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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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– Preferiría que cuanto más deprisa…

– Descabalguemos. Te contaré todo.

Tuvieron que hablar más fuerte para poder entenderse a causa del ruido de una cascada que caía desde una impresionante altura por la pared vertical de un despeñadero rocoso. Abajo, allá donde la cascada se derramaba sobre una laguna bastante grande, se abría en la roca la negra boca de una cueva.

– Sí, ésa es -Regís confirmó las suposiciones del brujo-. Acudí a encontrarme contigo porque me ordenaron dirigirte aquí. Tendrás que entrar en esa cueva. Ya te dije, los druidas sabían de ti, sabían de Ciri, sabían de nuestra misión. Y se enteraron de ello a través de la persona que vive ahí. Esta persona, si creemos a los druidas, desea hablar contigo.

– Si creemos a los druidas -repitió con énfasis Geralt-. Yo ya he estado en estos alrededores antes. Sé lo que vive en las profundas cuevas bajo la Montaña del Diablo. Allí habitan diversos tipos de gentes. Pero en su mayoría no se puede hablar con ellos, a no ser que sea con la espada. ¿Qué más es lo que ha dicho tu druidesa? ¿En qué más tengo que creer?

– De forma muy clara -el vampiro clavó sus negros ojos en Geralt- me dio a entender que, en general, no le vuelven loca los personajes que destruyen y matan a la naturaleza viva y, en particular, los brujos. Le expliqué que en este momento eres brujo más bien de nombre. Que no perjudicas en absoluto a la naturaleza viva en tanto ésta no te perjudica a ti. La flaminica, has de saber que es una mujer de extraordinaria inteligencia, se dio cuenta al punto de que has abandonado el brujerismo no debido a un cambio de tu forma de pensar, sino obligado por las circunstancias. Sé perfectamente, dijo, que la desgracia ha afectado a una persona cercana al brujo. Así que el brujo se vio obligado a abandonar el brujerismo y a apresurarse a acudir a salvarla…

Geralt no hizo ningún comentario pero su mirada era suficientemente significativa como para que el vampiro se apresurara con las aclaraciones.

– Afirmó, cito: «No siendo brujo, el brujo demuestra que es capaz de humildad y sacrificio. Entrará en las oscuras simas de la tierra. Desarmado. Abandonando toda arma, todo hierro afilado. Todos los pensamientos malvados. Toda agresión, rabia, furia, arrogancia. Entrará con humildad. Y una vez allí, en las simas de la tierra, el humilde no brujo encontrará las respuestas a las preguntas que lo mortifican. Encontrará la respuesta a muchas preguntas. Pero si el brujo sigue siendo brujo, no encontrará nada».

Geralt escupió en dirección a la cascada y la cueva.

– Esto es la chorrada de siempre -afirmó-. ¡Un juego! ¡Una burla! Clarividencias, sacrificios, encuentros secretos en grutas, respuestas a preguntas… Tan elaboradas artimañas sólo las usan los viejos cuentistas ambulantes. Alguien se está burlando de mí. En el mejor de los casos. Y si no es una broma…

– No lo llamaría broma en ningún caso -dijo Regis categórico-. En ningún caso, Geralt de Rivia.

– Entonces, ¿qué es? ¿Una de las famosas rarezas druídicas?

– No lo sabremos -habló Cahir- mientras no nos convenzamos. Venga, Geralt, entraremos juntos…

– No. -El vampiro negó con la cabeza-. La flaminica fue, en ese aspecto, categórica. El brujo tiene que entrar allí solo. Sin armas. Dame tu espada. Me ocuparé de ella durante tu ausencia.

– Que los diablos… -comenzó Geralt, pero Regis le interrumpió con un rápido gesto.

– Dame tu espada -extendió la mano-. Y si tienes alguna otra arma, déjamela también. Recuerda las palabras de la flaminica. Nada de agresión. Sacrificio. Humildad.

– ¿Sabes a quién voy a encontrar allí? ¿Quién… o qué me está esperando en esa cueva?

– No, no lo sé. Los seres más diversos habitan los pasadizos subterráneos de la Gorgona.

– ¡Que me parta un rayo!

El vampiro carraspeó bajito.

– Eso tampoco se puede descartar -dijo serio-. Pero tienes que acometer el riesgo. Al fin y al cabo, sé que lo vas a acometer.

