La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– ¿O puede -se oyó una voz con una articulación todavía más innatural- que nosotros lo matemos? ¿Jaaa?
Los barbeglaces chamullaron en un coro furioso. Uno, grande como una calabaza madura, se acercó mucho y chasqueó sus dientes junto a los talones de Geralt. El brujo ahogó una maldición que le salió a los labios. Siguió adelante. Caía agua de las estalactitas, resonaba con un eco argentino.
Algo se pegó a su pierna. Se contuvo para no agitarla con violencia.
El ser era pequeño, no mucho mayor de un perro pequinés. También recordaba un poco al pequinés. En el rostro. Lo demás parecía de mono. Geralt no tenía ni idea de lo que era. En su vida había visto algo parecido.
– ¡Burujo! -articuló el pequinés con voz estridente, pero por completo inteligible, espasmódicamente agarrado a la bota de Geralt-. ¡Burujujo! ¡Jojoputa!
– Suéltate -dijo él a través de sus apretados dientes-. Suéltate de la bota o te doy una patada en el culo.
Los barbeglaces chamullaron todavía en taño más alto, violento y amenazador. Algo bramó en las tinieblas. Geralt no vio lo que había sido. Sonaba como una vaca, pero el brujo se apostaba cualquier cosa á que no había sido una vaca.
– ¡Burujo! ¡Jojoputa!
– Suelta mi bota -repitió, controlándose a duras penas-. He venido aquí sin armas, en paz. Me estás entorpeciendo…
Se detuvo y se atosigó con una ola de repugnante olor a causa del cual le lloraron los ojos y se le puso la carne de gallina.
El ser pequinoforme aferrado a su muslo desencajó los ojos y le defecó directamente sobre la bota. El asqueroso hedor estaba acompañado de sonidos todavía más asquerosos.
Lanzó una palabrota adaptada a la situación y separó de la pierna a la repugnante criatura. Mucho más delicadamente de lo que le correspondía. Pero y aun así sucedió lo que se esperaba.
– ¡Ha pegado una patada al pequeño! -gritó algo en la oscuridad, por encima de los huracanados chamulleos y bufidos de los barbeglaces-. ¡Ha pegado una patada al pequeño! ¡Ha dañado a uno menor que él!
Los barbeglaces más cercanos se le apretaron a los pies. Sintió cómo sus patillas nudosas y duras como una piedra lo agarraban e inmovilizaban. No se defendió, estaba completamente resignado. En la piel del más grande y más agresivo se limpió la bota enmendada. Le tiraron de las ropas, se sentó.
Algo grande se arrastró por una estalactita, saltó al suelo. Enseguida supo lo que era. Un llamador. Rechoncho, panzudo, peludo, de pies torcidos, de un ancho de tripa de como una braza, con una barba pelirroja que era incluso más ancha.
Al acercarse el llamador le iban acompañando unos temblores del suelo, como si no fuera el llamador el que se acercara, sino un percherón. Los pies callosos y anchos del monstruo tenían -por muy raro que esto sonara- una longitud cada uno de pie y medio.
El llamador se inclinó sobre él y emanó una peste a vodka. Los tunantes se destilan aquí su propio aguardiente, pensó Geralt maquinalmente.
– Has golpeado a uno menor que tú, brujo -le echó la peste en la cara el llamador-. Sin dar razón alguna atacaste y dañaste a una criaturilla pequeña, amable e inocente. Sabíamos que no se podía confiar en ti. Eres agresivo. Posees instintos asesinos. ¿Cuántos de nosotros has matado, canalla?
No le pareció adecuado responder.
– ¡Oooh! -El llamador le asfixió todavía más con el hedor de su alcohol digerido-. ¡Soñaba con esto desde niño! ¡Desde niño! Por fin se han cumplido mis sueños. Mira a la izquierda.
Miró como un idiota. Y recibió un puño derecho en los dientes de tal forma que vio la más absoluta claridad.
– ¡Ooooooh! -El llamador enseñó unos grandes dientes curvos desde el interior de una densa y apestosa barba-. ¡Soñaba con esto desde niño! Mira a la derecha.
