El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Sila cerró los ojos sin necesidad de fingir cansancio.
– Le pagué por anticipado, Cayo Julio, así que no sé si tendría allí el dinero.
– Bien, yo he hecho todo lo que he podido -dijo César levantándose y mirando muy serio, aunque inútilmente, al yacente, que seguía con los ojos cerrados-. Os compadezco profundamente, Lucio Cornelio -añadió-, pero vuestra conducta no puede continuar. Mi hija casi perece de hambre por una inmadura vinculación emotiva con vos, de la cual aún no se ha curado, lo que significa que sois un vecino notablemente molesto. Si bien tengo que admitir que nada habéis hecho por vuestra parte para fomentar en ella tal sentimiento y, a la vez, debo confesar que ella os ha causado no menos perjuicio. Todo lo cual me induce a aconsejaros que cambiéis de residencia. He enviado un mensajero a vuestra madrastra en Circei para informarla de lo acontecido durante su ausencia y al mismo tiempo hacerle saber que su presencia en esta vecindad hace tiempo que ha dejado de ser deseable y es mejor que busque casa en el Carinae o el Caelia. Somos una vecindad tranquila y me dolería tener que presentar quejas y una denuncia al pretor urbano para preservar nuestra tranquilidad y nuestro bienestar físico. Pero, bien que me pese, Lucio Cornelio, estoy dispuesto a presentarla. Igual que sucede con el resto de los vecinos; estoy harto.
Sila no se movió ni abrió los ojos; mientras César seguía en pie, pensando hasta qué punto su reconvención había hecho efecto, sintió que le zumbaban los oídos. Dio media vuelta y se marchó.
Pero fue Sila quien primero recibió carta de Circei, no Cayo Julio César. Al día siguiente llegó un mensajero con una misiva del mayordomo de Clitumna, diciendo que habían encontrado el cadáver del ama al pie del acantilado que bordeaba la finca. Se había roto la crisma en la caída, pero no había circunstancias sospechosas. Como era bien sabido, añadía el mayordomo, la señora Clitumna se hallaba últimamente muy deprimida.
Sila sacó las piernas de la cama y se levantó.
– Preparadme un baño y la toga -dijo.
La pequeña herida de la frente iba curando rápidamente, aunque los labios aún estaban negros y tumefactos. Pero, aparte de eso, nada había en su aspecto que recordase el estado del día anterior.
– Ve a buscar a Cayo Julio César -dijo al mayordomo Iamus, una vez vestido.
Sila sabía perfectamente que todo su futuro giraba en torno a aquella entrevista. Gracias a los dioses que Scilax se había llevado a casa a Metrobio desde la fiesta, a pesar de las protestas del muchacho, que quería saber qué le había sucedido a su querido Sila. Esa circunstancia y la pronta llegada de César al escenario del crimen constituían los únicos fallos de su plan. ¡Qué suerte! ¡No cabía duda que tenía un ascendente de suerte! La presencia de Metrobio en casa de Clitumna cuando el preocupado Iamus llamó a César habría hecho la santísima irremediablemente a Sila. No, César nunca le habría condenado por un rumor, pero de haber visto al muchacho con sus propios ojos, la situación habría cambiado radicalmente. Y Metrobio no se habría arredrado. Estoy pisando un terreno peligroso y debo parar, se dijo Sila para sus adentros. Pensó en Stichus, en Nicopolis, en Clitumna, y sonrió. Si, ahora ya podía parar.
Recibió a César con absoluto aspecto de patricio romano, vestido de blanco inmaculado, con la franja estrecha de caballero adornando el hombro derecho de su túnica, y el cabello de su magnífica cabeza peinado de una forma atractiva pero muy varonil.
– Os ruego que me disculpéis por haceros venir de nuevo, Cayo Julio -dijo, entregándole un rollo de papel-. Acabo de recibir esto de Circei y pensé que deberíais verlo sin tardanza.
Impasible, César leyó despacio la carta, moviendo en silencio los labios. Sila sabía que estaba reflexionando a propósito del escrito, palabra por palabra. Cuando concluyó la lectura, dejó la carta.
– Es la tercera muerte -dijo en tono casi de alegría-. Vuestra casa ha quedado lamentablemente diezmada, Lucio Cornelio. Aceptad mi pésame.
