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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—No, señor. Tanto las ratas y los ratones como los pajeños… están muertos. La otra miniatura, la que teníamos enjaulada, ha muerto también, señor. El veterinario cree que de vejez.

—Así que el problema está resuelto —dijo Kutuzov—. ¿Y qué me dicen de la alienígena adulta que tienen a bordo?

—Está enferma —dijo Blaine—. Tiene los mismos síntomas que la miniatura.

—Sí, ése es otro asunto —dijo rápidamente Horvath—. Quiero preguntarles a los pajeños qué puede hacerse con la minera enferma, pero Blaine no quiere permitírmelo si no da usted permiso.

El almirante buscó algo fuera de la pantalla. Luego, cuando apareció otra vez, llevaba en la mano un vaso de té del que bebió ruidosamente.

—¿Los otros saben que está a bordo esa minera?

—Sí —dijo Horvath, el Ministro de Ciencias; al ver que Kutuzov le miraba irritado, siguió rápidamente—. Al parecer lo saben desde el principio. Nadie se lo dijo. De eso estoy seguro.

—Así que lo saben. ¿Han pedido que les entregasen a la minera? ¿O han querido verla?

—No. —Horvath frunció de nuevo el ceño; había un tono incrédulo en su voz—. No, no lo han hecho. En realidad, no han mostrado ningún interés por la minera, ni tampoco por las miniaturas… ¿Ha visto usted las fotografías de los pajeños evacuando su nave, almirante? También ellos tienen que matar a los pequeños. Se reproducen como ratas colmeneras. —Horvath hizo una pausa, su ceño se frunció aún más; luego dijo, bruscamente—: De todos modos, quiero preguntarles a los otros qué puede hacerse con la minera enferma. No podemos dejarla morir así.

—Quizás fuese mejor para todos —musitó Kutuzov—. Está bien, doctor, pregúnteles. En realidad, el hecho de que desconozcamos la dieta adecuada de los pajeños no va a revelarles nada sobre el Imperio. Pero si pregunta usted y ellos insisten en ver a esa minera, Blaine, debe negarse. Si es necesario, la minera debe morir… trágica y súbitamente, por accidente, pero debe morir. ¿Está claro? No debe hablar con los otros pajeños, ni ahora ni nunca.

—Entendido, señor.

Rod permanecía impasible en su silla de mando. ¿Estoy de acuerdo con esto?, se preguntaba. Debería estar impresionado, desconcertado, pero…

—¿Aún desea preguntar, dadas las circunstancias, doctor? —preguntó Kutuzov.

—Sí. No esperaba otra cosa de usted, de todos modos. —Horvath apretó los labios con firmeza contra los dientes—. Tenemos ahora lo más importante: los pajeños nos han invitado a colocarnos en órbita alrededor de su planeta. No podemos saber exactamente qué es lo que pretenden. Mi opinión es que quieren iniciar, sinceramente, relaciones comerciales y diplomáticas con nosotros, y éste es el medio lógico de conseguirlo. No hay nada que nos lleve a pensar lo contrario. Usted, claro está, tiene sus propias teorías…

Kutuzov se echó a reír. Era una risa sonora y saludable.

—En realidad, doctor, quizás piense lo mismo que usted. ¿Qué tiene que ver eso, sin embargo? Mi deber es preservar la seguridad del Imperio. Lo que yo crea no tiene importancia. —El almirante les miró fríamente a todos desde las pantallas—. En fin, capitán, dejo a su criterio el desenlace de esta situación. Sin embargo, debe usted ante todo armar su nave con una instalación de torpedos destructores. Comprenderá que no podemos permitir que la MacArthur caiga en manos pajeñas.

—Desde luego, señor.

—Muy bien. Puede usted ir, capitán. Le seguiremos. Debe transmitir toda la información que obtenga, hora a hora… y quede entendido que si su nave se ve amenazada, yo no intentaré rescatarle si hay posibilidad de que corra peligro la Lenin. Mi deber es ante todo regresar con información, incluyendo cómo murieron ustedes, si es que eso llega a suceder. —El almirante se volvió para mirar directamente a Horvath—. Bien, doctor, ¿aún sigue queriendo ir a Paja Uno?

