El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– No te detengas, no mires atrás.
Una vez dentro Selene formuló un potente conjuro de protección y luego se lanzó sobre su tesoro más preciado. El cetro de poder estaba en el lugar donde lo dejaron.
Selene se dirigió a Anaíd.
– Enséñame ese regalo.
Anaíd le mostró los pendientes. Selene los reconoció.
– ¡No puede ser!
– ¿El qué?
– Él no puede estar aquí.
– ¿Quién?
Selene miró a través de la ventana de la caravana escrutando la noche. No vio nada.
– Ahora lo sabrás. Escúchame con atención…
13
Desde el momento en el que supe que Gunnar era hijo de la dama de hielo, mi amor por él se enfrió como la nieve que cubría nuestra cabaña. Fingí una larga convalecencia y, durante las interminables veladas en las que Gunnar leía a la luz de la lamparilla de gas creyendo que yo dormía, le observaba atentamente, con una mirada nueva, y descubría su impostura, su estudiado desenfado, su falsa apariencia de juventud.
De pronto comprendía muchas de las cosas que había ido pasando por alto: su dilatada experiencia, su sabiduría, su cosmopolitismo y su infinita paciencia. Para alguien que había vivido cien vidas como él y conservaba intactas su belleza y su fuerza, las virtudes que otorgan los años lo impregnaban de un halo de seductor misterioso, aunque supuse que en realidad para él ya nada podía tener importancia o trascendencia.
Gunnar hablaba en primera persona de los vikingos y lo hacía con conocimiento de causa puesto que él mismo fue rey, comerciante, berseker y navegante. Gunnar fue el rey Olafr que enamoró y sedujo a la bella escalda Helga, cuyos huesos se revolvían en su tumba buscando a su amado. La tumba del rey Olafr estaba vacía, puesto que Olafr no murió, simplemente se transformó en Karl, Franz o Ingar. Ingar, el navegante y ballenero que Kristian me recordaba. Ingar no era el abuelo de Gunnar, era Gunnar. Y Gunnar fue el pequeño Harald, a quien atendió Arna en la granja islandesa, cuando los primeros colonos fundaron sus casas y llevaron consigo a sus animales y sus familias. Pero eso debió de ocurrir hacía centenares de años.
Desde entonces Gunnar había recorrido el planeta cientos de veces, hablado infinidad de lenguas, leído miles de libros, amado a millares de mujeres.
¿Qué era yo en medio de esa dilatada experiencia? ¿Qué podía significar un amorío más, un hijo más, un viaje más para alguien que ha recorrido todos los mares y los rincones infinitos de la geografía terrestre y humana?
Me sentí mal, muy mal.
Me hizo creer en el amor. Me hizo sentir la locura, el deseo, la entrega y… todo era mentira. En sus brazos me convenció de que los dos éramos un solo ser…, pero era mentira.
Gunnar sólo quería concebir a la elegida para entregársela a su madre. Gunnar, como el espíritu del explorador, probablemente carecía de voluntad. Era un soldado de la dama de hielo. Actuaba por imperativos maternos y nunca se enamoró de mí ni de la dulce Meritxell.
Era un monstruo.
Estaba claro cómo habían ocurrido los hechos. Se trataba de cambiar la causa y el efecto. No fue Meritxell quien se enamoró de Gunnar, sino que Gunnar engañó a Meritxell y luego me engañó a mí.
Mi sentido de la culpa se diluyó completamente y pasé a considerarme víctima de Gunnar. No podía entender su doble juego de enamorarnos simultáneamente a Meritxell y a mí, pero una cosa me resultaba evidente: Gunnar era mi enemigo y me quería quitar a mi pequeña. Y atando cabos caí en otra obviedad. Mi hija, la pequeña loba que según la vidente ciega Omar era la elegida de la profecía, tenía sangre Odish. Yo misma llevaba sangre Odish en mi cuerpo y daría a luz a una pequeña Odish. Y ésa era la sangre Odish que habían detectado las brujas Omar del clan de la yegua y contra la que pretendían exorcizarme aun a costa de sacrificar a mi bebé. Así pues, huyendo con Gunnar, yo había salvado a mi pequeña y había velado para que la profecía se cumpliese.
