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La locura de Dios

Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorqu?n Ram?n Llull, acompa?a a una partida de almog?vares en una arriesgada expedici?n por tierras de Oriente.
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Junto a él, varios dragones dispararon a la vez sus sifones de fuego griego contra el enjambre de monstruos voladores que se abatían sobre nosotros. El espeso líquido ardiente se pegaba a los cuerpos de los kauli, convirtiéndolos en antorchas voladoras. Cegados y abrasados por las llamas, chocaban entre sí, y se precipitaban al abismo dejando turbios rastros de humo negro.

Mientras tanto, Joanot corría por la balaustrada, con su espada en la mano, gritando voces de aliento a sus almogávares. Un kauli saltó frente a él, e intentó golpearle con sus alas. Joanot las esquivó, agachándose con los reflejos de un gato, y lanzó un golpe con su hoja hacia el amplio tórax del demonio; pero éste desvió la espada protegiéndose con una de sus alas que usó como un amplio escudo de bordes cortantes.

El kauli giró entonces rápidamente y ofreció su espalda a Joanot, que vio cómo la cola de escorpión del kauli saltaba hacia él con la velocidad de una bala, sin que apenas tuviera tiempo de apartarse hacia la barandilla. El golpe lo alcanzó de refilón y acertó de lleno en la balaustrada, que quedó reducida a astillas. Joanot, empujado por la fuerza del impacto, cayó por el borde; pero pudo sujetarse a los restos de la barandilla y así evitó precipitarse al vacío. El kauli se plantó frente al valenciano y levantó uno de sus pies para golpear a Joanot, y su nuca estalló alcanzada por un disparo.

El demonio cayó hacia el abismo, por encima de la cabeza de Joanot.

Me volví, era Neléis la que había disparado desde el interior de la bodega, a unos pasos junto a mí. Ahora, la consejera estaba cargando nuevamente el pyreion.

Mientras tanto, Joanot había trepado de nuevo a la plataforma, y recogía su espada del suelo, dispuesto para seguir peleando.

Pero la pasarela era demasiado estrecha para luchar tal y como los almogávares tenían costumbre. Los kauli seguían apareciendo sobre nosotros, materializándose como espectros surgidos de la bruma, y se lanzaban a toda velocidad hacia ellos.

Vi con horror cómo varios de aquellos monstruos atrapaban a algunos de nuestros defensores, y los arrastraban con ellos hacia el abismo.

– ¡Estamos perdiendo flotabilidad! -gritó Neléis-. Muy rápidamente.

– ¡Mirad el Paraliena! -dijo el médico, señalando hacia el aeróstato.

Me volví, y vi cómo la nave en la que viajaban Sausi y Mirina atravesaba por graves dificultades. Toda la parte superior de su estructura de lona estaba cubierta por kaulis que seguían dejándose caer allí, como cuervos sobre un terrado. En aquel lugar estaban fuera del alcance de los pyreions y de los sifones de fuego griego.

Los defensores del Paraliena poco podían hacer para desalojar a los demonios de allí, y su peso estaba haciendo que la nave perdiera altura rápidamente.

Sentí una sacudida y comprendí que nosotros debíamos tener el mismo problema. Nuestro techo debía de estar tan lleno de langostas como el del Paraliena.

Pero nosotros descendíamos más rápidamente incluso, y al hacerlo éramos arrastrados por el vórtice hacia su fiero núcleo, alejándonos de nuestra nave hermana.

Herófilo descolgó uno de los comunicadores, e intentó advertir a Vadinio, pero una sección de la pared de lona frente a él fue rasgada por las afiladas alas de un kauli que irrumpió en la bodega por el orificio.

Herófilo, con el tubo comunicador aún en la mano, retrocedió un paso sin saber qué hacer. Neléis, que ya había cargado su arma, le gritó que se agachara, pero el médico no pudo oírla. Permaneció inmóvil mientras el plateado demonio avanzaba hacia él, lo sujetaba por los hombros, y le clavaba sus dientes de fiera en el cuello.

El kauli desgarró con un solo movimiento de su cabeza la garganta de Herófilo, y arrojó a un lado el cadáver del médico. Después avanzó directamente hacia mí.

Su rostro, manchado por la sangre del pobre Herófilo, era ahora verdaderamente horroroso, y sus ojos estaban clavados en los míos, apresándome con su poder magnético, inmovilizando mis piernas y aturdiendo mis sentidos.

Neléis me empujó a un lado, y disparó a bocajarro contra aquella faz demoníaca.

Vi caer al kauli hacia atrás, con una lentitud de pesadilla, como un enorme árbol abatido, dejando tras de sí, en el aire, un rastro de sangre que manaba de su rostro destrozado. Cuando chocó contra el suelo, yo seguía contemplándolo fascinado.

Me arrodillé junto a él, y toqué curioso su armadura plateada; no era de metal, sino que parecía estar hecha del mismo material que conforma el caparazón de un escarabajo; duro, pero elástico. Y no estaba colocada sobre su piel; era su piel. Cuando intenté separar una de las secciones del pecho, vi que estaba pegada a su cuerpo, y que bajo ésta aparecían ya los rojos músculos de las alas.

