La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
Disparó y esta vez alcanzó al monstruo justo entre los dos ojos.
Herófilo le ayudó a cobrar su presa tirando a la vez que Guillem del cordel, y los dos hombres entraron de nuevo en la bodega con su extraño trofeo con ellos.
Todos nos congregamos alrededor del médico para contemplar de cerca aquel capricho de la naturaleza: una cabeza sin cuerpo, y con un único brazo surgiendo de ella, rematado por una especie de ala circular de murciélago.
Yo sentí a mi alrededor el alivio de mis compañeros almogávares al comprobar que aquellas criaturas podían ser muertas por sólo una flecha.
Neléis, que también había subido a la bodega, se inclinó sobre el cadáver del monstruo, y apartó con una mano el pelaje alrededor de aquellos ojos, tan humanos, que ahora estaban fijos y vidriosos por la muerte. Apenas manaba sangre de la herida.
– ¡No tiene boca! -exclamó la consejera atónita.
Y era cierto, ni boca ni ningún otro rasgo en aquella pelota de pelo, con la excepción de aquellos dos ojos. Herófilo volvió a cargar con el monstruo y dijo que lo iba a diseccionar. Pidió ayuda a Neléis, y la mujer me preguntó si deseaba acompañarles.
Asentí. Aquel ser me repugnaba, pero sentía una gran curiosidad por él.
Entramos en la enfermería que había sido delimitada en el interior de la bodega con sólo tres mamparas apoyadas contra la cubierta de lona, y el médico de Apeiron depositó su monstruosa carga sobre la camilla que estaba situada en el centro. Rebuscó entre su instrumental, ordenado en varios cajones sujetos a las mamparas, y se inclinó sobre la criatura con un afilado escalpelo entre sus dedos.
– Bien -dijo Herófilo-, ahora sabremos cómo estás hecho por dentro.
Llevado por un súbito presentimiento, le retuve la mano cuando estaba a punto de empezar a cortar.
– ¿Qué sucede? -dijo el médico, elevando sus ojos hacia mí.
Les pregunté a ambos si estaban seguros de lo que iban a hacer.
– No podemos estarlo, Ramón -me respondió Neléis-. Nada de lo que hemos hecho aquí se ajusta a nuestras leyes científicas. Hemos matado a esta criatura sin saber si era un ser racional o no. Si esto podía perjudicarnos o no. Pero nuestra situación es excepcional; estamos en el mismísimo hogar del Adversario, y nuestra única oportunidad, nuestra única opción más bien, es actuar rápidamente. Cada instante cuenta antes de que nuestra incursión sea descubierta por él y tengamos que enfrentarnos a todo su poder. Debemos aprender cuanto podamos sobre este lugar antes de que eso suceda, y si ello supone abandonar toda precaución, bueno, me temo que no podremos evitarlo.
Comprendí los argumentos de la consejera y asentí mientras Herófilo volvía a acercar el escalpelo a la peluda piel del monstruo; pero no pude alejar los temores que hormigueaban en mi interior. Temores que se vieron inmediatamente confirmados cuando el médico clavó su instrumento en el cuerpo de aquella criatura.
Herófilo gritó, y saltó hacia atrás como impulsado por una fuerza demoníaca.
El médico rebotó contra la mampara que estaba tras él y cayó de bruces al suelo.
Neléis y yo nos quedamos paralizados por la sorpresa durante un instante; pero inmediatamente acudimos a socorrerle.
No estaba herido, tan sólo un poco conmocionado. Se puso en pie rápidamente.
– ¿Qué ha sucedido? -le preguntamos.
– Una descarga de energía -respondió él sacudiendo la mano que había sujetado el escalpelo y que ahora parecía dolerle-. Muy intensa, pero muy breve.
– ¡Por el perro! -exclamó Neléis-. ¿Qué vas a hacer ahora?
– Voy a intentarlo de nuevo -dijo Herófilo recogiendo el escalpelo del suelo.
Yo iba a protestar, pero Neléis me hizo callar con un gesto. Era evidente que ese asunto era responsabilidad de Herófilo, pero yo seguía sintiéndome aterrorizado.
El médico clavó su instrumento en el mismo punto que antes, y sajó longitudinalmente la piel del monstruo. Esta vez no sucedió nada. Después tomó una especie de tenazas cortantes, y partió con varios chasquidos unos huesos en forma de costillas circulares que protegían el interior del animal.
– Ayúdame ahora, Neléis -dijo, señalando uno de los labios del corte.
El médico y la consejera tiraron con fuerza y la criatura se abrió por la mitad como una concha, mostrándonos sus entrañas. Apenas había sangre, y no pude reconocer ninguno de los órganos que colgaban dentro de la cavidad central del monstruo.
Pero Neléis y el médico sí que reconocieron algo; una especie de racimo de uvas bulboso, cubierto por una especie de gelatina espumosa, y al señalarlo, recordé a los rexinoos que la consejera me había mostrado en el hospital de la ciudad. Éstos poseían este mismo órgano, pero de tamaño mucho menor. Neléis me había dicho entonces que era una especie de colonia de seres microscópicos que generaban energía para que el rexinoos pudiera comunicarse con el Adversario.
