Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
«Un animal pequeño depende demasiado, por otra parte, de los accidentes más insignificantes que se produzcan sobre la superficie del planeta, como el viento, la lluvia, etc., que para él se convertirían en verdaderas catástrofes. Y para poder comprender el mundo, es necesario ser hasta cierto punto independiente de las fuerzas de la naturaleza. Por eso el animal racional debe estar dotado de movimiento, de dimensiones y fuerzas suficientes, ergo poseer un esqueleto interno semejante al de nuestros vertebrados. No puede ser tampoco demasiado grande, porque en este caso faltarían las condiciones adecuadas de estabilidad y de armonía del organismo, necesarias para sostener una sobrecarga colosaclass="underline" el cerebro.
«Me he extendido demasiado… En resumen, el animal debe ser vertebrado, tener una cabeza y una estatura casi igual a la nuestra. Todas estas características del hombre no son casuales. En efecto, el cerebro puede desarrollarse cuando la cabeza no es un instrumento, no está sobrecargada por cuernos, dientes, fuertes mandíbulas, no roe la tierra, no aferra la presa. Esto es posible si la naturaleza ofrece una nutrición vegetal suficiente; por ejemplo, para nuestro hombre tiene gran importancia la aparición de plantas frutícolas. Esto libera su organismo de la interminable digestión de la masa vegetal, a la que están condenados los herbívoros, así como del destino de los carnívoros í la caza y la búsqueda de la presa viva. El animal carnívoro, precisamente porque come carne, debe poseer instrumentos para agredir y matar, que impiden el desarrollo del cerebro. Sin embargo, si existen los frutos, las mandíbulas pueden ser relativamente más débiles, puede desarrollarse la gran caja craneana que aplana el morro. También se podría decir otra cosa: por ejemplo, cómo deberían ser las extremidades, pero la cosa ya está bastante clara: libertad de movimientos y capacidad para tener, usar y preparar un instrumento. Sin instrumento ni es ni puede existir el hombre. De ahí una última consideración. La finalidad de las extremidades debe estar diferenciada: unas deben permitir el movimiento, y son las piernas; otras deben ser órganos de presa, las manos. Todo esto viene unido al hecho de que la cabeza debe estar elevada del suelo, pues de otra forma disminuyen las posibilidades de percibir el mundo circunstante.
«Conclusión: la forma del hombre, su aspecto de animal racional no es una casualidad; es una forma correspondiente de un organismo que posee un gran cerebro. Entre las fuerzas hostiles del cosmos existen sólo zonas restringidas que la vida aprovecha, y estas zonas determinan su aspecto. Por eso, cualquier otro ser racional que no sea el hombre debe poseer muchas características estructurales semejantes a las humanas, en particular en lo que al cráneo se refiere. Sí, el cráneo debe ser absolutamente semejante al del hombre. Tales son, en resumen, mis conclusiones. — Satrov calló. Luego, su impaciencia largo rato contenida estalló—: Y ahora, ¡veamos la bestia celeste!
— ¡Inmediatamente! — Delante del armario, Davydov se detuvo—. Debo decirle, Aleksej Petrovic, que tiene toda la razón. Es sorprendente. En estos momentos se siente cuan poderosa es la ciencia, qué milagro es el pensamiento del hombre…
— Está bien. ¡Veamos ese cráneo!
Davydov sacó del armario una gran caja.
Ante los ojos de Satrov apareció un cráneo de extraño color violeta oscuro, recubierto de huecos y profundas grietas. La sólida caja ósea, habitáculo del cerebro, era muy semejante a la del hombre, así como las enormes ojeras salientes desde el estrecho puente óseo de la raíz nasal. Enteramente humanas eran también la nuca, redonda y rígida, y la breve, casi perpendicular, parte facial, coronada por la enorme frente inclinada hacia delante. Pero en lugar de los huesos nasales, el cráneo presentaba una base triangular, de la que surgía la mandíbula superior en forma de pico, ligeramente doblada hacia abajo por su extremidad anterior. La mandíbula inferior se correspondía con la superior, y tampoco ésta tenía la menor traza de dientes. Las extremidades articuladas se apoyaban casi verticalmente en la cavidad sobre amplias apófisis replegadas sobre grandes orificios redondos situados a los lados, bajo las sienes.
— ¿Es sólido? — preguntó Satrov en voz baja, y ante el signo afirmativo de Davydov, tomó el cráneo en las manos—. ¿En vez de dientes tenía una extremidad córnea en la mandíbula, cortante, como la de la tortuga? — preguntó, y sin esperar la contestación, continuó—:La estructura de las mandíbulas, de la nariz, del aparato auditivo es bastante primitiva… Estos huecos, toda la osamenta, demuestran que la piel debía adherirse directamente sobre el hueso, sin el estrato subcutáneo de los músculos. Una piel de tal clase difícilmente podría tener pelos. Y los huesos aislados…, naturalmente, hay que estudiarlos. La mandíbula está formada por dos huesos, también más primitivo que en el hombre…
«En su planeta existía, quizá, un ambiente natural algo diferente, y se ha producido un curso distinto de los procesos geológicos. Se han dado otras condiciones de selección natural. Interesante. ¿Ha estudiado la composición de este hueso?
— Detenidamente, no. Aunque sé que no es de fosfato de cal, como los huesos del hombre terrestre, sino…
— ¿De silicio? — le cortó Satrov.
— Exacto. El motivo es comprensible. Las propiedades químicas del silicio son análogas a las del carbono, y puede ser enteramente utilizado en los procesos biológicos.
— Pero, ¿y el esqueleto? ¿Y los huesos? ¿No ha encontrado nada?
— Absolutamente nada, excepto… — Davydov cogió del armario una segunda caja—. Aquí está…
Satrov vio dos pequeños fragmentos metálicos y un disco redondo de casi doce centímetros de diámetro. Los fragmentos metálicos tenían caras de iguales dimensiones; parecían pequeños heptaedros.
Por su peso, el metal se asemejaba al plomo, pero se distinguía de este último por su gran compacidad y su color amarillo claro.
— ¿Adivina qué es? — preguntó Davydov, haciendo saltar los dos pesados objetos en la palma de la mano.
— ¿Qué son? ¿Alguna aleación? — inquirió Satrov—. Ya que me lo pregunta, no debe tratarse de nada excepcional.
— En efecto. Es afnio, un metal raro, semejante por sus propiedades físicas al cobre, pero más pesado e incomparablemente más refractario. Sólo tiene una propiedad interesante: la de emitir electrones a alta temperatura. Y esto tiene un significado…, en especial si se examina este extraño espejo.
Satrov tomó el disco metálico, también muy pesado. El borde estaba redondeado y presentaba once profundas hendiduras, dispuestas a igual distancia. Por un lado, la superficie del disco era ligeramente cóncava, lisa y muy dura. Bajo un estrato transparente como el cristal se adivinaba un metal puro, blanco plateado, corroído en un punto que aparecía cubierto de una pátina gris. El estrato transparente se hallaba comprimido dentro de un anillo de metal duro gris azulado, que recubría toda la parte opuesta. En el centro de éste se abría un pequeño círculo de materia transparente igual a la de la otra cara, completamente cubierta por una pátina opaca, y de superficie convexa. El diámetro del círculo no superaba los seis centímetros. A su alrededor habían numerosas estrellitas grabadas con diverso número de puntas: desde dos hasta once. Las estrellitas estaban dispuestas sin orden aparente, aunque quedaban comprendidas dentro de dos líneas en espiral dibujadas una en la otra.