El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Deseosa de él, Clitumna le ofreció con ansia sus labios. Y así estaba, pegada a su boca y de puntillas, cuando él le rompió el pescuezo. Fue muy fácil. Crac. Probablemente ella ni se dio cuenta, pues él no vio el menor asomo de sospecha en sus ojos cuando empujó su cabeza hacia atrás con una mano, mientras le mantenía la espalda recta con la otra. Un gesto tan rápido como un golpe. Fácil. Crac. Un sonido brusco y definido que se propagó. Cuando la soltó, esperando que se desplomara, ella se irguió aún más de puntillas y comenzó a bailar con los brazos en jarras y balanceando obscenamente la cabeza con sacudidas, brincos y estirones que culminaron en una vorágine hecha un ovillo hasta que se desmoronó en un horrible y desgarbado enredo de codos y rodillas. En ese momento le llegó el olor cálido y acre de orina y, después, el hedor más fuerte de excrementos.
No gritó ni dio un salto para apartarse. Disfrutó inmensamente de la escena y mientras ella bailaba para él, la estuvo mirando fascinado, hasta que, al caer, la atisbó asqueado.
– Bien, Clitumna -masculló-, no has muerto como una señora.
Tuvo que levantarla, pese a que eso implicaba mancharse, mojarse, pringarse. No debía quedar ninguna señal en la tierna hierba bañada por la luna, ningún indicio de que se hubiera arrastrado un cadáver, que era el motivo principal por el que había dispuesto que fuese una noche agradable. La levantó, con excrementos y todo, y la llevó en brazos hasta el cercano borde del acantilado, sujetando bien las vestiduras para que no cayeran las heces, pues no quería dejar una estela en la hierba.
Ya estaba en el sitio previsto, al que había llegado sin vacilación por haberlo marcado con una piedra blanca días antes, la primera vez que había paseado por allí con ella. Sentía los músculos doloridos, al borde del espasmo. En un artístico picado de vestiduras, la perdió para siempre, cayendo a plomo sobre las rocas, cual fantasmagórico pájaro. Y allí quedó desparramada, como una mota informe que el mar no haría desaparecer de no ser por una galerna inusitada. Porque era vital que la encontrasen. El no quería que la herencia fuese a parar al limbo.
Al amanecer ya tenía a la mula junto a un arroyo, pero antes de acercarla a beber, fue él quien se metió en el agua sin quitarse la túnica de mujer y limpió los restos de su madrastra Clitumna. Después faltaba otra cosa por hacer, y la hizo nada más salir del agua. Llevaba al cinto un agudo puñal en una funda; con la punta, unos dos centímetros más abajo del pelo, se hizo en la frente un corte que empezó a sangrar inmediatamente como sucede con las heridas en la cabeza; pero no quedó ahí la cosa. Tenía que presentar un aspecto deplorable: puso el dedo anular y corazón a ambos lados del corte y tiró hasta que la carne se abrió, agrandando considerablemente la herida. La hemorragia aumentó y la sangre se esparció por la tela asquerosa y mojada del disfraz de la fiesta en horrendos y llamativos churretones. ¡Así! ¡Estupendo! Del bolsillo del cinturón sacó una compresa de lino y se la aplicó a la herida de la frente, atándosela fuerte con una cinta. Le había chorreado la sangre en el ojo izquierdo; enceguecido, se la limpió con la mano y fue a por la mula.
Cabalgó toda la noche, azuzando implacablemente al animal cuando desfallecía, porque lo había cansado mucho; pero la mula sabía que iba camino del establo y como tenía tendones más fuertes que un caballo, seguía avanzando. Le gustaba Sila; ése era el secreto de su buen comportamiento. El animal agradecía aquel simple bridón, más silencioso y cómodo que los bocados a que estaba acostumbrada, y trotaba, medio galopaba, andaba al paso y volvía a acelerar en cuanto podía, dejando un rastro de sudor sobre el camino. Porque la mula nada sabía de la mujer desmadejada, con el cuello roto, antes de la espantosa caída sobre las rocas al pie de su gran villa blanca. Ella se dejaba cabalgar por Sila tal como era y lo encontraba muy amable.
