La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
– Este lugar no puede ser natural -dijo Neléis-; ninguna fuerza geológica puede tallar un precipicio con esa forma de tornillo.
– Por supuesto que no -dije, preguntándome cuántas más pruebas necesitaría la consejera para convencerse de la realidad de aquel lugar.
– ¿Qué es eso? -preguntó el médico señalando hacia la columna de vapor-; desde arriba no se distingue con claridad, pero…
Yo seguí el punto que señalaba, y creí distinguir unas brumosas formas oscuras deslizándose entre las volutas de vapor. Vadinio ya estaba mirando con su catalejo.
– Parece… -empezó a decir-. No puede ser.
Yo tomé otro de los catalejos, y miré también. En medio de aquel vórtice, pequeñas criaturas nadaban o se retorcían como peces arrastrados por un ciclón.
– Hay seres vivos ahí dentro -musité, sin creer en lo que yo mismo había dicho.
Joanot, que estaba muy nervioso, se volvió hacia el nestoriano y le golpeó en la boca. Iba a golpearle por segunda vez, pero Neléis se lo impidió.
De cualquier forma, aquello pareció tranquilizar al valenciano.
– ¡Dime de dónde procede ese torbellino! -le gritó al hereje.
Éste le miró dolorido, y le dijo:
– Del mismo Centro del Mundo. El agua se derrama sobre el fuego y escapa de vuelta al exterior formando esa columna de vapor.
– El fuego del infierno -le dije-. ¡Adoras a demonios que provienen del abismo!
El nestoriano pareció cargarse de valor y me increpó:
– ¡Nosotros no adoramos! ¡Vosotros sois los idólatras! ¡Dios es Alfa y es Omega, es Luz y Oscuridad, es Hielo y es Fuego, porque todo ha sido creado por Él!
Estaba fuera de sí, al hablar escupía saliva por las comisuras de sus labios. Joanot hizo un amago de golpearle otra vez, y el hereje se acobardó. Sollozó pidiendo que lo sacaran de allí, que aquél no era un lugar para los hombres.
– Moriremos todos de una forma horrible -gimió mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas-. No debemos permanecer en este lugar ni un instante más.
Furioso y cansado de sus lloriqueos, Vadinio ordenó a los dragones que custodiaban al nestoriano que lo sacaran del puente y lo devolvieran a su jaula.
Así lo hicieron, aunque el hereje no dejó de gritar y lamentarse mientras lo arrastraban hasta la sentina.
Después, Vadinio tomó el telecomunicador y conectó con el Paraliena.
– Vamos a acercarnos a ese vórtice -dijo a través del aparato-. Nosotros iremos delante, seguidnos con precaución, manteniendo la distancia que ahora nos separa.
Ordenó al timonel que avanzara lentamente hacia el torbellino de nubes que giraba frente a nosotros. Mientras nos acercábamos, intenté calcular su anchura, era difícil sin ningún punto de referencia, y además sus bordes eran imprecisos, pero estimé que sería de varias decenas de millas, esto suponiendo que el diámetro total del anfiteatro de montañas que nos rodeaba fuera de cincuenta millas al menos.
Pero era difícil de precisar, pues la bruma no nos permitía verlo en su totalidad, y sólo podíamos hacer cálculos con la curvatura de las paredes rocosas y el efecto de la perspectiva de las montañas que lo cerraban por arriba.
Cuando la proa del Teógides rozó el vórtice, sentimos una violenta aceleración lateral que nos obligó a todos a buscar desesperadamente un lugar donde agarrarnos.
Vadinio gritó rápidas órdenes al timonel, y la nave fue estabilizándose lentamente. Un torbellino de vientos huracanados nos arrastraba hacia estribor, pero el aeróstato nadaba en aquellas ráfagas de vapor, como un pez en un torrente.
– Tengo problemas para recibir con claridad al Paraliena -dijo el técnico del telecomunicador-. Hay mucho ruido de fondo, y su voz me llega distorsionada.
Vadinio tomó entonces el telecomunicador, y ordenó a nuestros compañeros del Paraliena que nos siguieran. Después se quitó las orejeras, y miró a través de una de las portillas buscando a nuestra nave hermana.
Apenas teníamos visibilidad más allá de un cuarto de milla de distancia, pero vimos cómo el Paraliena penetraba en el rabión siguiendo fielmente nuestro rastro.
– Bien -dijo Vadinio con alivio-, no podemos comunicarnos con claridad, pero es evidente que ellos sí nos oyen.
Estábamos en los aledaños de un universo cambiante y turbulento, y nos arrastrábamos torpemente alrededor de su centro. La nave vibraba como una espada que intentara penetrar una roca, mientras nos hundíamos en aquel mare mágnum.
– ¡Mirad eso!
Era Neléis quien había hablado, pero casi al instante escuché la voz de Vadinio exclamar: «¡Por el perro!».
