La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
Estaba a punto de alcanzarla cuando una fuerte mano me detuvo. Era Joanot.
– ¡Ramón! -exclamó-. Creí que habías muerto, anciano.
– Necesito llegar al puente -dije casi sin aliento-. Nuestra única oportunidad es llegar a tierra antes de que los demonios controlen completamente la nave.
Dos almogávares, Guillem y Guzmán, le acompañaban; Joanot los señaló y me dijo:
– Nosotros también íbamos al puente. La nave está ahora sin control.
Le miré atónito, sin saber cómo reaccionar. Por supuesto, ¿por qué no se me había ocurrido pensar que las langostas podrían haber tomado el puente mientras nosotros peleábamos en la bodega y la sentina?
Joanot me apartó a un lado, y dijo:
– Nosotros iremos delante.
Los tres almogávares descendieron por la escalerilla, y yo fui tras ellos.
El aspecto del puente era desolador. Todas las portillas de falso cristal estaban destrozadas, y el aire entraba en tromba por todas partes haciendo volar papeles y restos destrozados de las cartas de navegación. Los cadáveres del piloto y del técnico de comunicación yacían juntos, con las gargantas destrozadas por una dentellada. Vi el cuerpo de Vadinio un poco más lejos, junto a la columna que sujetaba la brújula. Supe que era él por las ropas que llevaba, pues su cabeza había desaparecido.
Un kauli estaba al timón, de espaldas a nosotros, de modo que sólo podíamos ver sus enormes alas plegadas. Había colocado la nave casi en picado, y descendíamos a gran velocidad hacia lo más profundo de aquel abismo.
¿Hacia dónde nos llevaba aquel monstruo? ¿Qué destino nos había fijado?
Lo vi aparecer brevemente entre los jirones de niebla; una hilera interminable de columnas de piedra roja que encerraban toda una vuelta de aquella espiral que descendía al abismo. Millas y millas de columnas que encerraban una especie de claustro interminable; o quizá la entrada al palacio del Adversario.
Desapareció entre la niebla tan rápidamente como había aparecido, y me pregunté si no lo habría imaginado. Pero aquel demonio de alas plateadas conducía el Teógides directamente hacia aquel lugar, y esto sí era real.
Sin pensarlo ni un instante, Guzmán, lanzó su azcona contra la espalda del kauli. Pero ésta estaba perfectamente protegida por las dos alas, y la lanza rebotó inútil contra ellas. El kauli ni siquiera demostró haber percibido el ataque.
Escuché entonces un ruido a mi espalda, semejante al bufido de un gato, o al silbido de una serpiente; me volví, y me vi enfrentado con el contraído rostro de un kauli, los labios fruncidos y mostrando sus amarillentos y largos dientes de león.
El demonio desplegó sus alas de plata para impedirme la huida, ocupando la anchura del puente de un lado al otro. Yo no estaba armado, y no tenía más opción que retroceder, pero tropecé y caí de espaldas. La cubierta del puente estaba muy inclinada por el picado cada vez más pronunciado de la nave. El kauli saltó hacia mí, y yo me protegí instintivamente el rostro con mi brazo herido. Los dientes del demonio se cerraron con fuerza contra la escayola y las vendas. El kauli respingó extrañado, y soltó la presa mientras intentaba comprender qué había mordido.
Su expresión de sorpresa era casi divertida cuando un golpe de la espada de Joanot le arrancó la cabeza de los hombros.
Otros kauli penetraron a través de las portillas destrozadas, y gatearon hacia nosotros. Guillem saltó contra la espalda alada del kauli que se había apoderado del timón del Teógides. Intentaba clavar uno de sus dardos en la nuca del demonio, pero no lo consiguió. El kauli, de algún modo, vio las intenciones del almogávar, y le descargó un fuerte golpe con su cola en el centro del pecho de Guillem. El almogávar rebotó contra un mamparo, y cayó de bruces llevándose la mano al pecho, sangrando por nariz y boca.
Uno de los kauli que se arrastraba hacia nosotros, saltó hacia Joanot. El valenciano intentó clavarle su espada, pero resbaló contra el pecho plateado del demonio. Las mandíbulas del kauli se cerraron, con un chasquido, a pocas pulgadas del rostro de Joanot. Viéndose perdido, Joanot no vio otra salida que abrazarse con manos y piernas al cuerpo del kauli, manteniéndose fuera del alcance de sus dientes. Joanot y el kauli rodaron entonces por el suelo del puente, en una confusión de brazos, piernas, y cortantes alas de acero. El kauli no podía alcanzarle de ninguna forma, pero Joanot tampoco podía soltar ni por un instante la presa del kauli.
Otro kauli pasó sobre los dos cuerpos entrelazados, y avanzó hacia mí y el almogávar. Guzmán lanzó una patada que acertó al monstruo en pleno rostro. El Teógides estaba más inclinado a cada instante que pasaba, y teníamos que sujetarnos a los mamparos para no rodar hacia la proa, y caer a los pies del kauli que manejaba el timón.