—Por supuesto.

Kutuzov se encogió de hombros.

—Adelante, capitán Blaine —dijo—. Adelante.

Los remolcadores de la MacArthur habían recogido un cilindro en forma de bidón de aceite de la mitad del tamaño de la nave embajadora pajeña. Era muy sencillo: un casco grueso y duro de algún material espumoso, lleno de hidrógeno líquido, que giraba lentamente, con una válvula reductora en el eje. Ahora estaba ligado a la nave embajadora detrás de los espacios vitales toroidales. La delgada espina destinada a guiar el fluido plasmático del impulsor de fusión había sido también modificada, doblada hacia un lado para dirigir el impulso a través del nuevo centro de masa. La nave embajadora permanecía desequilibrada, como una mujer aparatosamente embarazada que intentase caminar.

Los pajeños (los Marrones-y-blancos, guiados por uno de los Marrones) estaban dedicados a desmontar el puente de cámara neumática, fundiéndolo y remodelando el material en plataformas de soporte anulares para los frágiles toroides. Otros trabajaban dentro de la nave, y tres pequeñas formas Marrón-y-blanco jugueteaban entre ellos. El interior cambiaba otra vez como en sueños. Los muebles e instrumentos especiales para la caída libre habían sido remodelados. Los suelos estaban inclinados, en posición vertical respecto a la nueva línea de empuje.

No había ya pajeños a bordo del transbordador; estaban todos trabajando; pero se mantenía el contacto. Algunos de los guardiamarinas cumplían su servicio haciendo simple trabajo muscular a bordo de la nave embajadora.

Whitbread y Potter trabajaban en la cámara de aceleración, desplazando las literas para dejar espacio a dos literas más pequeñas. Era un trabajo sencillo de soldadura, pero exigía músculos. Se amontonaba el sudor bajo los cascos filtradores y les empapaba los sobacos.

—¿Cómo olemos los hombres para un pajeño? —preguntó Potter—. No conteste a la pregunta si le parece impropia —añadió.

—Es una pregunta difícil —contestó la pajeña de Potter—. Mi deber, señor Potter, es comprender todo lo de mi Fyunch(click). Quizás me ajuste demasiado bien a mi papel. El olor del sudor limpio no me ofendería aunque no estuviese usted trabajando para nosotros. ¿Qué es lo que le parece divertido, señor Whitbread?

—Disculpe. Es el acento.

—¿A qué acento se refiere? —preguntó Potter. Whitbread y su pajeña se echaron a reír.

—Bueno, es divertido —dijo la pajeña de Whitbread—. Antes no tenía usted dificultades para distinguirnos.

—Ahora es al revés —dijo Whitbread—. Ahora tengo que contar las manos para saber si estoy hablando con Renner o con su pajeña. Échame una mano aquí, ¿quieres, Gavin…? Y la pajeña del capitán Blaine. Tengo que hacer un esfuerzo para no colocarme en posición de firme cuando dice algo. Habla en el mismo tono en el que da las órdenes el capitán.

—Aun así —dijo la pajeña de Whitbread—, a veces me pregunto si captamos realmente las cosas. El que podamos imitarles no significa que podamos entender…

—Ésta es nuestra técnica habitual, vieja como el mundo. Funciona. ¿Qué otra cosa podemos hacer, Fyunch(click) de Jonathon Whitbread?

—Me lo preguntaba, eso es todo. Son ustedes tan versátiles. No podemos adaptarnos a todas las condiciones de ustedes, Whitbread. Para ustedes es fácil mandar y fácil obedecer; ¿cómo pueden hacer ambas cosas? Son muy buenos con las herramientas…

—También ustedes —dijo Whitbread, sabiendo que era decir poco.

—Pero nos cansamos enseguida. En cambio ustedes pueden seguir trabajando, ¿no es cierto? Nosotros no.

—Hum.

—Y nosotros no sabemos luchar… bueno, basta ya. Nosotros jugamos nuestro papel con el fin de comprenderles, pero ustedes parecen desempeñar todos miles de papeles. Eso resulta muy difícil para un honrado y laborioso monstruo de ojos saltones.

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