuzov era impenetrable.
—Señor —dijo Rod—, tengo que seguir el consejo de los científicos. Dicen que tenemos todos los datos que pueden obtenerse a esta distancia.
—¿Quiere situar usted entonces la MacArthur en órbita alrededor del planeta pajeño? ¿Es eso lo que aconseja usted? ¿Es su posición oficial?
—Lo es, señor. Eso o volver a casa, y no creo que sepamos lo suficiente sobre los pajeños para irnos ya.
Kutuzov respiró lenta y prolongadamente. Apretó los labios.
—Almirante, usted tiene su trabajo, yo tengo el mío —le recordó Horvath—. Está muy bien proteger el Imperio contra cualquier improbable amenaza que planteen los pajeños, pero debemos aprovechar los conocimientos científicos y tecnológicos que puedan proporcionarnos. Le aseguro que no se trata de algo insignificante. Están tan adelantados en muchos aspectos que yo… bueno, no encuentro palabras para describirlo, eso es todo…
—Exactamente. —Kutuzov remarcó la palabra golpeando los brazos de su silla de mando con los puños cerrados—. Tienen una tecnología superior a la nuestra. Hablan nuestro idioma y usted dice que nosotros jamás llegaremos a hablar el suyo. Conocen el efecto Alderson y ahora saben que existen Campos Langston. Quizás debiéramos volver a casa, doctor Horvath. Inmediatamente.
—Pero… —comenzó Horvath.
—Y sin embargo —siguió Kutuzov—, no me gustaría luchar con esos pajeños sin saber más de ellos. ¿Qué defensas planetarias tienen? ¿Cómo se gobiernan? Pese a todos los datos que han recogido ustedes veo que no son capaces de responder a estos interrogantes. No saben siquiera quién manda su nave embajadora.
—Cierto —dijo Horvath enérgicamente—. Es una situación muy extraña. Francamente a veces pienso que no tienen jefe, pero por otra parte acuden siempre a su nave para solicitar instrucciones cuando lo necesitan… y luego está la cuestión del sexo.
—Hable usted claro, doctor.
—De acuerdo —dijo Horvath, irritado—. Es muy simple. Todos los Marrones-y-blancos han sido hembras desde su llegada. Además, la hembra marrón ha quedado embarazada y ha dado a luz una cría marrón y blanca. Ahora es macho.
—Sé de casos de cambios de sexo en alienígenas. ¿Cree usted que una Marrón-y-blanca era macho hasta poco antes de que llegase la nave embajadora?
—Eso pensamos. Pero parece más probable que las Marrones-y-blancas no hayan criado debido a la presión demográfica. Todas ellas siguen siendo hembras… pueden ser incluso híbridos, pues una Marrón es madre de uno. ¿Cruce entre los Marrones y otros? Esto indicaría que había algo distinto a bordo de la nave embajadora.
—Ellos tienen un almirante a bordo de su nave —dijo Kutuzov con firmeza—. Lo mismo que nosotros. Estoy seguro. ¿Qué les dijeron ustedes cuando preguntaron sobre mí?
Rod oyó un resoplido detrás y supuso que se trataba de Kevin Renner.
—Lo menos posible, señor —dijo Rod—. Sólo que estábamos sometidos a las órdenes de la Lenin. No creo que conozcan su nombre, ni si hay un hombre o un grupo, un consejo, a bordo.
—Muy bien. —El almirante casi sonreía—. Exactamente lo que ustedes saben sobre su comandante, ¿verdad? Ahora bien, no hay duda de que a bordo de esa nave hay un almirante y que ha decidido que es mucho mejor tenerles más cerca de su planeta. Ahora bien, mi problema es: ¿sabré yo más dejándoles ir de lo que descubrirá él teniéndoles allí?
Horvath se apartó de las pantallas y lanzó una mirada suplicante al cielo y a todos los santos. ¿Cómo podía ponerse de acuerdo con un hombre como aquél…?
—¿Alguna señal de los pequeños pajeños? —preguntó Kutuzov—. ¿Tienen ustedes aún marrones a bordo del crucero de batalla de Su Majestad Imperial MacArthur?
Rod se estremeció ante el tono sarcástico.
—No, señor. Evacuamos la bodega hangar y lo abrimos todo al espacio. Y luego coloqué a todos los pasajeros y a la tripulación de la MacArthur en la cubierta hangar y abrí el resto de la nave. Fumigamos con cifógeno, echamos monóxido de carbono en todos los sistemas de ventilación, abrimos de nuevo al espacio y después salimos de la bodega hangar e hicimos lo mismo allí. Las miniaturas están muertas, almirante. Tenemos los cuerpos. Veinticuatro, exactamente, aunque a una de ellas no la encontramos hasta ayer; estaba bastante descompuesta después de tres semanas…
—¿Y no hay rastro alguno de Marrones? ¿Ni de ratones?