– Basta. -Desde algún lugar en lo profundo de la caverna se escuchó una orden alta y sonora-. Basta de estos juegos y chanzas. Dejadlo ir.
Geralt escupió la sangre de su labio parido. Lavó la bota en una corriente de agua que caía de la pared. La mofeta con rostro de pequinés sonrió sarcástica, pero desde una distancia segura. El llamador también sonrió, mientras se masajeaba el puño.
– Ve, brujo -ladró-. Ve hacia él, ya que te llama. Yo esperaré. Porque al fin al cabo habrás de volver por aquí.
La caverna en la que entró, sorpresa, estaba llena de luz. A través de unas aberturas en la bóveda preñada de estalactitas caían unas columnas de claridad que se cruzaban, arrancando de las rocas y formaciones sedimentarias un espectáculo de brillos y colores. Además, en el aire colgaba una bola mágica de ardiente claridad, apoyada por los reflejos del cuarzo en las paredes. Pese a toda aquella iluminación, los límites de la caverna se perdían en la oscuridad, en una perspectiva de columnas de estalagmitas que desaparecían en la negra oscuridad.
En una pared, a la que la naturaleza había como preparado para aquel objetivo, se estaba creando en aquel momento una enorme escena de pinturas rupestres. El artista pintor era un alto elfo de cabello rubio, vestido con una toga manchada de pintura. En el brillo mágico-natural, su cabeza parecía estar rodeada por un halo luminoso.
– Siéntate. -El elfo, sin apartar la vista de la pintura, le señaló una roca a Geralt con un movimiento del pincel-. ¿No te han hecho daño?
– No. La verdad es que no.
– Tienes que perdonarlos.
– Cierto. Tengo.
– Son un poco como niños. Se alegraron terriblemente de tu venida.
– Ya lo he visto.
Sólo entonces le miró el elfo.
– Siéntate -repitió-. En un momento estaré a tu disposición. Ya estoy terminando.
Lo que estaba terminando el elfo era un animal estilizado, seguramente un bisonte. De momento sólo tenía listo el contorno, desde los imponentes cuernos hasta el no menos maravilloso rabo. Geralt se sentó en la roca señalada y se prometió a sí mismo ser paciente y humilde. Hasta las fronteras de lo posible.
El elfo silboteaba bajito a través de sus dientes apretados, sumergió el pincel en un recipiente con pintura y con rápidos movimientos pintó su bisonte de color violeta. Al cabo de un momento de reflexión pintó en un costado del animal unas rayas de tigre.
Geralt le contemplaba en silencio.
Por fin el elfo retrocedió un paso, admirando el fresco rupestre que mostraba ya toda una completa escena de caza. Unas delgadas figuritas humanas, armadas de arcos y lanzas y pintadas con unos negligentes toques de pincel, perseguían en salvajes saltos al bisonte violeta y rayado.
– ¿Qué se supone que tiene que ser esto? -Geralt no pudo resistirse.
El elfo le miró de pasada, mientras se llevaba la punta limpia del pincel a los labios.
– Esto es -explicó- una pintura prehistórica realizada por los primeros hombres que habitaron en esta caverna hace miles de años y se ocupaban sobre todo de cazar al ya largo tiempo extinguido bisonte violeta. Algunos de estos cazadores prehistóricos eran artistas, sentían una profunda necesidad de reaccionar artísticamente. Eternizar aquello que les rondaba en el espíritu.
– Fascinante.
– Claro que sí -admitió el elfo-. Vuestros científicos merodean desde hace años por las cavernas buscando las huellas de los hombres prehistóricos. Y cuantas veces las encuentran, se sienten fascinados sin medida. Puesto que encuentran pruebas de que no sois extraños en esta esfera y en este mundo a la vez. La prueba de que vuestros antepasados han habitado aquí desde hace siglos, de que por ello a sus herederos les pertenece este mundo. En fin, cada raza tiene derecho a algunas raíces. Incluso la vuestra, la humana, cuyas raíces hay que buscar más bien en la copa del árbol. Ja, un retruécano gracioso, ¿no crees? Digno de un epigrama. ¿Te gusta la poesía ligera? ¿Qué más piensas que se puede pintar aquí?