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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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– No importa, Geralt. Yo voy a soñar por los dos.

Se pusieron en marcha al alba. Había dejado de llover, parecía incluso que el sol intentaba encontrar algún agujero por entre la grisura que cubría el cielo.

Cabalgaban despacio, ambos en un solo caballo con arreos militares nilfgaardianos.

El caballo chapoteaba en las riberas, iba al paso por la orilla del Sansretour, un riachuelo que discurría hacia Toussaint. Geralt conocía el camino. Ya había estado alguna vez allí. Hacía muchísimo tiempo, mucho había cambiado desde entonces. Pero no se había cambiado el valle ni el riachuelo Sansretour, el cual, según avanzaban, se iba convirtiendo cada vez más en el río Sansretour. No habían cambiado los Montes de Amell ni el obelisco de la Gorgona, la Montaña del Diablo, que los dominaba.

Algunas cosas tenían esa propiedad, simplemente no cambiaban.

– Un soldado no cuestiona las órdenes -dijo Cahir, masajeándose el vendaje en la cabeza-. No las analiza, no reflexiona sobre ellas, no espera que le expliquen su significado. Esto es lo primero que en mi país se le enseña a un soldado. Así que puedes imaginarte que ni siquiera por un segundo reflexioné sobre la orden que me habían impartido. La pregunta de por qué precisamente yo tenía que capturar a aquella infanta o princesa cintriana ni siquiera se me pasó por la cabeza. Una orden es una orden. Estaba enfadado, es cierto, porque quería obtener gloria luchando con la caballería, con el ejército regular… Pero el trabajo para el servicio secreto se considera en nuestra tierra un honor. Si solamente se hubiera tratado de una tarea más difícil, de un prisionero importante… Pero, ¿una muchacha?

Geralt echó al fuego las raspas de la trucha. Antes de que cayera la noche habían pescado en un arroyuelo que caía en el Sansretour suficientes peces como para hartarse. Las truchas estaban en la época de desove y se dejaban atrapar con facilidad.

Escuchaba la narración de Cahir, y la curiosidad luchaba en él con un sentimiento de profunda tristeza.

– Al fin y al cabo se trató del azar -dijo Cahir, mirando la lumbre-. El más puro azar. Teníamos, por lo que me enteré más tarde, un espía en la corte de Cintra, el camarero mayor. Cuando conquistamos la ciudad y nos preparábamos para rodear el castillo, el espía se escapó y nos hizo saber que se estaba intentando sacar a la princesa de la ciudad. Se formaron varios grupos como el mío. Por una casualidad, fue con el mío con el que se tropezaron los que transportaban a Ciri.

«Comenzó una persecución por las calles, en barrios que ya estaban ardiendo. Aquello era el mismo infierno. Nada, excepto el rugido de las llamas, paredes de fuego. Los caballos no querían avanzar y las personas, para qué hablar más, tampoco tenían muchas ganas de azuzarlos. Mis subordinados, eran cuatro, comenzaron a agitarse, a gritar que me había vuelto loco, que los conducía a la perdición… Apenas conseguí recuperar el control…

»Los perseguimos a través de aquella sartén de fuego y los alcanzamos. De pronto los tuvimos ante nosotros, cinco cintrianos a caballo. Y comenzó la escabechina antes de que tuviera tiempo de gritar que tuvieran cuidado con la muchacha. La cual, al fin y al cabo, se halló en el suelo al momento, puesto que el que la llevaba en el arzón fue el primero en caer. Uno de los míos la alzó y la subió al caballo, pero no fue muy lejos, alguno de los cintrianos le pinchó en la espalda y lo atravesó. Vi cómo la hoja pasó a una pulgada de la cabeza de Ciri, quien volvió a caer al barro. Estaba medio inconsciente a causa del miedo, vi cómo se apretaba junto al muerto, cómo intentaba arrastrarse por encima de él… Como un gatillo por encima de una gata muerta…

Se calló, se escuchó cómo tragaba saliva.

– Ni siquiera sabía que se aferraba a un enemigo. A un odiado nilfgaardiano.