Se trataba de un ser inconcebible. Una desviación de todos los principios conocidos de la naturaleza. Todos en el puente, Joanot, Herófilo y los aeronautas del Teógides, contuvimos un grito de asombro al verlo acercarse hacia nosotros.
Tenía un único miembro, semejante a un largo y huesudo brazo con una doble articulación; al final de este brazo, cinco dedos larguísimos, y tan delgados como las patas de una araña, se disponían radialmente, como las varillas de un parasol. Estos dedos estaban unidos entre sí por una membrana traslúcida, como la de las alas de los murciélagos, de color sonrosado y con algunos pelos en su superficie. Esta membrana se abría y cerraba, interceptando más o menos aire al hacerlo, para controlar la posición de la bola de pelo que estaba al otro extremo del brazo.
Esta bola, de al menos una vara de diámetro, debía de ser el cuerpo del animal, pero carecía de rasgo alguno, con la única excepción de dos grandes ojos marrones que parpadeaban lentamente.
Unos ojos inquietantemente humanos en mitad de aquel ser de pesadilla.
Vimos al menos una docena más de aquellas criaturas acercarse a nosotros, arrastradas por el viento, abriendo y cerrando su mano parasol, para dirigir con precisión sus movimientos por aquel vendaval. Nos miraban con curiosidad, sin hacer nada que pudiera ser considerado como hostil, aunque dado lo limitado de su estructura corporal, esto pudiera hacérseles más bien difícil.
Por supuesto pensé que estaba en presencia de almas en pena, condenados que purgaban sus pecados terrenales vagando eternamente en aquellos cuerpos monstruosos; errantes, impelidos por la furia ciega de un huracán. Escuchamos voces de terror por parte de los almogávares desde la bodega. Joanot y yo subimos para estar con ellos y tranquilizarlos.
– Ese sacerdote afirmó que éste no es lugar para ser visitado por los vivos -dijo Guzmán; un hombre de valentía probada, pero que ahora parecía al borde del pánico.
– Ese hombre no es un sacerdote de Dios -le dije con firmeza-; sino del diablo. Y nos dirá cualquier cosa que Satanás quiera que creamos.
Pero interiormente estaba muy lejos de sentir una firmeza tal. No es que, por supuesto, creyera en las palabras del hereje nestoriano, pero cada nervio de mi cuerpo me gritaba para que saliéramos de allí, para que huyéramos con rapidez de aquel tétrico lugar.
Quizás ésta fue la causa de que mis palabras no tuvieran ningún efecto en aquellos hombres, que siguieron mirando con ojos desencajados de terror a través de las portillas, a aquella manada de criaturas de pesadilla.
Joanot de Curial desenvainó entonces su espada, y la alzó gritando:
– ¡Aragón! ¡Aragón!
Sólo eso, pero su efecto fue inmediato. Los cincuenta almogávares allí presentes, desenvainaron a su vez sus armas, y respondieron al unísono:
– ¡Aragón! ¡Aragón!
Los dragones nos miraron entre asombrados y divertidos por aquel ritual, incapaces de comprender cómo la simple pronunciación del nombre de nuestra patria podía ejercer un efecto tan catártico sobre los miedos de aquellas gentes.
El temor se había esfumado como por arte de magia de los ojos de todos y cada uno de los valientes almogávares. En aquel momento se podrían haber enfrentado a cualquier cosa. Pero mi estancia en la ciudad me había vuelto lo suficientemente escéptico como para preguntarme cuánto duraría el efecto.
Herófilo apareció entonces en la trampilla que comunicaba con el puente.
– Vamos a capturar a uno de esos monstruos para estudiarlo -dijo-. ¿Quién de vosotros, almogávares, es el mejor con el arco?
Guillem, que ya se había recuperado la herida en el costado que había recibido en la expedición a Samarcanda, se adelantó preparando su arco. Herófilo le pidió una de sus flechas, y le ató un delgado cordel que llevaba con él.
– ¿Crees que serás capaz de hacer blanco con esto?
Guillem sopesó la flecha de punta de acero y respondió afirmativamente. Ambos salieron a la balconada exterior que rodeaba la bodega y Guillem se afianzó apoyando su espalda contra la cobertura del aeróstato, y empujando con sus piernas contra la barandilla de la balconada. Las ráfagas de viento que parecían querer arrancar a ambos hombres de su posición penetraban por la puerta abierta por la que habían salido a la plataforma, y creaban remolinos en el interior de la bodega.
Guillem disparó, y falló el tiro.
El monstruo flotaba apenas a unas cincuenta varas de él, y estaba casi inmóvil manteniéndose milagrosamente en esa posición mediante el ejercicio de abrir y cerrar aquella especie de parasol con aspecto de alas de murciélago.
Guillem recogió con cuidado la flecha tirando del cordel a la que estaba atada. Volvió a prepararla, tensó el arco, y desvió su blanco teniendo en cuenta la enorme presión que el viento ejercía sobre la flecha y el cordel.