La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
Los cuervos revoloteaban asustados a nuestro paso, y eran la única nota de vida en medio de toda aquella mortandad. Roger no parecía impresionado.
– ¿Qué ha pasado aquí? -le pregunté.
– Una batalla, no lejos de Acre. Yo estuve aquí; el destino de Tierra Santa se decidió en este desfiladero. Fuimos derrotados, pero mis hermanos del Temple murieron con honor.
– ¿Cómo puede haber algo de honorable en medio de tanta muerte?
El rostro de Roger de Flor se iluminó y dijo, señalando a lo lejos:
– Mira, ahí tienes tu respuesta.
Me volví, y caí de rodillas sin poder evitarlo. Mis piernas se habían negado a seguir sosteniéndome. A lo lejos, envuelto en una luz que abrasaba mis ojos, caminaba un hombre desnudo entre los cuerpos de los muertos. El hombre tenía sus manos clavadas a una cruz, y arrastraba el tablón tras él como si éste fuera la más liviana de las cargas. A su paso los muertos se levantaban y, formando un compacto grupo, le seguían.
Escuché las voces de los muertos murmurar una plegaria mientras desfilaban tras la impresionante figura del hombre crucificado. Amigos y enemigos, cristianos e infieles, muertos juntos, ahora resucitaban y le seguían.
El hombre cruzó frente a nosotros y Roger de Flor también se puso de rodillas. Tras él se alzaba una ola de vida. La carne regresaba a los miembros desgarrados; las cuencas vacías de los ojos se rellenaban, las heridas se cerraban…
Yo apreté mis manos y recé. No era la primera vez que veía a aquel hombre.
Tres figuras se acercaron a nosotros; una mujer y dos niños. Nos pusimos en pie; el hombre de la cruz y su cada vez más numeroso séquito, ya estaba lejos.
– ¿Ya no nos reconoces, Ramón? -me preguntó la mujer.
No podía creerlo.
– ¡Blanca! -exclamé. Me arrodillé, y abracé a mis dos hijos-. Creía que…
– ¿Que estábamos muertos? -me dijo mi esposa-. Así es, desde hace mucho, para ti. Tú nos abandonaste, Ramón.
Me señaló con un dedo acusador.
– No, no digas eso. No os abandoné; os procuré todo lo que necesitabais.
– Nos abandonaste, y tuvimos que luchar para sobrevivir, para salir adelante. Tú te olvidaste de nosotros, como si nunca hubiéramos existido.
– No, no -tapé mi rostro con las manos y lloré con todas mis fuerzas-… el Señor me llamó… y no pude eludir su llamada…
Era mentira. Mentira. Mentira…
Desperté aterrorizado. La nitidez y materialidad de aquel sueño me recordó las alucinaciones que había sufrido cuando estaba poseído por el rexinoos.
Pero, ¿dónde estaba ahora?
Por un momento pensé que seguía soñando. Un paisaje de pesadilla me rodeaba. Árboles de ramas blancas como huesos. Lluvia incesante. Cataratas de espuma negra derramándose sobre un barro rojo y pegajoso. Lejanos ladridos y aullidos. Una enorme masa de lona y hierros destrozados. Un demonio plateado tendido junto a mí.
¡Estaba en el Infierno!
Joanot estaba de pie junto al kauli, con su espada en la mano, el cuerpo cubierto de cortes y sus ropas destrozadas.
Me incorporé, y vi a varios supervivientes, almogávares y dragones, sentados en el barro. Pero no había ni un sólo kauli vivo a la vista. Sólo cadáveres mezclados con los cuerpos de nuestros compañeros muertos. No podíamos haber tenido tanta fortuna como para que todos esos demonios murieran durante el choque.
Pregunté a Joanot qué había pasado.
– Cuando nos estrellamos, todos levantaron el vuelo y salieron huyendo como patos asustados. Todos menos ése -señaló al kauli que se debatía en el suelo, atado con un cable de acero del timón del Teógídes-. Ése intentó cogerte mientras estabas inconsciente; pero fuimos nosotros quienes le atrapamos a él…
Estábamos en el lugar más horroroso que pueda concebir la mente humana; en medio de una especie de bosquecillo de árboles raquíticos y retorcidos, sin hojas; chapoteando en un barro rojo y pegajoso como la sangre; en el fondo de un acantilado de pesadilla. Las paredes se elevaban como una muralla a partir del punto en el que nos habíamos estrellado, hasta desaparecer entre las capas de niebla. Un lodo rojizo resbalaba sin cesar por aquellas paredes, y se encharcaba a nuestros pies.
No tenía derecho a quejarme; era lo blando y viscoso de aquel terreno lo que nos había salvado la vida.
La consejera Neléis apareció entre los hierros retorcidos y los andrajos de lona destrozada que era todo lo que quedaba del Teógídes.
Caminó hacia nosotros con pasos inseguros; con el rostro y el cuerpo tan cubiertos de lodo que era difícil reconocerla. Pero no había ni un ápice de inseguridad en su voz.
