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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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Ahora que se hallaban cerca, Stacy podía verles la cara. Tres eran blancos, y el cuarto, un indígena, probablemente un hopi. De mediana edad, en la medida en que resultaba posible calculársela. Iba vestido a la manera de los blancos, con una chaqueta de terciopelo muy gastada; por debajo del sombrero adornado con una pluma sobresalían unos mechones de pelo canoso. Incluso desde esa distancia podían distinguirse en sus mejillas las cicatrices de la viruela.

Aunque en la funda de la montura cargaba un Sharps 45, llevaba en bandolera un arco y unas flechas. Stacy sabía que, a pesar del contacto con las armas de fuego, los indígenas seguían prefiriendo, en muchas ocasiones, las armas de sus ancestros. Sobre todo cuando el estrépito de un disparo podía alertar a las víctimas, humanas o animales.

El hombre que cabalgaba a su lado también iba armado. Por la montura asomaba la empuñadura de un arma que parecía un Henry, y en la funda sujeta al costado cargaba una Remington Army 44. Una buena pistola, muy eficaz. Y ese viajero mostraba la actitud del que sabe usarla. Pese al aire fresco, iba en mangas de camisa y con la cabeza descubierta. Sobre la espalda, atado con una correa de cuero, le colgaba un sombrero negro con adornos de plata.

Aunque actuaban con aparente indiferencia, Stacy juzgó enseguida que eran dos tipos peligrosos.

Los dos hombres blancos no estaban armados. De rostro más bien anónimo, no parecían particularmente resueltos. En comparación con los otros, daban también una impresión de mayor limpieza, menos descuidada. Tal vez no portaban armas porque se sentían suficientemente defendidos por la presencia de sus compañeros de viaje.

El hombre sin sombrero condujo casi hasta la casa el ruano que montaba. Los otros se detuvieron unos seis metros detrás, en actitud de espera. Cuando pudo verle bien la cara, Stacy observó que era más bien joven: la distancia y la barba oscura lo habían engañado. Tenía ojos hundidos y recelosos. Una cicatriz cruzaba la parte de la mejilla no cubierta por la barba. Pensó que tal vez se la había dejado crecer para tratar de ocultarla.

Pese a la sensación de inquietud, se esforzó por mostrarse cordial con el extraño.

– Buenos días. Soy Stacy Lovecraft. Si quieren ustedes dar de beber a los caballos, allí detrás hay un manantial. Si les apetece una taza de café, tenemos un poco recién preparado, todavía caliente.

El hombre sin sombrero no consideró oportuno presentarse. Señaló con la cabeza a Thalena.

– ¿Es tu esposa?

Su voz fría, desagradable, recordó a Stacy el ruido de una lima al raspar el hierro. Trató de responder en tono normal.

– No, es mi nuera. La esposa de mi hijo, Colin.

– ¿Es un squaw man?

Lo preguntó en un tono que no conseguía disimular un ligero matiz de desprecio. Los squaw men eran una categoría social muy desacreditada: los blancos a quienes la comunidad acusaba de haberse casado con mujeres indígenas para echar mano de las tierras que los pactos habían asignado a los nativos.

Y en la mayoría de los casos tal acusación respondía a la realidad.

– No. Esta propiedad es mía. Esta es mi hija, Linda, y esta es Thalena, mi nuera e hija del jefe Eldero.

Pronunció estas palabras con voz bastante alta como para que lo oyera el hopi. Las relaciones entre hopis y navajos no eran idílicas, pero el nombre de un personaje como Eldero causaba siempre una fuerte impresión. Como única respuesta el indígena hizo un leve gesto afirmativo. Su expresión no cambió, pero esa seña de la cabeza indicaba que había asimilado la información.

El hombre sin sombrero se levantó en la montura y echó una ojeada a su alrededor. Cuando volvió a mirar a Stacy, parecía satisfecho con el examen.

– Hummm… Bonita propiedad. Tanta tierra para un solo hombre… Demasiada, tal vez…

– Escuche, joven. No sé quién es usted, ni me interesa. Y tampoco me interesa saber qué ha venido a hacer a este lugar. Si no necesitan agua para los caballos, lo único que deseo es que den la vuelta y se marchen de mi propiedad. Y olvídese de la invitación al café.

