La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Dibuja a los cazadores prehistóricos unos enormes falos tiesos.
– Es una buena idea. -El elfo sumergió el pincel en la pintura-. El culto fálico es típico de las civilizaciones primitivas. Puede también servir para que se forje la teoría de que la raza humana padece de degeneración física. Los antepasados tenían falos como porras, y a los descendientes no les quedaron más que unas ridículas pollitas… Gracias, brujo.
– No hay de qué. Oh, me rondaba en el espíritu. La pintura tiene un aspecto demasiado reciente como para ser prehistórica.
– Al cabo de tres o cuatro días los colores palidecen por influjo de la sal que colma la pared y la imagen se hace tan prehistórica que te caes de espaldas. Vuestros científicos se van a mear de gusto cuando lo vean. Apuesto la cabeza a que ninguno reconoce mi comedia.
– Lo reconocerán.
– ¿Y cómo?
– Porque no vas a ser capaz de no firmar tu obra maestra.
El elfo se rió seco.
– ¡Tocado! Me has descifrado sin error. Ah, es difícil que el artista apague la hoguera de las vanidades. Ya he firmado la pintura. Oh, aquí.
– ¿Eso no es una libélula?
– No. Es un ideograma que significa mi nombre. Me llamo Crevan Espane aep Caomhan Macha. Por comodidad utilizo el alias de Avallad! y también de este modo puedes dirigirte a mí.
– No dejaré de hacerlo.
– A ti, por tu parte, te llaman Geralt de Rivia. Eres un brujo. Sin embargo, en la actualidad no te dedicas a perseguir a monstruos y bestias, te ocupas de buscar a muchachas desaparecidas.
– Las noticias se extienden asombrosamente rápido. Y asombrosamente lejos. Y asombrosamente profundo. Al parecer has predicho que yo iba a aparecer por aquí. Entonces, ¿he de entender que sabes predecir el futuro?
– Predecir el futuro -Avallac´h se limpió las manos en un trapo- puede hacerlo cualquiera. Y todo el mundo lo hace, porque en realidad es fácil. Lo difícil es acertar.
– Un argumento elegante y digno de un epigrama. Tú, está claro, sabes acertar.
– Y bastante a menudo. Yo, querido Geralt, sé muchas cosas y sé hacer muchas cosas. Al fin y al cabo, esto lo señala mi título académico, como diríais vosotros, humanos. Al completo: Aen Saevherne.
– Un Sabedor.
– Exactamente.
– ¿Y que tiene ganas, espero, de compartir su saber?
Avallac´h guardó silencio durante un instante.
– ¿Compartir? -dijo por fin, arrastrando las sílabas-. ¿Contigo? El saber, querido mío, es un privilegio, y el privilegio sólo se comparte con los que son iguales a uno. ¿Y por qué yo, elfo, Sabedor, miembro de la élite, tendría que compartir nada con el descendiente de un ser que apareció en el universo hace nada más que cinco millones de años, evolucionando a partir del mono, la rata, el chacal u otro mamífero? ¿Un ser que precisó alrededor de un millón de años para descubrir que con ayuda de dos manos peludas podía realizar no sé qué operación con un hueso mordisqueado? ¿Y que después de lo cual se metió ese hueso en el ano, gimiendo de felicidad?
El elfo guardó silencio, se dio la vuelta y clavó los ojos en su pintura.
– ¿Por qué -repitió- te atreves a juzgar que voy a compartir contigo cualquier saber, humano? ¡Dímelo!
Geralt se limpió la bota de los restos de mierda.
– ¿Puede -replicó seco- que porque sea inevitable?
El elfo se dio la vuelta bruscamente.
– ¿Qué -preguntó a través de los dientes apretados- es inevitable?
– ¿Puede -Geralt no tenía ganas de alzar la voz- que porque cuando pasen unos cuantos años más los humanos se vayan a adueñar por su cuenta de todo saber, sin importarles si alguien quiere compartirlo con ellos o no? ¿Incluyendo el saber acerca de lo que tú, elfo y Sabedor, tan hábilmente escondes tras unos frescos rupestres? ¿Contando con que los humanos no van a querer destrozar con picos esa pared, pintada con falsas pruebas de la existencia de hombres primitivos? ¿Qué? ¿Tu hoguera de las vanidades?
El elfo bufó. Muy alegre.
– Oh, sí -dijo-. Una vanidad verdaderamente ligada a la estupidez sería considerar que no vais a destrozar algo. Lo destrozáis todo. Sólo que, ¿qué pasa con ello? ¿Qué pasa con ello, humano?