¿Y mi niña? ¿Cómo sería? Aunque me había educado en el rechazo a las Odish y había sido aleccionada para temerlas y odiarlas, no pude trasladar ese sentimiento a mi hija. Mi maternidad era mucho más ancestral, antigua y primitiva que todos los convencionalismos entre tribus y facciones. Pasase lo que pasase, la querría.
El tiempo fue avanzando inexorable y yo no me sentía con fuerzas para luchar contra el miedo y la tristeza. La debilidad de mi cuerpo era un lastre. Pasaba las horas tendida en el camastro, dormitando, hibernando, sufriendo en silencio y preguntándome una y otra vez por qué Gunnar me había hecho creer que me amaba.
Su traición era lo que más me dolía y me sentía sola y abandonada en medio de la nada. Nunca había sentido tanta desolación. Nunca había estado tan sola. Nunca había sido tan desgraciada.
Gunnar se tumbaba a mi lado y me acariciaba con dulzura, y una parte de mí quería abandonarse y la otra lo rechazaba con todas sus fuerzas aunque sin poder manifestarlo. Y yo, en medio de ambas, presa de la angustia y el desespero, con ganas de llorar y hasta de morir, sentía que sin la luz del sol me iba apagando y que necesitaba creer en algo para que mi llama no se consumiese de pena.
Gunnar se preocupó. Lo oí discutir una noche con el explorador. Por supuesto, su preocupación poco o nada tenía que ver con el amor. Era una preocupación egoísta. Yo era algo así como una vaca y él tenía comprometido el ternero. Quería alimentarme y lustrar mi piel hasta el final para obtener un buen precio por la mercancía.
Me partía el alma.
– La dama se impacienta -avisó el explorador de voz ronca.
Inmediatamente Gunnar, con voz mucho más susurrante, se incorporó de su asiento.
– Ha esperado miles de años, bien puede esperar unos meses.
El explorador señaló mi vientre.
– Puede haber problemas.
Gunnar le indicó silencio y abrió la puerta de la cabaña invitándolo a salir.
Y yo me di cuenta de que estaba sola, de que por primera vez en mucho tiempo nadie me controlaba. Moví un brazo, el otro, una pierna, la otra. Luego me incorporé con mucho cuidado, me levanté de la cama, mareada, y me arrodillé junto a mi bolsa para recuperar mi atame y mi vara. Hacía días que quería hacerlo. Pero al meter mi mano en el doble fondo de la bolsa me quedé lívida. Imposible. La puse boca abajo y la agité frenéticamente. No cayó nada. Me puse a cuatro patas para buscar debajo de las baldas, y tampoco encontré nada. Volví a hurgar en todos los rincones de mi bolsa de viaje. Nada. Entonces regresó Gunnar.
– ¡Selene! ¡Estás bien!
Su voz sonaba sincera. Cualquiera hubiera dicho que su alegría por mi recuperación era auténtica. Decidí que, si él era capaz de mentir con tanto aplomo, yo también. Me llevé la mano al vientre, fingiendo un espasmo.
– Tengo dolores.
Gunnar se sorprendió. Puso su mano sobre mi tripa. Calló y esperó.
– No tienes contracciones.
Un mes antes hubiera pensado que la sabiduría de Gunnar era infinita. Ahora sabía que Gunnar habría puesto esa misma mano sobre montones de vientres y que posiblemente había asistido a multitud de partos. Por eso sabía con tanta precisión cómo tratarme y estaba tan sereno. Pero no podía acusarlo de eso, ni de nada. Entre nosotros sólo reinaba la mentira y la falsedad. Ni siquiera podía darle a entender que buscaba mi vara y mi atame. Si él los había escondido, yo los encontraría, pero para ello tenía que alejarlo de la cabaña.
A Gunnar enseguida le llamó la atención ver mi bolsa vacía en el suelo.
– ¿Buscabas algo?
Improvisé con acierto:
– Mis pastillas para la tensión. ¿No las has visto? Estaban en mi bolsa. Son para evitar una subida de tensión; si se me dispara, sufriré un parto prematuro.