No se había equivocado. Tal y como se esperaba, la entrada a la cueva estaba cubierta de una impresionante alfombra de calaveras, costillas, pelvis y huesos. Sin embargo, no se percibía olor a corrupción. Aquellos restos de la vida terrena tenían por lo visto siglos tras de sí y cumplían el papel de decoración para asustar a intrusos.

O al menos eso pensaba él.

Entró en la oscuridad, los huesos crepitaron y chasquearon bajo sus pies.

La vista se le adaptó enseguida a la oscuridad.

Se encontraba en una gigantesca cueva, una caverna de roca cuyas medidas el ojo no estaba en condiciones de abarcar, puesto que las proporciones se quebraban y desaparecían en el bosque de estalactitas que colgaban del techo en pintorescos manojos. Del yacente de la cueva, brillante de humedad y entreverado de gravilla multicolor, surgían estalagmitas blancas y rosas, toscas y achaparradas en la base, esbeltas por arriba. Algunas de las puntas alcanzaban muy por encima de la cabeza del brujo. Algunas se unían por arriba con las estalactitas, formando acolumnadas estalagmitas. Nadie le gritaba. El único sonido que se podía oír era el eco del agua goteando y chapoteando.

Anduvo, despacio, directamente enfrente, en la oscuridad, entre las columnas de estalagmitas. Sabía que le estaban observando.

La falta de la espada a la espalda se hacía sentir con fuerza, importuna y claramente. Como la falta de un diente roto hacía poco tiempo.

Redujo el paso.

Algo que todavía un segundo antes había tomado por unas piedras redondas yaciendo a los pies de una estalagmita clavaba ahora en él unos ojos enormes y brillantes. En una masa compacta de greñas grisáceas cubiertas de polvo se abrían unas enormes mandíbulas y relucían unos colmillos cónicos

Barbeglaces.

Anduvo despacio y asentando los pies con cuidado. Los barbeglaces estaban por todos lados, grandes, medianos, pequeños, yacían en su camino, sin intenciones de apartarse. Hasta el momento se comportaban con tranquilidad; no estaba seguro, sin embargo, de lo que pasaría si pisaba a alguno.

Las estalagmitas eran ya como un bosque, no era posible caminar derecho, tenía que rodearlas. Desde arriba, desde la bóveda erizada de agujas como carámbanos, goteaba el agua.

Los barbeglaces -cada vez había más- le acompañaban en su marcha, revolcándose y amontonándose por el yacente. Escuchó su monótono chamulleo y sus bufidos. Percibió su olor penetrante y ácido.

Tuvo que detenerse. En su camino, entre dos estalagmitas, en un lugar que no le era posible evitar, yacía un equinopes bastante grande, una masa erizada de largas espinas. Geralt tragó saliva. Sabía bien que los equinopes podían disparar las espinas hasta una distancia de diez pies. Las espinas tenían una propiedad especiaclass="underline" una vez clavadas en el cuerpo, se quebraban y las afiladas puntas se hundían y «paseaban» cada vez más profundamente, hasta que por fin alcanzaban algún órgano sensible.

– Brujo tonto -escuchó en la oscuridad-. ¡Brujo cobarde! ¡Tiene miedo, ja, ja!

La voz sonaba extraña y ajena, pero Geralt ya había escuchado voces así más de una vez. Así hablaban seres que no estaban acostumbrados a comunicarse con ayuda del habla articulada, por eso tenía una acentuación y una entonación extraña, que alargaba las sílabas innaturalmente.

– ¡Brujo tonto! ¡Brujo tonto!

Se abstuvo de comentar nada. Se mordió los labios y pasó junto al equinopes. Las espinas del monstruo ondearon como los tentáculos de una actinia. Pero sólo por un momento; luego el equinopes se quedó inmóvil y comenzó a recordar de nuevo a un gran montón de hierba del pantano.

Dos enormes barbeglaces se cruzaron por su camino, farfullando y gruñendo. Desde arriba, de lo alto de la bóveda, le llegó el revoloteo de unas alas membranosas y unas risillas siseantes, una señal inequívoca de la presencia de portahojas y vespertilos.

– ¡Ha venido aquí un asesino, un matarife! ¡Un brujo! -Por la oscuridad se extendió la misma voz que había escuchado antes-. ¡Entró aquí! ¡Se atrevió! Pero no tiene espada, el matarife. ¿Cómo quiere matar? ¿Con la mirada? ¡Ja, ja!

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