Otro demonio plateado pasó sobre Joanot y su kauli y saltó hacia delante. Parecían ciegas fieras a las que nada importaba con tal de conseguir nuestra destrucción.
Los dos kauli avanzaban a gatas hacia nosotros, los rostros fruncidos en una mueca que les permitía exhibir sus impresionantes dentaduras.
A duras penas, logré ponerme en pie, sujetándome con mi brazo sano a la que había sido la silla del técnico del telecomunicador. Miré alrededor, y grité.
Ya no había cielo, ni nubes a nuestro alrededor, ni lejanos barrancos medio perdidos en la bruma. Vi árboles completamente blancos, resecos y retorcidos, y un muro de piedra, y un suelo cubierto de barro rojo que se abalanzaba hacia nosotros a toda velocidad. ¡Íbamos a estrellarnos! Y todo esto lo vi en un fugaz instante antes del choque.
Todo el puente saltó a mi alrededor hecho añicos. Los fragmentos de mamparos volaron por todas partes como hojas arrastradas por un vendaval. El barro rojo saltó hacia mí como una ola viscosa, me envolvió, y me arrastró hacia el fondo del puente. De repente me encontré en el exterior, rodando por aquel cieno pegajoso. Tuve retazos de imágenes en las que vi al Teógides aplastado contra el barro, con su morro hundido en él, y su cubierta rajada como la piel de una granada. Sentí una punzada de dolor en mi brazo escayolado cuando mi cuerpo se detuvo al chocar contra la base de uno de aquellos árboles albinos. Quedé tendido boca arriba, con el rostro cubierto de barro, mirando aquel cielo gris y turbulento por entre las retorcidas ramas blancas del árbol.
Una de las ramas se había roto y un líquido rosado, como una mezcla de sangre y savia, goteaba sobre mi rostro. Escuché lejanos ladridos de perros, o algo semejante.
Entonces, el cuerpo de un kauli, con sus alas desplegadas, llenó mi campo de visión. Vi su rostro de ojos hermosos y sonrisa de fiera acercarse lentamente hacia mí. Y todo se volvió oscuro.
5
Corría detrás de Roger de Flor, a través de un oscuro bosque quemado. Esqueletos de árboles trasformados en carbón, un suelo formado de cenizas. Unos perros ladraban salvajemente tras nosotros, acortando la distancia. Tropecé con una raíz y caí de bruces levantando una nube de polvo ceniciento. Los perros se abalanzaron sobre mí. Eran siete, negros como la noche, con un rostro formado por dos ojos rojos y luminosos como brasas ardientes y una fauces amarillas y babeantes. El primero saltó con sus colmillos buscando mi garganta, pero Roger de Flor lo detuvo en el aire, partiéndolo en dos con un tajo de su espada.
Los otros seis mastines retrocedieron espantados mientras las dos mitades del cadáver de su compañero se retorcían sobre las cenizas como dos serpientes agonizantes.
– Esto no va contigo, Roger de Flor -ladró una de las bestias- no es a ti a quien buscamos, sino a ese anciano senil. Apártate y no sufrirás daño.
– Apartaos vosotros, o tendréis el mismo fin que vuestro compañero.
– El no merece tu ayuda, Roger de Flor. Es un embustero, un falsificador que ha engañado a todo el mundo con sus mentiras…
– ¡Eso no es cierto! -grité poniéndome en pie-. Jamás he dicho o hecho algo en lo que no creyera firmemente.
Uno de los perros se adelantó. Una sombra negra de fauces relucientes babeando espuma. Ladró, dirigiéndose a mí:
– Tú eres la principal víctima de tus embustes, y el que los cree más firmemente.
– ¡No! -grité.
Roger de Flor tiró de mi brazo.
– Vámonos, Ramón -dijo-. Salgamos de aquí.
Corrimos, perseguidos por los perros negros, hasta la misma linde del bosque.
Un angosto valle, rodeado de altas y afiladas cumbres, semejantes a los dientes de un dragón, se abría siniestro ante nosotros. Una terrible batalla parecía haberse desarrollado en aquel lugar. Entre los jirones de niebla que resbalaban por el desfiladero asomaban los restos de cuerpos mutilados de hombres y de sus caballos, formando un confuso montón en el que se enredaban los miembros humanos con los de las bestias muertas. Algunas lanzas, clavadas en los cuerpos, sobresalían por todas partes como las espinas de un puercoespín. Era como un río de carne y sangre deslizándose por el centro de aquella quebrada.
El olor era nauseabundo, y sentí deseos de dar media vuelta e internarme nuevamente en el bosque, pero los perros ladraron a nuestra espalda, y Roger me empujó para que venciera mi temor y caminara junto a él por aquel valle de muerte.