»Nos quedamos solos -dijo al cabo-. Yo y ella, y alrededor había cadáveres y fuego. Ciri se arrastraba por un charco y el agua mezclada con sangre comenzaba ya a evaporarse. Una casa se hundió, ya casi no veía nada a causa del humo y las chispas. El caballo no quería acercarse. La llamé, le dije que viniera hacia mí, bramé por encima de los ruidos del incendio. Me vio y me escuchó, pero no reaccionó. El caballo no quería moverse y yo no podía controlarlo. Tuve que desmontar. Apenas pude cogerla a ella con una mano y con la otra sujetar el caballo, el caballo se resistió tanto que por poco no me tiró al suelo. Cuando la alcé, comenzó a gritar. Luego se tensó y se desmayó. La envolví con la capa, que había empapado en el charco, en el barro, el estiércol y la sangre. Y nos fuimos. Directamente a través del fuego.

»Yo mismo no sé cómo conseguimos escapar de allí. Pero de pronto apareció una grieta en la muralla y nos encontramos junto al río. Mala suerte, justo en un lugar que habían elegido los norteños para huir. Tiré el casco de oficial, porque me hubieran reconocido al instante, aunque las alas se habían quemado ya. El resto de la ropa estaba tan sucia que no podía traicionarme. Pero si la muchacha hubiera estado consciente, si hubiera gritado, me hubieran hecho pedazos con las espadas. Tuve suerte.

«Cabalgué con ellos dos leguas, luego me quedé retrasado y me escondí en los matorrales, junto al río lleno de cuerpos.

Se calló, carraspeó, se masajeó la cabeza vendada con las dos manos. Y enrojeció. ¿O se trataba tan sólo del brillo de la lumbre?

– Ciri estaba terriblemente sucia. Tuve que desnudarla… No se defendió, no gritó. Sólo temblaba, tenía los ojos cerrados. Cuantas veces la toqué, para lavarla o limpiarla, se tensó y se quedó rígida… Sé que hubiera hecho falta hablar con ella, tranquilizarla… Pero de pronto no pude encontrar palabras en vuestra lengua… En la lengua de mi madre, que sé desde niño. Como no pude encontrar palabras, quise tranquilizarla con caricias, con delicadeza… Pero ella se tensaba y gimoteaba… Como un pollito…

– Esto la persiguió en sus pesadillas -susurró Geralt.

– Lo sé. A mí también.

– ¿Qué pasó después?

– Se durmió. Y yo también. De cansancio. Cuando me desperté, ya no estaba junto a mí. No estaba por ningún lado. No recuerdo el resto. Quienes me encontraron afirman que corría en círculo y aullaba como un lobo. Tuvieron que atarme. Cuando me tranquilicé se ocuparon de mí gente del servicio secreto, gentes de Vattier de Rideaux. Les interesaba Cirilla. Dónde estaba, cuándo y adónde había huido, de qué forma se me había escapado, por qué le había permitido huir. Y otra vez, desde el principio, dónde está, adónde ha huido… Rabioso, grité algo sobre el emperador que persigue a las muchachas como un gavilán. A causa de aquel grito pasé más de un año en la ciudadela. Y luego recuperé la gracia imperial porque yo era necesario. En Thanedd era necesario alguien que hablara la común y supiera qué aspecto tenía Ciri. El emperador quería que fuera a Thanedd… Y que esta vez no fallara. Que le trajera a Ciri.

Guardó silencio un instante.

– Emhyr me dio la oportunidad. Podría haberla rechazado, objetado. Esto hubiera supuesto caer en desgracia y el olvido definitivo y total, para toda la vida. Pero podría haberla rechazado si hubiera querido. Pero no la rechacé. Porque sabes, Geralt… yo no había podido olvidarla.

»No te voy a mentir. Yo la veía sin descanso en mis sueños. Y no como la niña delgada que había sido en el río, cuando la desnudé y la lavé. La veía… y todavía la veo… como una mujer, hermosa, consciente, provocativa… Con tales detalles como una rosa tatuada en la ingle…

– ¿De qué hablas?

– No sé, yo mismo no lo sé… Pero así era y así sigue siendo. Yo la sigo viendo en sueños, de la misma forma que la veía entonces… Por eso me ofrecí a la misión a Thanedd. Por eso luego quise unirme a vosotros. Yo… Yo quiero volverla a ver. Quiero tocar otra vez sus cabellos, contemplar sus ojos… Quiero mirarla. Mátame si quieres. Pero no voy a fingir más. Yo pienso… pienso que la quiero. Por favor, no te rías.

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