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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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¿Quería él que lo estuviese? Le daba miedo que fuese al contrario. Tenía que convencerlo para que le desenrollara la cabeza, a pesar de lo desagradable que pudiera ser.

– Mmm -rogó-. Mmm.

– Ahora pareces una zorra lloriqueando. No me sirve.

Tan pronto como tuviese la boca libre, chillaría pidiendo ayuda con toda la voz que le había sido silenciada. Si aquello provocaba que él le tapara la boca, le mordería la mano. Y si intentaba golpearla de nuevo, esta vez sería demasiado rápida y escurridiza.

– Mmm -insistía-. Mmm.

– ¿Quieres que desenvuelva mi regalo?

– Mmm.

– No sería buena idea, ¿verdad? Empezaría a armar mucho alboroto y los vecinos pensarían mal de mí.

¿Le estaba leyendo el pensamiento? ¿Era tan predecible?

– Mmm -mintió, a la vez que negaba con la cabeza con tanta fuerza que la cinta del cuello cedió.

– ¿Qué otra cosa quieres que desenvuelva? No sería para ayudarme, ¿verdad?

Asintió con todo su esfuerzo.

– He decidido que no necesito escucharte. No sentirás nada que no pueda imaginar. De hecho, estoy seguro de que yo puedo imaginar mejores cosas.

Se desplomó contra la bañera como si él le hubiese robado todas las razones para vivir y después consiguió levantar la cabeza.

– Mmm -luchó por decirle.

– ¿Tienes hambre? ¿Eso es lo que te pasa ahora?

De nuevo le estaba leyendo la mente, o al menos, es lo que quería que él pensara.

– Mmm -asintió.

– ¿Voy a comprar algo de cena para los dos?

Asintió con tanta fuerza que volvió a golpearse la cabeza con la bañera, pero no le importó.

– Mmm.

– Tengo que ir de compras en mitad de la noche.

¿Era realmente aquella hora?

– Mmm -dijo por si acaso no lo era.

– Quieres que salga de todas formas, ¿no?

No estaba segura de qué responder a aquello.

– Mmm -dijo tan apaciguadamente como pudo.

– Y entonces tú saldrás de aquí y harás todos los destrozos posibles y armarás escándalo hasta que alguien venga a ver qué pasa.

Sintió como si no solo le estuviera leyendo los pensamientos, sino que era capaz de inventarlos antes de que se le ocurrieran a ella.

– Mmm -lo contradijo.

– Me estoy empezando a aburrir. No creo que puedas hacer nada más por mí. Ya sé todo lo que tenía que saber.

Podía oír en su voz lo que tenía pensado para ella. Empezó a agitarse en la bañera.

– Mmm -protestó con tanta estridencia que la cinta de sus labios zumbó.

– Me gusta eso. Puedes hacerlo, nadie más que yo lo oirá.

¿Podría seguir inspirándolo? Tarde o temprano se le acabarían las ideas, si antes no se quedaba sin energía. De pronto, dejó de moverse. Al menos aquello le mostraría que no podía darle órdenes.

– ¿Has terminado? -preguntó-. Eso no me sirve. Sigue haciéndolo hasta que me des alguna idea.

No quería darle otro sonido. Deseó no haberle dejado oír su respiración. Se quedó tan quieta como un muñeco en una ventana, incluso cuando dijo:

– Eso tampoco me sirve. Intenta hacerlo mejor si no quieres que yo te obligue.

¿Qué podía hacer realmente? Al final tendría que dejarla ir, porque los habían visto juntos. Sus padres ya debían haber llamado a la policía. Se preguntó que creía que podía ofrecerle para persuadirla de que no lo traicionara. Claro que tendría que fingir que aceptaba hasta estar fuera de su alcance. Intentó quedarse igual de quieta cuando él dijo:

– Ya sé lo que puedo hacer.

Se dijo a sí misma que no podía ser gran cosa. No era el señor Matagrama, solo era el escritor que había inventado al personaje. Escribía sobre cosas que habían ocurrido realmente. No habían sido obra suya. Estaba ansiosa por escuchar lo que planeaba y fue un alivio cuando habló finalmente.