El hombre sin sombrero se permitió un esbozo de sonrisa, en el que aleteaba una sutil mofa.

– Conque nada de café, ¿eh?

Guardó un instante de silencio, como si reflexionara. Luego, con gesto casi distraído, llevó la mano a un costado y la apoyó en la funda del arma.

– ¿Y si de todos modos quisiéramos ese café?

– No cre…

El ruido de un disparo interrumpió la respuesta de Stacy. Una nube de polvo se levantó ante las patas del ruano. La bala rebotó y se perdió a la derecha, seguida por un fuerte silbido.

Kathe salió de la casa, con el Winchester en los brazos, todavía humeante. Sus ojos despedían relámpagos. El hombre sin sombrero se encontró mirando de cerca la boca del cañón, que apuntaba a su cabeza.

– Si de todos modos quieren ustedes ese café, a varias millas de aquí hay una ciudad en la que podrán conseguir lo que deseen.

El hombre sin sombrero no mostró la menor impresión. Ni siquiera lo hizo su caballo, al oír el estrépito del disparo. En sus ojos no había miedo, solo un vacío que daba escalofríos.

– Muy bien, señora. Veo que en este lugar los forasteros no son bienvenidos. Así que creo que ya nos lo hemos dicho todo.

Hizo girar el caballo, en ademán de marcharse. Los otros entendieron que la visita había concluido y lo imitaron. Solo el indígena no volvió su cabalgadura, sino que la hizo retroceder de frente, para no ofrecer la espalda al fusil.

– No, joven. No nos lo hemos dicho todo.

El hombre sin sombrero se quedó un instante perplejo. No contestó, pero pidió explicaciones elevando una ceja en gesto interrogativo.

– Es de buena educación, delante de las damas, presentarse diciendo el nombre.

El hombre sin sombrero sonrió. Una sonrisa tensa, que mostró unos dientes estropeados de mascar tabaco.

Stacy, de una manera que quizá había aprendido de Eldero, sintió que aquel era un ser malvado.

– Es cierto, soy un verdadero maleducado.

Hizo una pausa, como meditando qué definición dar de sí.

– Mi nombre…

Tendió una mano hacia atrás y se colocó en la cabeza el sombrero negro con adornos de plata. Luego su sonrisa se amplió, como si hubiera decidido hacer una buena broma.

– Le diré cuál es mi nombre. Me llamo Wells, señora. Jeremy Wells.

Giró el ruano y se reunió con sus compañeros de viaje. Stacy y su familia siguieron a los cuatro con la mirada hasta que penetraron entre los árboles que limitaban con el bosque y desaparecieron de la vista. Aun así persistió en Stacy la clara sensación, incluso mucho rato después de que se alejaran, de que algo maligno había quedado flotando alrededor de su casa.

27

– Ésta no es en absoluto una buena noticia. Y si no lo es para mí, tampoco lo será para usted…

Las palabras y la mirada de Clayton Osborne dirigidas a su interlocutor no dejaban lugar a dudas. El hombre sentado con expresión de hastío en su incómoda silla en una habitación de la parte posterior del Big Jake's Trade Center no se alteró ante la velada amenaza.

Se llamaba Fabien Leduq y era ingeniero civil. Los ojos y la tez claros y el pelo de un castaño casi rubio daban un aire albino a su aspecto. Vestía ropa cómoda, pero con cierta afectación típicamente europea. Con fuerte acento francés, su inglés tenía un claro origen anglosajón, todavía no contaminado por el sonido nasal y las diversas influencias lingüísticas del inglés estadounidense.

Del bolsillo interior de la clara chaqueta extrajo una elegante petaca de piel. La abrió y sacó un cigarro negro, largo y delgado. Lo encendió y soltó el humo mientras miraba a su alrededor con aire desdeñoso. Bebió con evidente renuencia un sorbo del vaso de whisky que sostenía en la mano.

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