– Eso es lo que me causó la sacudida eléctrica-dijo Herófilo.
Ambos parecían ahora muy asustados; pero yo no entendía nada.
– ¿Tenéis ya una idea de lo que es esa cosa? -les pregunté.
Herófilo levantó la vista de la cavidad interior del animal, y dijo:
– Son los ojos del Adversario. Nuestra incursión ya no es un secreto para él.
4
Escuchamos gritos procedentes de la bodega y abandonamos rápidamente la enfermería y el cadáver del monstruo.
Las puertas que daban a la balconada, situadas a ambos extremos de la bodega, estaban abiertas y el aire entraba como un huracán por ellas. Entrecerré los ojos intentando comprender lo que allí estaba sucediendo. Almogávares y dragones preparaban sus armas mientras Joanot impartía órdenes a gritos para hacerse oír por encima del bramar del viento. Me acerqué a él y le pregunté. Joanot, sin apenas mirarme, señaló hacia el exterior a través de una de las portillas.
Me acerqué a ella. Los hombres tomaban posiciones en la balaustrada, desafiando el ímpetu del viento. Al fondo, ascendiendo por el mismo centro del tornado, una miríada de formas vagamente humanas, pero dotadas de unas enormes alas, como ángeles o demonios, ganaban rápidamente altura empujadas por el flujo de vapor.
– ¡Los kauli! -exclamó Herófilo, junto a mí.
Neléis cogió un tubo comunicador y le informó rápidamente a Vadinio de lo que habíamos averiguado sobre el monstruo capturado.
– Esto es un ataque del Adversario -concluyó-, no hay duda sobre eso, pues él ya sabe de nuestra presencia aquí.
– Muy bien, consejera -escuché la voz de Vadinio respondiéndole-; estamos preparados.
Las diabólicas figuras de las langostas -o los kauli, como llamaban los ciudadanos a aquellos seres- ya eran claramente visibles sobre nosotros. Habían ganado altura, planeando con sus inmensas alas plateadas, hasta situarse directamente encima nuestro.
Usando el catalejo, pude ver una de ellas con nitidez. Era tal y como mi sueño me había mostrado, o como son descritas en el Apocalipsis de san Juan; un cuerpo envuelto en una armadura plateada que reproducía fielmente una musculatura humana; un tórax enorme, desproporcionado con relación al resto del cuerpo, sin duda necesario para contener los poderosos músculos que debían accionar aquellas inmensas alas a su espalda; unas alas cuyas plumas parecían cuchillos de acero. Una cola de escorpión, compuesta por una docena de anillos articulados, se cimbreaba a la espalda del kauli. Su rostro podía pasar por el de una hermosa joven de largos cabellos agitados por el viento como una aureola negra; pero su boca, semejante a la de un león de largos y afilados colmillos, y labios finos y negros, deformaba horriblemente aquel bello rostro.
– ¿Dónde debemos atacarles, Ramón? ¿Cuál es su punto débil?
Era Joanot de Curial. Me volví y le miré atónito.
– ¿Cómo?
– ¿Qué sabes de esos monstruos? -insistió-. ¿Son demonios voladores? ¿Pueden ser abatidos por nuestras armas?
– No… no lo sé -musité.
Joanot no perdió más tiempo conmigo; tomó su espada con una mano, y un pyreion con la otra, y salió a la balaustrada.
Los kauli se dejaron caer sobre nosotros como una bandada de fieros halcones.
Joanot disparó su pyreion contra el que volaba más cerca, después arrojó el arma a un lado, y tomó su espada con ambas manos. Un kauli había recibido la bala de Joanot en pleno pecho, y saltó hacia atrás, justo cuando estaba cerrando sus manos enguantadas de plata sobre la barandilla de la balaustrada. La bala había abierto un gran agujero en su armadura, lo que respondía a la pregunta de Joanot.
Aquel kauli se precipitó al abismo, girando incontroladamente sobre sí, pero otros muchos combates se estaban desarrollando alrededor del aeróstato, tantos que me resultaba imposible seguirlos todos.
Guillem disparó una flecha que rebotó inútil contra la coraza de otro kauli. El demonio saltó sobre el almogávar, y a punto estuvo de decapitarle con un solo golpe del filo cortante de sus alas. Pero Guillem evitó el tajo arrojándose al suelo y, desde allí, sin tiempo para desenvainar su espada, golpeó al monstruo con su arco en las corvas.
Los kauli se dejaron caer sobre nosotros
como una bandada de fieros halcones…
Al caer, el kauli partió en dos el largo arco de tejo inglés, y Guillem gimió como si lo que se hubiera partido fuera su propia espina dorsal. Lleno de furor asesino, saltó sobre el kauli y estranguló al monstruo con la cuerda del arco destrozado.