– Esto será divertido -dijo-. Tienes la oportunidad de elegir qué camino tomar.

Ahora que era demasiado tarde, se dio cuenta de que el largo silencio podía haberse debido a que había salido de la habitación. ¿Qué podría haber hecho mientras él no miraba? No habría tenido tiempo de conseguir salir de la bañera y no comprendía qué elección le estaba ofreciendo, no hasta que escuchó un zumbido eléctrico y sintió que subía agua.

O se electrocutaba o se ahogaba.

– ¡Mmm!

Daba botes en su resbaladiza prisión. No podía ni tirar de la cadena para destapar la bañera; tendría que quedarse tumbada e indefensa en el agua que ya sentía caliente cubriéndole las piernas. Se agarrotó por el miedo que sintió al pensar en la electricidad que surgiría en el momento en que él arrojase el aparato eléctrico a la bañera cuando oyó el zumbido cerca de su oído. Reconoció lo que era tanto por el calor como por el sonido: se trataba de un secador de pelo.

La cinta de su cara no le servía de ninguna protección. Sentía como si le estuvieran introduciendo una aguja al rojo vivo en la cabeza, más profundamente cada vez. Se retorcía con desesperación, pero aunque tratara de escapar, el calor la seguía. Tampoco se metió debajo del agua, que ya había alcanzado más altura que sus piernas extendidas. Lo único que hizo fue golpearse su abrasada oreja contra la bañera.

– Eso es lo que hacen los perros -dijo a la vez que presionaba el secador contra su ojo izquierdo.

Cuando sintió que el globo ocular se le secaba, hundió la cabeza en el agua. Era la única elección que tenía y él le ayudó a no cambiar de idea plantándole un pie sobre la garganta.

28

El Piquete Político era un gran edificio de la época victoriana situado en la cima de Everton. Los pasos que había entre las rejas acabadas en punta que conducían cuesta abajo hacia la acera habían sido reemplazados por una rampa de cemento. Kathy se ofreció a ayudar a un anciano en silla de ruedas a subirla, pero él le respondió con un gruñido de rechazo. Mientras esperaba a que el anciano terminara la tarea, contempló el centro de Liverpool al otro lado del río. Más allá, el sol se hundía en la península, sobre la que podía ver el observatorio que había por encima de su casa. Dejó volar su imaginación y pensó que el sol estaba iluminando a Dudley sobre el esfuerzo que estuviese realizando este fin de semana; y lo que era mejor, que la luz de su creatividad era la que iluminaba al mundo. Se dirigió hacia la rampa con la esperanza de que se hallara en el club, con todo terminado.

La puerta principal permanecía abierta gracias a un tope. Tenía el mismo color rojo intenso que las grandes ventanas sin cortinas que había a la izquierda. La mayor parte del edificio se encontraba en ese lado de la gran escalera, donde todas las puertas de la planta baja conducían a una única sala, varias en el pasado. Kathy siguió al hombre de la silla de ruedas a través de la puerta más cercana y este fue recibido con un brindis que continuó después de su aparición. La sala estaba casi llena, de hombres que sobrepasaban la edad de la jubilación en su mayoría. Aquellos que no estaban agrupados en torno a la barra del bar situada en la pared del fondo, estaban sentados alrededor de unas mesas que más que de un bar, parecían haberlas sacado de una cafetería antigua o dos. Las paredes estaban adornadas con estandartes con leyendas como: «Detened la guerra. Marcha por el trabajo» y también con algunas fotografías de demostraciones enmarcadas, algunas de cuando ella era una niña o incluso anteriores. No localizaba a Dudley aunque aquello podía deberse en parte a todo aquel humo. El grupo al que el hombre de la silla de ruedas se había unido estaba dándole tal bienvenida arrastrando los pesados taburetes acolchados por el suelo para dejarle espacio, que no se había percatado de la presencia de Monty hasta que este le habló al oído.

– Al final no lo has traído.

Pudo adivinar que había bebido por su aliento y las manchas grises de su calva.

– No sabía que se suponía que debía hacer tal cosa -dijo ella.

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