– Ahora no es el momento, Ramón -me increpó la consejera mientras volvía a cargar su pyreion.

Con mi brazo en cabestrillo, no podía ponerme en pie solo, y pedí a la mujer que me ayudara.

– Debemos subir a la sentina -dijo ella mientras me ofrecía su brazo-; los kauli deben de estar intentando penetrar por allí.

En la balaustrada el combate continuaba desesperadamente. Dragones y almogávares peleaban allí codo con codo, moviéndose con dificultad por la estrecha plataforma, abatiendo con fuego y balas a los kauli que se acercaban, peleando cuerpo a cuerpo con los que conseguían saltar sobre el aeróstato. No vi a Joanot, perdido en mitad de un pandemónium de cuerpos que mataban y eran muertos a un ritmo vertiginoso.

Neléis ordenó a algunos de los dragones que la siguieran. Yo también subí hasta la sentina detrás de la consejera. Aunque impedido por mi brazo roto no esperaba ser de mucha utilidad, no podía soportar la espera inactiva de que llegara el final; porque para entonces creo que era evidente para todos que no podíamos defender los frágiles aeróstatos contra aquel ataque de enfurecidos demonios.

Pero tampoco podíamos esperar la muerte con los brazos cruzados.

La sentina presentaba el confuso y habitual aspecto de maleza de varillas metálicas entrecruzándose. Al final de la pasarela central, cuatro mecánicos cuidaban del motor de vapor, forzado al máximo para contrarrestar la perdida de flotabilidad que estaba sufriendo la nave. Miramos hacia el techo de lona, presintiendo la muchedumbre de langostas que debían de estar amontonándose sobre él.

– ¡Os lo advertí! -chilló una desagradable voz a mi espalda-. ¡Os dije que si permanecíais en este lugar sería vuestro final! ¡Ahora es tarde! ¡Ahora es tarde!

Era el gordo sacerdote nestoriano, cogido con ambas manos a dos de los barrotes de su jaula, como una rata chillando en su trampa. Ni Neléis ni los dragones le hicieron el menor caso, pero yo deseé con todas mis fuerzas hacerle callar de alguna forma.

– ¡Demasiado tarde!

El techo de lona se rasgó por varios sitios a la vez, y un enjambre de alados kauli se precipitó hacia el interior de la sentina a través de los orificios.

Los dragones no podían hacer uso de sus sifones flamígeros en el interior de la nave, pero dispararon sus pyreions contra los invasores sin importarles si perforaban o no los grandes balones de gas.

El nestoriano gritaba y saltaba dentro de su jaula, como un mono loco, hasta que un kauli aterrizó justamente sobre la prisión del hereje.

El nestoriano alzó sus manos hacia él y dijo con un tono de oración:

– ¡Oh tú, arcángel vengador, dame tu bendición!

El kauli lo sujetó por las muñecas y lo atrajo hacia sí, haciendo que su cabeza se estrellara contra los barrotes del techo de la jaula. El nestoriano aulló, sorprendido y dolorido por el golpe, pero el kauli se inclinó hacia él, lentamente, como si fuera a besarle. Durante un largo instante, los dos rostros se juntaron, y vi cómo el hereje pataleaba espasmódicamente. Cuando el kauli al fin lo soltó, dejándole caer como un pelele roto al fondo de la jaula, la cara del nestoriano había desaparecido, substituida por una pulpa sanguinolenta. El kauli, plantado sobre la jaula como un gran halcón de plata, masticaba lentamente.

Aparté la vista mareado y vomité, sujetándome con mi única mano disponible al varillaje de metal, para no caer sin sentido.

Los dragones habían establecido una línea de defensa en torno al motor de vapor, pero un enjambre de kaulis acechaban sobre ellos dispuestos a lanzarse al ataque. Nuestra única ventaja era que, en los estrechos y enrevesados espacios libres de la sentina, cruzada de un lado a otro por cables y viguetas, aquellos demonios no podían desplegar completamente sus mortíferas alas. Los primeros kauli que intentaron saltar sobre nosotros fueron rápidamente abatidos a balazos.

Estábamos en tablas, y durante un momento no se produjo ningún movimiento.

– Sal de aquí, Ramón -me dijo Neléis.

– ¿Qué?

– Sal de aquí. No podremos resistir mucho tiempo, y los kauli se harán con el motor de vapor. La comunicación se ha cortado. Intenta llegar al puente y advierte a Vadinio. Nuestra única oportunidad es que logre aterrizar la nave en una de esas terrazas, y una vez en tierra contraatacar a los kauli.

Me arrastré hacia la salida de la sentina lo más rápido que pude, y descendí por la escalerilla sujetándome tan sólo con mi brazo sano. La bodega se había hundido en el caos; hombres y kaulis peleaban por todas partes, cuerpo a cuerpo, destrozándose mutuamente con espadas, uñas y dientes. Con la vista fija en la trampilla que llevaba al puente, atravesé la bodega sin detenerme a mirar a quienes combatían a mí alrededor.

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