– Capitán Joanot -dijo-; recuenta a tus hombres y a los dragones. Tomo el mando de esta expedición.
Joanot puso sus brazos en jarras, y dijo:
– ¿Esperas que acepte recibir órdenes de una mujer?
Neléis le respondió, inexpresiva tras su máscara de barro:
– Ahora no tenemos tiempo para esas tonterías, capitán. Infórmame sobre el número de supervivientes.
Joanot soltó una risita, pero obedeció; se acercó a los dragones y almogávares, y les fue ordenando que se pusieran en pie y se numerasen.
Mientras tanto, la consejera se acercó a uno de los árboles, y quebró una ramita con sus manos. El líquido rosáceo empezó a gotear inmediatamente de la herida.
– Tiene una textura extraña esta madera -dijo, haciendo rodar la ramita entre sus dedos-. Casi parece piel humana.
– Todo está equivocado en este lugar -dije-. Deberíamos salir de aquí.
La mujer se volvió hacia mí, divertida.
– ¿Qué pasa, Ramón; has perdido tu eterna curiosidad?
Señalé con un gesto al kauli que yacía a nuestros pies.
– Intentó capturarme. No matarme; capturarme -repetí como si este detalle fuera lo más extraño de todo. Una posibilidad terrible se había formado en algún lugar de mi mente, y hacía que incluso mi alma se estremeciera de pavor. ¿Es posible que los médicos de la ciudad no lograran extirparme completamente el rexinoos, y que fuera mi presencia la que había atraído a los kauli?-. Me quería vivo; ¿por qué?
– No lo sé, Ramón. Pero no podemos abandonar hasta haber acabado con el Adversario. En realidad, tampoco creo que pudiéramos huir, aunque ésa fuera nuestra intención. No sé si te has dado cuenta, pero hemos perdido nuestro medio de transporte.
– ¿Y el Paraliena? -pregunté.
Neléis sacudió la cabeza.
– No sabemos nada de ellos, pero es de temer que su suerte no haya sido mejor que la nuestra. La última vez que lo vimos estaba cubierto de enemigos. -Neléis se tambaleó y si yo no la hubiera sujetado habría caído sobre el barro. Le ayudé a sentarse sobre una piedra, junto a las raíces de uno de aquellos espectrales árboles.
– Lo siento -murmuró.
– ¿Te encuentras mal? -le pregunté-. ¿Estás herida?
– No, no -dijo con voz débil-; tan sólo un poco mareada.
Tomé asiento junto a ella. La piedra era fría y resbaladiza.
– Es como si estuviéramos en otro mundo -dije, mirando hacia el borde del precipicio. Pensé en el poderoso y noble Sausi, que tantas veces había salvado mi vida, y me pregunté si el búlgaro habría encontrado su final en un lugar tan remoto y horrible.
– Lo estamos -respondió ella, con su voz algo más firme-. Éste es el hogar del Adversario; pero, incluso aquí deben regir los mismos principios que son comunes a toda la naturaleza. Este barranco con forma de espiral no puede haber sido producido por ningún fenómeno natural. Por muy increíble que nos parezca debemos admitir que ha sido labrado en la roca por los siervos del Adversario. Con tecnología, o con las manos desnudas, no importa cómo, pero esto no es una formación natural. Como tampoco lo es ese inmenso anillo de columnas que empieza varias vueltas más abajo.
– Tú también lo viste -dije.
– Sí. Quizás eso sea su palacio, o quizá no; pero iremos hasta allí. Parece un buen sitio para empezar a buscar a nuestro enemigo. Después de que comprobemos con cuántos recursos seguimos contando.
Se puso en pie, y caminó hacia los restos del Teógides. Yo le seguí en silencio.
Algunos dragones escarbaban entre los hierros retorcidos de lo que una vez había sido la proa del Teógides. Intentaban liberar del amasijo a uno de los caballeros caminantes que había quedado allí atrapado. Tras largos e infructuosos intentos desistieron.
– Es inútil -dijo uno de ellos-. Aunque lográramos sacarlo de ahí, está destrozado. Y el otro aún no lo hemos localizado.
– Seguid buscando -les ordenó Neléis.
Joanot se acercó a nosotros, y dijo:
– Dieciocho almogávares, y quince dragones supervivientes. Eso es todo. Hay dos almogávares gravemente heridos; uno de ellos parece haberse roto la columna. Y uno de los dragones tiene un brazo aplastado. Tus compañeros les han dado una de vuestras pócimas quitadolor, y parecen tranquilos.
– Muy bien -dijo Neléis, asintiendo lentamente, como si meditara cuidadosamente sus palabras-; no vamos a dejar a nadie atrás. No sé lo que vosotros pensaréis, pero yo preferiría estar muerta antes que verme sola e indefensa en un sitio como éste.
– ¿Qué sugieres? -dijo Joanot cruzando los brazos sobre su pecho.