– Imaginé que habríais redactado el testamento de Clitumna -añadió Sila, muy tieso-, si no, os aseguro que no os habría molestado.
– Sí, he redactado por orden suya varios testamentos; el último poco después de la muerte de Nicopolis -respondió sin que se alterara aquella mirada franca de sus ojos azules en el hermoso rostro; todo en él era cuidadosamente legalista e imparcial-. Lucio Cornelio, os agradecería que me dijeseis qué sentíais exactamente por vuestra madrastra.
Ahí estaba: el paso más delicado. Tenía que darlo con la seguridad y agilidad de un gato sobre un borde lleno de cortantes cristales a una altura de doce pisos.
– Recuerdo que en cierto momento os di mi opinión, Cayo Julio -respondió-, pero me complace tener ocasión de hablar más ampliamente sobre ella. Era una mujer muy estúpida y vulgar, pero da la casualidad de que yo la apreciaba. Mi padre -añadió con una mueca- era un borracho incurable, y los recuerdos de mi vida con él, y también durante varios años con mi hermana, hasta que se casó para liberarse, son una pesadilla. No éramos gente bien venida a menos, Cayo Julio, no llevábamos una vida que recordase para nada a nuestros origenes, sino que éramos tan pobres que no teníamos ni un esclavo. De no haber sido por la caridad de un maestro de la vía pública, yo, un patricio de la gens Cornelius, ni siquiera habría aprendido a leer y escribir. No he hecho servicio militar elemental en el Campo de Marte, ni aprendido a montar a caballo, ni he sido alumno de ningún abogado de los tribunales. No sé nada de la milicia, de retórica ni de la vida pública. Eso es lo que mi padre hizo de mi. Por eso yo apreciaba a Clitumna. Ella, al casarse con él, nos llevó a vivir en su casa; quién sabe si de haber seguido viviendo con mi padre en el Subura no me habría vuelto loco un día y habría acabado matándole, ofendiendo irremediablemente a los dioses. Pero, hasta el día de su muerte, fue ella quien llevó la peor parte y yo me libré de sus furores. Sí, yo la apreciaba.
– También ella os apreciaba, Lucio Cornelio -dijo César-. Su testamento es simple y claro: os deja todo lo que tenía.
¡Despacio, despacio! ¡Ni mucha alegría ni mucho pesar! Se hallaba ante un hombre muy inteligente y con mucha experiencia en el ser humano.
– ¿Me ha dejado lo suficiente para aspirar al Senado? -inquirió, mirando de hito en hito a César.
– Más que suficiente.
– No… puedo creerlo -replicó Sila, flaqueando a ojos vistas-. ¿Estáis seguro? Sé que era dueña de esta casa y de la villa en Circei, pero no creía que tuviera mucho más.
– Pues os equivocáis; era una mujer muy rica, que tenía inversiones, acciones e intereses en toda clase de empresas, así como en doce barcos mercantes. Os recomiendo que invirtáis el capital de los barcos y las acciones en propiedades. Tendréis que tener vuestros asuntos en perfecto orden para satisfacer a los censores.
– ¡Es un sueño! -exclamó Sila.
– No me extraña que lo veáis así, Lucio Cornelio. Pero tranquilizaos porque es una realidad -añadió César pausadamente, sin que le extrañase la reacción de Sila ni viese ninguna pena fingida, que su sentido común le dictaba que una persona como Lucio Cornelio Sila jamás habría sentido por Clitumna, por muy cariñosa que hubiera sido con su padre.
– Podría haber vivido aún muchos años -dijo Sila, como pensando en voz alta-. Realmente la fortuna me sonríe, Cayo Julio. Nunca pensé que podría decir eso. La echaré de menos, pero espero que en años venideros se comente que la mejor contribución que pudo hacer a la vida pública fue morirse, porque aspiro a hacer algo por mi clase y por el Senado.
¿Estaba bien dicho? ¿Se entendía la implicación que encerraba?
– Estoy de acuerdo, Lucio Cornelio, en que a ella le haría feliz saber que usáis fructiferamente su legado -replicó César, expresando la idea de Sila con mayor corrección-. Y espero que no celebréis más fiestas desaforadas, ni sigáis con esas equívocas compañías…