– No lo sé. Dímelo. Y si no lo consideras adecuado, entonces me iré. Lo mejor, por otra salida, porque en aquélla está esperándome tu traviesa compañía con el deseo de romperme las costillas.
– De acuerdo. -El elfo extendió la mano con un brusco movimiento y la pared de roca se abrió con un chirrido y un chasquido, partiendo brutalmente en dos al bisonte violeta-. Vete entonces. Sal a la luz. En sentido literal o figurado, suele ser el camino correcto.
– Da un poco de pena -murmuró Geralt-. Me refiero al fresco.
– Bromeas -dijo el elfo al cabo de un instante de silencio, sorprendentemente suave y amistoso-. Al fresco no le pasará nada. Con un hechizo idéntico cerraré la roca, no quedará ni la huella de una grieta. Ven. Saldré contigo, te guiaré. He llegado a la conclusión de que sí que tengo algo que contarte. Y que mostrarte.
Al otro lado reinaba la oscuridad, pero el brujo enseguida supo que la cueva era enorme, por la temperatura y el movimiento del aire. La grava sobre la que caminaban estaba húmeda.
Avallac´h hizo luz con un hechizo, al modo élfico, sólo con un gesto, sin pronunciar un encantamiento. La bola luminiscente voló hacia el techo, unas formaciones de cristal de roca en las paredes de la gruta ardieron con una miríada de reflejos y brillos, las sombras bailaron. Contra su propia voluntad, el brujo lanzó un suspiro.
No era la primera vez que veía esculturas y relieves élficos, pero cada vez, la sensación era la misma. Que las figuras de elfos y elfas congeladas en pleno movimiento, en mitad de un parpadeo, no eran obra del cincel de un escultor sino efecto de algún poderoso hechizo capaz de transformar los tejidos vivos en blanco mármol de Amell.
La estatua más cercana representaba a una elfa sentada con los pies recogidos sobre una placa de basalto. La elfa volvía la cabeza como si se hubiera alarmado por unos pasos que se acercaran. Estaba completamente desnuda. El mármol blanco, pulido hasta lograr un brillo lácteo, lograba que hasta se sintiera el calor emanando de la estatua.
Avallac´h se detuvo y se apoyó sobre una de las columnas que delimitaban el camino entre el paseo de estatuas.
– Por segunda vez -habló despacio- me has descifrado al momento, Geralt. Sí, tenías razón, las pinturas de bisontes en la roca eran un camuflaje. Que se supone que tenía que evitar que cavaran y atravesaran la pared. Que se supone que tenía que proteger todo esto del robo y la devastación. Todas las razas, la élfica también, tienen derecho a sus raíces. Lo que ves aquí son nuestras raíces. Pisa, por favor, con cuidado. Esto es, en realidad, un cementerio.
Los reflejos de luz que bailaban en los cristales de roca arrancaban más detalles a las tinieblas: detrás del paseo de las estatuas se veían columnatas, escaleras, galerías de anfiteatros, arquerías y peristilos. Todo de mármol blanco.
– Quisiera -siguió Avallac´h, deteniéndose y señalando con una mano- que todo esto perdurara. Incluso cuando nosotros nos vayamos, cuando todo este continente y todo este mundo se encuentre bajo una capa de una milla de espesor de hielo y nieve, Tir ná Béa Arainne perdurará. Nos iremos de aquí, pero volveremos algún día. Nosotros, los elfos. Nos lo ha prometido Aen Ithlinnespeath, las profecías de Ithlinne Aegli aep Aevenien.
– ¿De verdad creéis en ella? ¿En esa pitonisa? ¿Tan profundo es vuestro fatalismo?
– Todo -el elfo no le miraba a él sino a la columna de mármol cubierta de un relieve delicado como una tela de araña- ha sido ya predicho y profetizado. Vuestra llegada al continente, la guerra, la sangre de elfo y de humano vertida. El desarrollo de vuestra raza y la decadencia de la nuestra. La lucha de los gobernantes del norte y del sur. Y la rebelión del rey del sur contra los reyes del norte y la invasión de sus tierras como si fuera una inundación. Ellos serán aplastados y sus naciones destruidas… Y así comenzará el fin del mundo. ¿Recuerdas el texto de Mina, brujo? Quien esté lejos, morirá de la peste. Quien esté cerca, caerá por la espada. Quien se esconda, morirá de hambre. Quien perviva, se perderá por el frío… Puesto que se acerca Tedd Deireádh, el Tiempo del Fin, el Tiempo de la Espada y el Hacha, el Tiempo del Odio, el Tiempo del Invierno Blanco y de la Ventisca del Lobo…