A una milla del establo, Sila descabalgó y desensilló la mula, tirando el arnés entre unas matas, y luego le dio una palmada en la grupa para ahuyentarla en dirección a las cuadras, convencido de que hallaría el camino. Pero cuando ya se dirigía hacia la puerta Capena vio que el animal le seguía y tuvo que tirarle piedras para alejarlo; la mula se fue sacudiendo su pobre rabo.
Oculto bajo la capa con capucha, Sila entró en Roma cuando el cielo comenzaba a ponerse color perla por el este. En nueve horas de setenta y cuatro minutos había cubierto cabalgando la distancia entre Circei y Roma, lo cual era notable proeza para una mula cansada y un jinete que había aprendido a montar en aquel viaje.
La escalinata de Caco unía el Circo Máximo con el Germalus del Palatino y estaba rodeada por los terrenos más sagrados, poseedores del espíritu de la primitiva ciudad fundada por Rómulo y en cuyos aledaños se encontraba la covacha en la que la loba había amamantado a los gemelos Rómulo y Remo. A Sila le pareció un lugar adecuado para abandonar su vestimenta y metió capa y venda en un árbol hueco, detrás del monumento al Genius Loci. La herida comenzó a sangrarle de nuevo, pero con menos fuerza. Por eso, los madrugadores de la calle de Clitumna se quedaron sorprendidos al verle acercarse tambaleándose, vestido con una túnica de mujer ensangrentada, sucia y destrozada.
En casa de Clitumna, los criados seguían en pie, pues no se habían acostado desde la estampida de Hércules Atlas unas treinta y dos horas antes. En cuanto el criado le franqueó la puerta y le vio en aquel estado, todos los demás acudieron en su ayuda, saliendo de todas partes; le metieron en cama, le bañaron y le esponjaron, llamaron al mismísimo Atenodoro de Sicilia para que le examinara la herida y hasta el vecino Cayo Julio César acudió a ver qué había sucedido, pues todo el Palatino le había andado buscando.
– Decidme lo que podáis -dijo César, sentándose a la cabecera de la cama.
El aspecto de Sila era muy convincente: tenía los labios azulados y con mueca de dolor, su piel blanca estaba más pálida que nunca y sus ojos, vidriados de agotamiento, estaban enrojecidos y congestionados.
– Ha sido una tontería -dijo, arrastrando las palabras-. No debí intentar oponerme a Hércules Atlas; pero soy fuerte y sé defenderme, y no pensé que pudiera conmigo, creí que era pura exhibición. Pero estaba borracho perdido y me sacó en volandas sin que yo pudiera impedírselo. No recuerdo dónde, me dejó en el suelo y yo quise huir, pero debió golpearme; no lo recuerdo. En resumen: me desperté en una calleja del Subura, en donde debo haber estado tirado todo un día, pero ya sabéis cómo es ese barrio. Nadie me prestó la menor ayuda; en cuanto he podido moverme, he venido para casa. Eso es todo, Cayo Julio.
– Sois hombre de suerte -dijo César con los labios prietos-, porque si Hércules Atlas os hubiese llevado a su casa, habríais compartido su suerte.
– ¿Su suerte?
– Ayer vino a verme vuestro mayordomo, dado que no volvíais, y me preguntó qué debía hacer. Cuando me explicó la historia, me fui con unos gladiadores a sueldo a la vivienda del forzudo y lo encontramos todo destrozado. No se sabe por qué Hércules Atlas había dejado la casa hecha un verdadero desaguisado, con todos los muebles hechos astillas, las paredes agujereadas a puñetazos, aterrorizando de tal manera a los vecinos de la ínsula, que ninguno se había atrevido a acercarse. Lo encontramos tendido, muerto, en medio de la sala de estar. Mi opinión es que debió rompérsele un vaso cerebral y se volvió loco en su agonía. O bien que alguien le envenenó -añadió César con una mueca de disgusto-. Moribundo organizó aquel cataclismo; supongo que los criados debieron de encontrarle ya cadáver, pero se habían marchado cuando yo llegué, y, como no hallamos dinero ni nada de valor, supongo que se lo llevaron todo. ¿Le disteis algo por su actuación? Porque en el piso no había nada.